Opinión

El Desierto

Opinión:

Mientras escribo, escucho música árabe, parecida, o similar, a la que escucha Ali cada día porque la música es evocadora y reaviva los recuerdos.

Concha Pelayo (*) | Jueves 08 de octubre de 2026

08OCT26 – ZAMORA.- Conocí a Flora y a Ali hace más de cuarenta años, a mi regreso a Zamora, tras haber residido ocho años en Barbastro, Huesca. Volví a mi tierra y recuperé amigos de los que las circunstancias nos habían separado, pero, además, hice otros nuevos. Este es el caso de Flora y de Ali a los que conocí casualmente y comenzamos a tratamos desde el principio, con mayor o menor intensidad, hasta fraguarse en una bonita e intensa amistad de la que, afortunadamente, seguimos disfrutando en la actualidad.



Recuerdo, muy al principio de conocernos, una mañana en Valorio, mientras paseaba con un reducido grupo de amigos entre los que se encontraban Flora y Ali. Hablábamos distendidamente y probablemente yo le preguntaría a Flora que cómo había conocido a Ali (siempre me ha atraído la cultura árabe, sus costumbres, su forma de vida; todo me ha llamado siempre la atención). Imagino que me contaría, con todo lujo de detalles, cómo lo conoció. De todo lo que me relató, me quedé con una frase que lo dice todo: “Ali es la persona más buena que he conocido; nunca he conocido a nadie tan bondadoso como él”. Y lo decía con emoción, agradecida a la vida por haberlo puesto en su camino. Y es cierto, porque de la bondad de Ali hablan todos. Cualquier persona que lo conoce no tiene más que palabras de admiración hacia Ali.

Flora y Ali forman un perfecto binomio donde la suma y la resta corren paralelas. Ellos, conjuntamente, han sumado sus afectos y prioridades; su forma de pensar, surgida de diferentes culturas, pero unida en el amor y la generosidad.

Como decía, me apasiona Palestina, el país de Ali, y me solidarizo con su triste destino. Por Ali he conocido muchos de los avatares que su tierra ha sufrido; he sabido también que, en su pueblo, donde pasó su infancia y adolescencia, los israelíes levantaron un muro que obliga a los ciudadanos a caminar varios kilómetros para llegar donde antes lo hacían en tres minutos. Y cuando Ali hablaba de todas estas cosas, a su rostro nunca asomó el mínimo atisbo de venganza o rencor. Acaso tristeza y resignación.

Ahora, también, gracias al relato que Flora hace en su libro, he conocido la trayectoria de sus vidas desde que ambos se cogieron de la mano en 1971 hasta el presente. Una historia personal que trasciende hasta lo universal.

Pasaron los años y he tenido la oportunidad de viajar por algunos países de Oriente Medio, y he de reconocer que algo tienen para mí estos lugares porque no me siento extraña, todo lo contrario, me siento una más entre ellos. Comparto con Flora su sentimiento cuando dice sentirse árabe sin dejar de ser española.

Cuando visité Jordania, mientras recorría la ciudad de Amman y los lugares más emblemáticos yo me acordaba de Ali y de que no muy lejos de allí vivía su familia y otras muchas familias atribuladas por los conflictos provenientes de la ocupación israelí, que ha originado, entre otros sufrimientos, la diáspora del pueblo palestino.

Me imaginaba a Flora y a Ali por aquellos mismos lugares, entre las casas blancas y la luz del sol cegadora y descarada. Imaginé a Flora fotografiando la ciudad de Amman desde un enorme promontorio donde suelen acudir las palomas. Ese lugar le sirvió para titular uno de sus libros: El lugar donde se posan las palomas. Cuando tuve el libro en mis manos y contemplé la portada acudí a mi archivo fotográfico porque yo conocía ese mismo sitio. No me equivocaba, allí mismo, donde se posaban las palomas de Flora, me dejé fotografiar para dejar constancia del momento en aquel mágico lugar. Contemplando aquella portada del libro de Flora y mi fotografía sentí un punto más de conexión con Alí y con Flora, a los que me unen ya tantas cosas… Y es que, aunque yo no soy árabe, siento que algo de ellos me ata y me subyuga.

 

(Concha Pelayo - Enero 2022)