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De Las Aventuras Y Desventuras De D. Quijote De La Mancha

Venta del Borondo

Poesía

Por Enrique Pedrero Muñoz

Enrique Pedrero Muñoz (*) | Viernes 18 de septiembre de 2026

De Las Aventuras Y Desventuras De D. Quijote De La Mancha

Por tierras de la Mancha caminan,

D. Quijote y su fiel servidor,

buscando la Ínsula Barataria,

con fuerte sol, que es más que un hervidor.

Tras andar más de una hora

al caballero de la triste figura,

se le apareció de golpe,

una extraña aventura.

Le surgieron unos energúmenos gigantes,

teniendo que librar una gran batalla contra los molinos.

Pensando que ha conseguido vencer al enemigo;

víctima de su fantasía caballeresca y de sus desatinos.

Dejando atrás los gigantes caídos,
el viento en los campos susurra en el camino;
combates feroces, los golpes sufridos,
al paso arrogante del gran Vizcaíno.

Camina el hidalgo de mente inventiva,
hablando a su siervo de honor y de gloria,
mientras el escudero con gracia expresiva
combina verdades de pan y memoria.

En chozas de paja los buenos cabreros,
comparten el tasajo, las bellotas y el vino;
y narran la historia de celos severos,
que abrieron el duelo de aquel torbellino.

Espejo de montes, la esquiva Marcela
defiende en la cumbre su libre albedrío;
no busca el amor, ni el dolor la desvela,
su alma es el bosque, la nieve y el río.

Y el viento transporta con hondo quebranto,
en hojas dispersas que el llanto manchó,
del triste pastor el agónico canto,
los versos heridos de aquel que murió.

Volvieron a reanudar su marcha,

teniendo por desventura un encontronazo;

con unos desalmados arrieros yangüeses,

saliendo de esta batalla con más de un porrazo.

D. Quijote, lisiado, Sancho Panza, no menos,

con quebrantamiento de sus huesos y feridas,

que le pide a su señor el brebaje del feo Blas

para que le cure de esas terribles malparidas.

Hasta Rocinante, tras intentar enamorar a las “hacas”

estas no colaboraron, por no encontrarse con feromonas, ni en celo,

habiendo recibido una gran paliza de los ponis

y de los arrieros andantes, la bestia no podía levantarse del suelo.

Con remedios caseros y reposo forzado, prosiguieron su marcha.

Tras una larga jornada, apareció la Venta de Borondo,

exclamó Alonso Quijano, ¡oh querido Sancho, a la vista está un castillo,

con su torre del homenaje y podremos descansar y dormir hasta lo más hondo.

A la llegada a la venta, no los recibió el alcaide, sino el ventero

tomaron aposento, degustaron unas buenas viandas,

en los ingredientes, duelos y quebrantos,

con huevos, chorizo y panceta, que pudieron degustar después de las andadas.

Comieron hasta la saciedad, con buena intención,

regados con buenos caldos de la tierra,

empinados con bota o porrón,

que fue su gran delicia y su santa bendición.

Pernoctaron y durmieron en la venta,

cada uno en su camaranchón.

Al día siguiente ensillaron, a Rocinante y Rucio,

Con el Quijote y Sancho, éste, con aspecto muy fortachón.

Enfilaron por el camino cercano a la venta.

Pasando por el viejo puente romano,

hacia nuevas aventuras por el Campo de Montiel,

para no tardar mucho en encontrarse algún majano.

Pasaron por Villanueva de los Infantes, Fuenllana,

Las Lagunas de Ruidera y su hermosura,

prosiguieron camino hacia la Venta de Palomeque

donde el caballero de la triste figura, vivió una nueva aventura.

En su sueño y en la lucha, contra los pellejos o cueros de vino,

más sus voces a pulmón suelto, volverán locos a todo el mundo,

D. Quijote de la Mancha vivirá intensamente su desatino;

pero eso queda amigos para otra aventura y nuevo destino.

(Enrique Pedrero Muñoz)