Opinión

¿A Qué Estamos Esperando?

Opinión: “El Mundo En Que Vivimos”

Por Conchi Basilio*

Conchi Basilio | Jueves 17 de septiembre de 2026

17SEP26 – MADRID.- Hay preguntas que dejan de ser retóricas cuando la realidad comienza a responderlas con vidas humanas. ¿A qué estamos esperando? ¿Cuántas señales más necesitamos para comprender que el cambio climático no es una amenaza lejana, ni una disputa entre partidos políticos? Es una realidad científica que ya está transformando nuestro planeta y, con él, nuestras vidas.



La evidencia es contundente. El calentamiento actual está causado inequívocamente por la actividad humana, fundamentalmente por la emisión de gases de efecto invernadero procedentes de los combustibles fósiles y de otros cambios provocados por nuestra forma de producir y consumir. Así lo viene advirtiendo desde hace décadas la comunidad internacional.

Sin embargo, seguimos actuando como si todavía dispusiéramos de un tiempo ilimitado. El planeta se calienta, los océanos acumulan cantidades extraordinarias de calor, los fenómenos extremos se intensifican y los ecosistemas sufren alteraciones que terminan repercutiendo sobre la agricultura, la pesca, el agua, la salud y la economía. Nada permanece aislado. Todo está conectado. Un océano más cálido modifica la atmosfera; una atmósfera más cálida favorece determinados episodios extremos; la sequia deteriora los bosques; los incendios destruyen ecosistemas y liberan más carbono. La naturaleza funciona como una cadena y nosotros formamos parte de ella.

España acaba de vivir una demostración dramática. El verano meteorológico de 2026 ha sido el más cálido desde que existen registros y también el más letal por calor. El sistema estima 5.234 muertes relacionadas con las altas temperaturas entre mayo y agosto, una cifra que debería estremecernos como sociedad.

Por detrás de cada cifra existe una persona, una familia, una historia que no aparece en las estadísticas. Y aquí aparece la dimensión más injusta de esta crisis: el cambio climático no afecta a todos por igual. Las personas con menos recursos tienen menos posibilidades de protegerse. No todos pueden instalar aire acondicionado, mejorar el aislamiento de una vivienda, trasladarse temporalmente a un lugar más fresco o asumir el coste de determinados tratamientos y necesidades. El propio IPCC advierte de que las poblaciones más vulnerables sufren de manera desproporcionada los impactos climáticos.

Mientras tanto, el mundo continúa dividido entre intereses económicos, estrategias nacionales y decisiones políticas de corto plazo. Algunos gobiernos avanzan, otros frenan, otros directamente retroceden en determinadas políticas climáticas. Y mientras los científicos llevan años reclamando una reducción rápida y profunda de las emisiones, todavía existen dirigentes que anteponen la explotación de los combustibles fósiles a la necesidad de acelerar la transición energética.

No se trata de señalar a un país concreto ni de convertir esta cuestión en una batalla ideológica. El clima no tiene ideología. El dióxido de carbono no entiende de fronteras, elecciones ni partidos. Una ola de calor no pregunta a quién votamos antes de entrar por nuestra ventana.

Por eso resulta tan incompresible que aquello que debería unirnos termine enfrentándonos. Es legitimo debatir cómo realizar la transición energética, cuánto debe invertir cada país, cómo proteger el empleo o cómo evitar que las medidas climáticas recaigan precisamente sobre quienes menos tienen. Lo que ya no parece razonable es discutir si existe el problema cuando la evidencia científica lleva décadas acumulándose y las consecuencias están delante de nuestros ojos. La verdadera pregunta no es quién tiene razón políticamente. La verdaderamente pregunta es cuánto tiempo nos queda para reaccionar.

Porque cada décima de grado importa. Cada ecosistema perdido importa. Cada incendio, cada cosecha destruida, cada especie desplazada y cada vida perdida por un calor insoportable importan. Y, sobre todo, importa el mundo que vamos a dejar a quienes vienen detrás.

No necesitamos que todos pensemos igual. Necesitamos algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: que todos entendamos que compartimos el mismo planeta y que nadie podrá escapar de sus consecuencias comprándose una frontera, una ideología o una excusa. La lucha contra el cambio climático no debería pertenecer a la izquierda ni a la derecha. Debería pertenecer a la humanidad.

Porque cuando lo que está en juego es nuestra propia supervivencia, seguir esperando también es una decisión.

Y quizá algún día nuestros hijos y nuestros nietos nos hagan la pregunta que hoy nosotros deberíamos hacernos: ¿Sabéis lo que está ocurriendo?

La respuesta ya la conocemos. Lo sabemos

Entonces, ¿a qué estamos esperando?

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*Conchi Basilio: Es columnista regular en artículos de Opinión en diversos medios digitales e independientes. Ha cursado Bachiller Superior y posee una Diplomatura en Información y Turismo, cultiva la novela y la poesía como espacios de reflexión personal y libertad creativa.