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El prisionero de Zenda: cuando Hollywood decidió superar a su propia leyenda

Stewart Granger y Deborah Kerr en un fotograma de la película "El Prisionero de Zenda"

"Clásicos del Cine”

Juan Ignacio Vera (*) | Jueves 10 de septiembre de 2026

11SEP26 – MADRID.- En el Hollywood de los años cincuenta, rehacer una película no era necesariamente una señal de falta de imaginación. Podía ser, más bien, una declaración de intenciones. En plena batalla contra la televisión, los grandes estudios necesitaban demostrar que la pantalla grande todavía podía ofrecer algo que ningún salón doméstico estaba en condiciones de reproducir: color, espectacularidad, estrellas, decorados monumentales, aventuras y una experiencia visual capaz de justificar el precio de una entrada.



En ese contexto nació la versión de 1952 de El prisionero de Zenda, dirigida por Richard Thorpe y protagonizada por Stewart Granger, Deborah Kerr y James Mason. Una película que tenía, además, una peculiaridad extraordinaria: para rehacer el clásico de 1937, MGM decidió cambiar muy poco. Tan poco que buena parte de sus planos, diálogos, movimientos de cámara y música procedían directamente de aquella primera versión sonora.

Y, sin embargo, el resultado consiguió tener vida propia.

Hollywood contra el televisor

La historia de El prisionero de Zenda de 1952 comienza, en realidad, mucho antes de que Stewart Granger se pusiera la corona de Ruritania.

Durante los años cincuenta, la televisión se convirtió en el gran desafío de Hollywood. En 1950, apenas el 9% de los hogares estadounidenses tenía televisor; al final de la década, la cifra se acercaba al 86%.

El cambio era mucho más profundo que una simple competencia entre dos medios. El cine había dejado de ser la única gran forma de entretenimiento audiovisual y necesitaba convencer al espectador de que abandonar el sofá merecía la pena.

La respuesta de los estudios fue convertir la pantalla cinematográfica en un espectáculo. El color, los formatos panorámicos, los decorados gigantescos, las grandes estrellas y las historias de aventuras adquirieron una nueva importancia. Piratas, reyes, espadachines, emperadores y héroes románticos regresaron con fuerza.

En ese escenario, recuperar una historia ya conocida podía parecer una contradicción. En realidad, era una estrategia perfectamente lógica: si el argumento funcionaba, ¿por qué no volver a venderlo, pero con las nuevas armas del cine?

Una historia que ya era una leyenda

Cuando MGM decidió recuperar El prisionero de Zenda, la novela de Anthony Hope ya tenía una larguísima trayectoria. Publicada en 1894, había pasado por el teatro antes de conquistar el cine. La primera versión cinematográfica llegó en 1913 y posteriormente hubo otra en 1915 y una célebre adaptación muda de MGM en 1922, dirigida por Rex Ingram y protagonizada por Ramon Novarro y Lewis Stone.

Pero había una versión que proyectaba una sombra especialmente alargada: la de 1937, producida por David O. Selznick y dirigida por John Cromwell.

Con Ronald Colman, Madeleine Carroll y Douglas Fairbanks Jr., aquella película se había convertido en un clásico del cine de aventuras. El Museo de Arte Moderno de Nueva York la describe como una historia de suplantación e intriga ambientada en la ficticia Ruritania y recuerda que la versión de 1952 sería posteriormente realizada con Stewart Granger y Deborah Kerr.

MGM no tenía, por tanto, una historia desconocida entre manos. Tenía un clásico reciente.

Y decidió competir con él utilizando sus propias armas.

La curiosa operación con David O. Selznick

La operación tenía incluso un elemento económico llamativo. Según el catálogo del American Film Institute, MGM acordó pagar a David O. Selznick 225.000 dólares por los derechos para realizar el remake de la novela de Anthony Hope y de la obra teatral en la que se basaba.

La ironía era evidente: Selznick había sido precisamente el productor de la versión de 1937 que MGM pretendía recuperar.

La nueva película sería, en esencia, una actualización tecnológica de una historia que el público ya conocía. El argumento permanecería prácticamente intacto. Lo que cambiaría sería la envoltura.

Y esa envoltura tenía un nombre mágico en la época: Technicolor.

Stewart Granger, el nuevo héroe de capa y espada

Para ocupar el lugar que había dejado Ronald Colman, MGM eligió a Stewart Granger, una de las grandes estrellas británicas del cine de aventuras de aquel momento.

Granger llegaba además en un momento especialmente favorable de su carrera. Había triunfado con Las minas del rey Salomón y acababa de protagonizar Scaramouche, otra historia de aventuras basada en una novela célebre. El prisionero de Zenda se presentaba como la continuación natural de aquella imagen de héroe elegante, atlético y romántico.

El doble papel de Rodolfo V y Rudolf Rassendyll era, además, un regalo para cualquier protagonista. Granger podía interpretar simultáneamente al monarca y al aventurero británico que debe ocupar su lugar.

La premisa era irresistible: dos hombres físicamente idénticos, pero separados por el destino. Uno debe gobernar; el otro debe fingir que gobierna.

Deborah Kerr y James Mason: elegancia frente a peligro

Como princesa Flavia, MGM encontró en Deborah Kerr una presencia radicalmente distinta de la de Madeleine Carroll, pero igualmente adecuada al tono de la historia.

La producción había barajado otros nombres. Jean Simmons, que además estaba casada con Granger, y Eleanor Parker estuvieron entre las actrices consideradas para el papel, según la documentación del AFI.

Kerr aportó a Flavia una combinación de delicadeza, autoridad y melancolía que encajaba perfectamente con el romanticismo de la película.

Y frente a ella estaba James Mason como Rupert de Hentzau.

Mason no necesitaba exagerar para convertirse en una amenaza. Su voz, su elegancia y esa capacidad para transmitir inteligencia detrás de una mirada fría hicieron de Rupert uno de los grandes atractivos de la película. El personaje no era simplemente un villano: era un adversario sofisticado, peligroso y casi tan carismático como el héroe.

La elección acabaría siendo especialmente memorable porque Mason convirtió a Rupert en uno de los personajes más fascinantes de la función.

El remake que casi no era un remake

Aquí aparece la gran paradoja de El prisionero de Zenda.

Richard Thorpe y el productor Pandro S. Berman no pretendieron reinventar la película de 1937. Decidieron conservar su estructura casi por completo. El catálogo del AFI confirma que la producción de 1952 utilizó el mismo guion de rodaje de la película de Selznick, con pequeñas variaciones añadidas por Noel Langley. Incluso la partitura de Alfred Newman fue reutilizada, adaptada por Conrad Salinger.

La comparación entre ambas películas revela que muchos decorados y ángulos de cámara son prácticamente idénticos. Turner Classic Movies llega a señalar que la versión de 1952 reproduce la película anterior casi plano por plano y diálogo por diálogo.

Hoy semejante estrategia resultaría difícil de imaginar sin hablar de remake plano a plano.

Pero Thorpe tenía una ventaja: no necesitaba demostrar que podía contar mejor la historia. Necesitaba demostrar que podía ofrecerla mejor en una sala de cine.

Rodada en tiempo récord

La fidelidad al modelo de 1937 también permitió reducir considerablemente los tiempos de producción.

Según TCM, la película de 1952 se rodó aproximadamente en un mes, frente a los seis meses que había requerido la versión de 1937.

La rapidez encajaba, además, con la personalidad de Richard Thorpe, conocido en Hollywood por su manera directa de trabajar y por evitar las interminables repeticiones. El director llegó a recibir el apodo de “One-Shot Thorpe”.

La estrategia era sencilla: no gastar tiempo en descubrir una película que ya estaba diseñada.

El verdadero esfuerzo se concentró allí donde el nuevo cine podía marcar diferencias: la fotografía, el color y las escenas de acción.

La diferencia estaba en el color

Si el blanco y negro había contribuido a convertir la versión de 1937 en un clásico, el Technicolor permitía ahora convertir Ruritania en un escaparate visual.

Los uniformes, los salones, los bosques, los jardines, los palacios y los trajes adquirían una dimensión mucho más espectacular. La fotografía de Joseph Ruttenberg y la dirección artística de Cedric Gibbons y Hans Peters daban a la producción esa apariencia de lujo que MGM sabía explotar como pocas compañías.

Y las escenas de esgrima recibieron una atención especial.

El resultado fue una película que, aunque argumentalmente muy cercana a la de 1937, transmitía una energía física diferente. TCM destaca precisamente la mejora de las luchas con espada como una de las principales aportaciones de la nueva versión.

Incluso Granger sufrió durante el rodaje una herida que requirió puntos de sutura en la boca.

Cuando copiar funcionó

La crítica no dejó pasar la extraordinaria similitud entre ambas versiones. La producción podía ser considerada un remake, pero también casi una reproducción deliberada.

Y, sin embargo, ahí reside buena parte de su interés histórico.

La MGM no estaba intentando demostrar que el cine podía inventar una historia completamente nueva. Estaba demostrando que una historia conocida podía convertirse nuevamente en espectáculo.

La película tuvo un presupuesto aproximado de 1,7 millones de dólares y recaudó unos 5,6 millones, según las cifras recopiladas para la producción.

Más allá de las cifras, El prisionero de Zenda cumplió con una de las funciones esenciales del Hollywood clásico: transformar una historia familiar en una experiencia cinematográfica.

El legado de una paradoja

Vista hoy, la película de Richard Thorpe plantea una pregunta fascinante: ¿puede un remake ser original precisamente cuando decide no serlo?

En términos de guion, apenas lo fue. En términos de puesta en escena, tomó muchísimo de su antecesora. Pero en términos de espectáculo, sí consiguió una identidad propia.

La versión de 1937 sigue siendo considerada por muchos especialistas como la adaptación definitiva. TCM la define como una de las grandes versiones de la historia y recuerda que fue incluida en el National Film Registry en 1991.

La de 1952 juega, por tanto, en otra liga. No pretende borrar a Ronald Colman. Pretende reemplazarlo ante una generación que había empezado a acostumbrarse a mirar historias desde el salón de su casa.

Y ahí está la verdadera importancia de El prisionero de Zenda: fue un ejemplo perfecto de cómo Hollywood respondió al desafío de la televisión.

No inventó una nueva Ruritania.

La iluminó de nuevo.

La vistió de Technicolor, la llenó de espadas, palacios y vestidos, puso a Stewart Granger y Deborah Kerr en el centro del escenario y entregó a James Mason uno de esos villanos que parecen disfrutar tanto del peligro como el público.

El mensaje era claro: si el espectador podía ver una historia en casa, Hollywood tenía que conseguir que quisiera verla en grande.

Y durante 101 minutos, Ruritania fue exactamente eso: grande, brillante, romántica y espectacular.

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