Opinión

Una explosión de luz

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan”

Germán Ubillos Orsolich | Viernes 04 de septiembre de 2026

04SEP26 – MADRID.- Durante muchos años no llegué a comprender por qué Jesucristo, después de muerto en la cruz, tuvo que bajar a los infiernos antes de subir a los cielos. Me parecía algo absurdo e inútil, carente de sentido.



Ahora, después de muertos mis padres y mis hermanos, muertos Joaquín, mi amigo, y Carolo; y Carlos Espinosa de los Monteros, y Fernando Espinosa Eguilúz; y Ángel Las Navas, y Rafael Casas; y tantas y tantas buenas personas, me viene el recuerdo los días felices de la juventud, cuando bailábamos en el jardín de “Villa Flora”, la casa alquilada de dos plantas y tejas rojas, donde pasábamos los largos y bulliciosos veranos a los sones de Paul Anka, de los Cinco Latinos y el Dúo Dinámico; de Elvis Presley, de Ray Conniff; de Frank Sinatra y Renato Carossone.

Cuando las chicas llevaban faldas plisadas de colores y nosotros pantalones vaqueros, e ignorábamos lo que era la muerte o para ser más exactos que algún día tendríamos que morir, que descender a ese mundo oscuro y subterráneo, el Hades para los griegos.

Para rescatar a esa multitud infinita de hombres y mujeres buenos y entrañables, era necesario que Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, tras morir ajusticiado en una cruz descendiera a los infiernos, al Hades, a rescatar a todas esas miles de personas.

Y es por eso, que conservamos la esperanza; y cuando mi hija viene a nuestra casa y dice que es inmensamente feliz al poder ver la televisión en compañía de sus padres; que yo sea testigo de poder participar y recitar mentalmente el Credo, y que Él descendió a los infiernos a rescatar a todas esas personas maravillosas, mis amigos, mis parientes, para nunca más morir.

Ese es el motivo de nuestra alegría al poder experimentar, medio cegados, la explosión de luz de Cristo resucitado, vencedor de la muerte, que nos garantiza nuestra propia vida eterna.