01SEP26 – MANAGUA.- Es una silueta en el teatro de las sombras. Siempre la ciudad dormida o despierta observa el desenlace de las sombras invisibles, estas se esconden y se configuran a través del tacto y en un susurro colectivo en el día y en la medianoche. Finalmente, se unen para reclamar los cuerpos vivientes existentes, y los arrastran al otro lado del espejo donde el sol nunca sale, es un entierro inter vivos para siempre. Esa es la maldad desde la sombra invisible, pero existen manos bondadosas que sirven de escudo para defender.
En ese desenlace de las sombras, las décadas, el tiempo transcurren con una espeluznante pesadez de un sol que nunca termina de ocultarse sobre la humanidad del día y la noche, sea noche su luz no es propia el sol se la otorga, esa es la sombra y la luz de la eternidad, la que los indisponen, odian y buscan el mal, no el porvenir sea poco o mucho por aspiraciones incongruentes.
Mientras tanto, el joven del reloj apresurado, era ahora un hombre que miraba sus propias realidades, dilemas, manos desgastadas por los años y por el ejercicio constante de estarcir la memoria al usar su mente y, la experiencia semejante a una plantilla que da forma real a la historia, sobre el papel, el lienzo en blanco, y la mente para que al final, la profecía, oraciones y de muchos infaltables ruegos a la realidad combinada se cumplan, con intención de apartarse del mal, aunque esta siempre deja su costra en el recuerdo.
No te preocupes, veamos ¿Qué había sido de aquellos personajes oscuros? que, terminan devorados por su propia hiel, purgando sus culpas en el anonimato según estos, quienes viven para robar ideas, entre otras cosas, porque carecen de sesos para engendrarlas. Conforme el tiempo se ven atrapados en el laberinto de sus viejas maniobras y traiciones ideológicas, materiales, amigables, allegados, que al fin de cuenta se convierten en una sombra borrosa, de un despojo de aquel viejo orden que pretendió hundir a los justos. El tiempo, ese juez implacable que no admite sobornos, los ha colocado a cada uno en el estante de las cosas inservibles y donde merecen estar.
Y. En sus casas donde alguna vez se sirvieron tazas de café con cuajada y tortilla calientita, el silencio era ahora un diálogo majestuoso con el pasado, pero sus pensamientos o maquinaciones siempre insidiosas, macabras. No son capaces de ver, solo lo hacen desde esa mente mentirosa, pues de eso se han o se mantienen y sostienen.
Ahora, el protagonista comprendía, y al mirar este año 2026 y algunas décadas pasadas, en el calendario, que la verdadera batalla social no se había librado en los cuarteles ni en las reuniones clandestinas de los nefastos, sino en el templo sagrado del corazón humano, para sobrevivir con el alma limpia y el sentimiento intacto frente al envoltorio de la maldad es la única victoria real para continuar con el bienestar social en la medida de lo posible y, eso exactamente incomoda a los hacedores de la maldad.
La calaca, invento de enfermedad (es) de la que tanto hablaban ellos, era el escudo que usaban para ahuyentar el terror a su propia sombra por las innumerables maldades que propinaron. Empero, doña calaca, pasaba y pasaba de largo muchas veces, respetando el pacto invisible, los quería ver sufrir y discurría: “no me los llevaré hasta que la historia pernoctada en tu mente sea rescatada, ahí está ese libro, latiendo como un segundo corazón, que no es de ustedes, es para que lo sepa la historia, que les está permitiendo tenerlos paulatinamente aislados”.
-Efectivamente. No sos monedita de oro para caerle bien a todo el mundo se escuchó la voz de la noble realidad en el fondo de su cerebro, con una nitidez que espantaba, hay que evitar los tapazos-contestó la realidad-. En ese instante, el espacio tiempo se encogió. Y, la distancia entre el anciano que recuerda y el joven que corre se redujo a la nada. El anciano volvía a ser el muchacho atrapado en el estrecho cuarto, el profesional de noble destino que renegaba de los golpes teatrales, porque la verdad no necesitaba de adornos ni de ficciones baratas. Sintió nuevamente la tensión en los tendones, el sudor frío del que sabe que el reloj es un enemigo que avanza a zancadas implacables. Eran las nueve y veinticinco de la mañana. Faltaban poco más de sesenta minutos para la cita que definiría su juventud, y el transporte en el barrio seguía siendo una lotería de polvo y suerte.
Afuera, la borrasca de viento que se había levantado aquella mañana comenzó a golpear los árboles de la calle. Era una tempestad extraña, de esas que traen el anuncio de la lluvia pero que sólo logran alborotar el bochorno y levantar las hojas secas del suelo. Una metáfora exacta de las intrigas de esos especuladores chismosos, mal intencionados, que matan para sobrevivir, es decir, indisponen, que genera mucho ruido, mucha ceniza, pero por dentro sólo un fuego estéril que buscaba culpables, y los culpables fueron y son ellos mismos. No es necesario que confiesen su propia deslealtad, ya se sabe. Aunque siempre suele haber un retorno al inicio.
El joven cruzó el umbral de la puerta de su casa, dejando atrás todo y sin pensamiento alguno de sus familiares, quienes se movían como siluetas en un teatro de sombras. En la esquina, la borrasca de polvo le obligó a entrecerrar los ojos. Al limpiarse la frente con el dorso de la mano, divisó a lo lejos la figura del “amigo” de las pláticas cortas y los encuentros fortuitos, que caminaba con el paso lento de quien no lleva prisa en la vida.
El protagonista no se detuvo, aminoró el paso lo suficiente para no parecer descortés. Su mente estaba fija en la casa en el refugio donde el amor y la sensatez le esperaban para salvarlo de los "mal paridos" que rondaban el vecindario hurgando mentes ajenas. E indisponiendo por maldad
Hizo señas al primer taxi que apareció entre la polvareda de la borrasca. El motor rugió, el vehículo se detuvo con un quejido de latas viejas y él abordó el automóvil, sintiendo que no sólo subía a un transporte de pasajeros, sino que se subía al vehículo de su propio destino. Mientras el taxi avanzaba esquivando los baches de la calle, el joven miró por la ventana el sol resplandeciente de ese año del tiempo, sabía que la trama apenas comenzaba, que los tapazos de los imbéciles estaban por venir, pero también sabía que al final del camino, muchas décadas después, su pluma rescataría cada palabra para ganarle la última batalla al olvido.
El tiempo, ese juez implacable que no admite sobornos, los ha colocado a cada uno en su lugar como cosas improductivas.