30AGO26 – MADRID.- Nacido en 1778, fue soldado en la Guerra de Independencia contra los franceses, hecho prisionero y deportado a Francia. Allí contactó con grupos de librepensadores y cuáqueros, adoptando el deísmo, creía en Dios, pero no en la intervención divina ni en los dogmas católicos.
Fue juzgado no por la Inquisición oficial, abolida en el Trienio Liberal, sino por una ‘Juntas de fe’, creada por el arzobispo Simón López, que ejercía sus mismas funciones.
Los vecinos le denunciaron por no ir a misa, no hacer la señal de la cruz, decir "Alabado sea Dios", en vez de "Ave María" y comer carne los viernes. Las acusaciones, fueron realizadas por vecinos por no seguir los rituales católicos. Las pruebas, en su mayoría, provenían de "vecinos analfabetos". Acusaciones sin pruebas que se usaron como prueba de herejía.
Durante su cautiverio, recibió constantes visitas de teólogos para que renunciara a sus creencias. Su negativa firme fue lo que le costó la vida
El sufrimiento de Cayetano Ripoll fue tanto físico como psicológico, un proceso diseñado para quebrantar su voluntad y la conciencia colectiva. Pasó dos años en prisión sin acusación formal ni defensor, negándose a abjurar de sus ideas. Estuvo encarcelado 22 meses en la prisión de Sant Narcís sin que se le comunicara una acusación formal ni se le permitiera defenderse con un abogado. Esta estrategia buscaba aislarlo y provocar su desgaste.
La sentencia fue una condena a la horca y a la hoguera. Para evitar el escándalo en Europa, fue ahorcado en la Plaza del Mercado y su cadáver fue metido en un tonel con llamas pintadas y quemado.
El tormento psicológico y procesal fue tremendo, la presión para abjurar fue muy grande. Durante su cautiverio, recibió constantes visitas de teólogos para que renunciara a sus creencias. Su negativa firme fue lo que le costó la vida, al ser declarado "hereje contumaz".
Sufrió un vía crucis público, el 31 de julio de 1826, fue paseado por las calles de Valencia en un burro, vistiendo un sambenito y coroza. Sufrió insultos, escupitajos y pedradas de una multitud hostil.
La sentencia fue morir en la horca y ser quemado en la hoguera. Para evitar el escándalo internacional, propio del siglo XIX, se colocó un tonel con llamas pintadas bajo la horca. Tras ser ahorcado, su cuerpo cayó dentro del tonel.
Se le negaron los tres días de preparación para la muerte y los auxilios religiosos. Sus últimas palabras fueron Muero reconciliado con Dios y con los hombres.
Su cadáver fue enterrado en tierra no consagrada, como un "perro", frente a la puerta del cementerio general, para perpetuar su humillación incluso después de muerto.
Dejo un legado en el que ocho años después, en 1834, la Inquisición fue abolida definitivamente. Su figura se convirtió en un símbolo de la libertad de conciencia, y en la actualidad existe una plaza en Valencia con su nombre.
Las Juntas de Fe fueron el instrumento que condenaron a Ripoll, un tribunal eclesiástico, creado en 1824 para suplir la Inquisición abolida, pero sin base legal, funcionando con la complicidad de las autoridades civiles.
Este contexto explica el sufrimiento procesal que ya mencionamos, profundizando en un sistema que perpetuaba la persecución religiosa a pesar de estar en el siglo XIX.
Las Juntas de Fe nacieron por iniciativa de obispos y canónigos, como el arzobispo de Valencia Simón López, en el contexto del regreso al absolutismo de Fernando VII. Su objetivo era controlar las conciencias y defender los valores tradicionales tras el Trienio Liberal.
Eran tribunales diocesanos que no tenían ningún respaldo legal, pero las autoridades locales les dieron vía libre. Actuaban como un sucedáneo de la Inquisición, aplicando sus mismos métodos y procedimientos, como la detención sin acusación formal y la presión para abjurar.
Hubo un Intento de salida legal. Incluso dentro del proceso, se buscó una vía para evitar su muerte pidiendo su partida de bautismo, con la esperanza de que no apareciera y el tribunal perdiera jurisdicción. Sin embargo, el documento llegó a tiempo, sellando su destino.
El arzobispo Simón López García, fallecido en 1841, fue el gran impulsor de la condena de Ripoll, un absolutista recalcitrante, nombrado arzobispo de Valencia en 1817 por Fernando VII. Fue un firme defensor del trono y del altar. Durante el Trienio Liberal, 1820-1823, fue desterrado por negarse a jurar la Constitución, pero al volver el absolutismo, regresó con más poder y sed de revancha.
Creó la Junta de Fe de Valencia y tras la abolición definitiva de la Inquisición en 1820, Simón López instauró su propia junta diocesana, sin permiso del Papa ni del rey, para perseguir a liberales y herejes. Actuaba con absoluta autonomía y sin control civil.
Tenía la obsesión por "limpiar" Valencia, veía la ciudad como un foco de herejía y masonería. Ordenó vigilar maestros como Ripoll, que impartía enseñanzas alejadas del dogma católico, y fue quien personalmente firmó la sentencia de muerte. Fue una figura profundamente reaccionaria y autoritaria. Su personalidad combinaba un fervor religioso extremo con un férreo absolutismo político, lo que le llevó a combatir sin piedad cualquier atisbo de liberalismo o heterodoxia.
Los rasgos que definen su carácter y obra son:
Ultraconservador y antiliberal, fue un "antiliberal y cerril" en la defensa de los derechos de la Iglesia. Durante el Trienio Liberal, se negó rotundamente a acatar la Constitución de 1812, por lo que fue desterrado a Roma.
Inquisidor implacable: Considerado "el último inquisidor de la historia", creó en 1824 la Junta de Fe para suplir la Inquisición ya extinguida. Bajo su presidencia, esta condenó a muerte por herejía al maestro Cayetano Ripoll, siendo la última víctima mortal de la Inquisición en España
Represor de la disidencia, gobernó su diócesis "con mano de hierro", reprimiendo cualquier exceso, contestación o brote de heterodoxia, y dedicó frecuentes pastorales a advertir sobre "los peligros de las nuevas ideas liberales y laicas".
La personalidad de Simón López fue la de un eclesiástico autoritario que ejerció un poder inflexible en defensa del Antiguo Régimen, siendo el responsable directo de la última ejecución inquisitorial de la historia de España.
No tuvo contemplaciones con Ripoll, y a pesar de ser un hombre mayor y sin antecedentes violentos, lo mantuvo dos años en prisión incomunicado, sin abogado, y rechazó cualquier alternativa a la ejecución, pese a que el propio rey pidió cautela.
Actuó al margen del rey y ejecutó la sentencia sin esperar el permiso real, lo que provocó la ira de Fernando VII. Cuando el monarca lo reprendió, Simón López defendió su autoridad eclesiástica por encima de la civil, lo que creó un conflicto de poder entre Iglesia y Corona.
El escándalo europeo le pasó factura. Aunque no fue destituido, su prestigio quedó muy dañado. Al morir en 1841, Valencia no le rindió honores, y su legado quedó marcado por un acto que ya olía a medieval en pleno siglo XIX.
El caso Ripoll no fue un simple ajusticiamiento, sino un auténtico terremoto político que tensó al máximo la relación entre la Iglesia y la Corona. Este fue el impacto directo:
1. El rey, furioso por la desobediencia, Fernando VII, montó en cólera porque Simón López ejecutó a Ripoll sin su permiso explícito. En el absolutismo, toda sentencia de muerte necesitaba el pase regio. Al saltárselo, el arzobispo desafió la autoridad civil, y el monarca llegó a calificar la ejecución como "un atentado contra la real potestad.
2. El poder eclesiástico contra el civil. Simón López respondió alegando que su autoridad espiritual estaba por encima de la terrenal. Este choque reavivó el viejo conflicto del regalismo, el control del rey sobre la Iglesia, frente al ultramontanismo, la independencia papal y eclesiástica. El rey vio peligrar su soberanía.
3. El Papa, en medio del fuego cruzado, se vio presionado. El Papa León XII, aunque conservador, recibió quejas del gobierno español y de potencias europeas. Para no perder influencia, desautorizó sutilmente a Simón López, recordándole que las juntas de fe necesitaban aprobación papal, algo que él no tenía.
4. La Corona intenta controlar a la Iglesia y como escarmiento, Fernando VII ordenó que ninguna junta de fe pudiera ejecutar sentencias sin su autorización. También impulsó un nuevo código penal que limitaba los delitos de herejía, arrebatando a la Iglesia su jurisdicción exclusiva en materia religiosa.
Hubo un daño de imagen para la Corona pues a nivel internacional, el escándalo dejó a Fernando VII como un rey débil que no controlaba a su clero, o cómplice de un crimen medieval. The Times y la prensa liberal europea usaron el caso para ridiculizar a la monarquía española, tachándola de atrasada y fanática.
La consecuencia final fue que este conflicto aceleró la caída de las juntas de fe. En 1834, ya muerto Fernando VII, la regente María Cristina las abolió definitivamente.
El caso Ripoll fue usado como ejemplo de los múltiples abusos de la Iglesia, allanando el camino para la desamortización y la separación de poderes. La Corona salió escaldada por parecer débil, la Iglesia perdió su poder judicial y el escándalo contribuyó a que, pocos años después, el Estado español arrebatara a la Iglesia su capacidad para juzgar y ejecutar herejes.
Conmocionó a la Europa del siglo XIX porque supuso una ejecución por herejía en plena era liberal, cometida además por una institución que ya había sido abolida. Estos son los detalles clave que lo convirtieron en un escándalo internacional:
1. Fue un ajusticiamiento anacrónico. En 1826, Ripoll fue ahorcado en Valencia por hereje. Aunque se le considera la última víctima de la Inquisición, en realidad fue condenado por las Juntas de Fe diocesanas, que el arzobispo Simón López creó para suplantar al Santo Oficio, abolido años antes.
2. El maestro de Ruzafa era deísta y librepensador. No creía en dogmas como la Trinidad, no iba a misa ni llevaba a sus alumnos, y sustituía el "Ave María" por "Alabado sea Dios"
3. Fue un juicio sin garantías, en el que fue denunciado por vecinos que no entendían su falta de piedad. Pasó dos años en la cárcel sin acusación formal ni defensor, sometido a intentos de conversión que él rechazó.
4. La sentencia fue morir en la hoguera, pero para evitar el escándalo, primero lo ahorcaron y su cuerpo fue metido en un tonel pintado con llamas y arrojado al río, en una grotesca parodia.
5. Los Medios Europeos como The Times de Londres que cubrieron el caso, destacando la ironía de que un "hombre caritativo" fuera ejecutado mientras Europa avanzaba hacia la modernidad. El propio rey Fernando VII, aunque absolutista, censuró a la Audiencia por ejecutar la sentencia sin su permiso.
La supresión y el retorno. Las Cortes de Cádiz abolieron la Inquisición en 1813, pero Fernando VII la restauró en 1814 al volver al absolutismo. Luego, durante el Trienio Liberal, 1820-1823, se vio obligado a suprimirla de nuevo.
Tras recuperar el poder absoluto en 1823, inició un periodo de dura represión conocido como la "Década Ominosa". Para perseguir la herejía sin restaurar oficialmente la Inquisición, permitió la creación de las Juntas de Fe.
Estas juntas diocesanas, como la que operaba en Valencia bajo el arzobispo Simón López, ejercían las mismas funciones que la Inquisición, persiguiendo a los considerados herejes con métodos y personal muy similares.
Ripoll fue juzgado y condenado por la Junta de Fe de Valencia, no por la Inquisición en sí. La condena se basó en una ley medieval, y se le ejecutó con una grotesca simulación de hoguera para no quemar "materialmente" a un hombre en pleno siglo XIX.
Furia y silencio, pues según las crónicas, el Rey montó en cólera porque la Audiencia de Valencia ejecutó la sentencia sin su autorización preceptiva, pero al mismo tiempo, la censura de prensa en España ocultó el caso, mientras en el resto de Europa era un escándalo. La paradoja refleja la tensión entre su autoritarismo y el anacronismo de un acto que ni él podía defender abiertamente.
Este escándalo fue tan grande que, finalmente, contribuyó a que en 1834 se abolieran definitivamente las Juntas de Fe. La condena de Ripoll, aunque ejecutada con una "pantomima", selló el fin de la persecución por herejía en España.
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*Ángel Villazón Trabanco es ingeniero, escritor y periodista cultural y te brinda la posibilidad de leer algunos de sus libros:
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