Opinión

“La Lista de Schindler”

Imagen de referencia (IA)

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan”

Germán Ubillos Orsolich | Sábado 29 de agosto de 2026

29AGO26 – MADRID.- He visto la película de Steven Spielberg en mi ordenador, pues no me atreví verla en el cine cuando se estrenó. Me ha encantado como todos los filmes de ese director, de origen judío, tan genial; pero a la mitad, casi al final de verla, me ha interrumpido mi esposa que me llamaba a desayunar, pues yo trabajo de noche, como ya sabéis.



El filme es sobrecogedor por su puesta en escena, en blanco y negro, y por los actores y los extras, cientos de ellos, que comentaron que pasaron un frio endiablado durante el rodaje.

No se recrea en torturas personales, como los filmes vulgares al uso; es un “canto coral” de centenares de actores por no decir de miles que circulan por Varsovia y por los campos de exterminio de Auschwitz y otros semejantes, en un canto fúnebre a la muerte y al sacrificio de los inocentes, del que se salva precisamente Oscar Shindler y su tocayo el contable de las gafitas redondas, el contable judío.

Pero lo que ha llamado más mi atención fue que al apagar el ordenador y con él las imágenes terribles, contemplé estupefacto y a todo color la realidad del mundo actual, que difiere muy poco de la del filme, pues la radio me puso al corriente de los horrores de la ciudad de Ceuta, ante un gobierno de izquierdas tan inoperante y abandonado, con un presidente en este caso que se paseaba y daba baños nocturnos en la mansión de la Mareta en Lanzarote, mientras los desarrapados marroquíes orinaban y defecaban en las calles de la ciudad autónoma española, que han desembarcado a nado o en pateras, y que han sido abandonados a su suerte hasta que los ciudadanos ceutíes se han liado a palos a defender sus derechos y su soberanía.

Eso sin contar con el estrecho de Ormuz, minado por los sirios, o sea los persas, bombardeados por el presidente ciclotímico del pelo teñido de amarillo del país más poderoso el mundo; y eso sin contar con la matanzas entre rusos y ucranianos, agredidos impunemente estos últimos por los primeros; y entre los pueblos africanos; y finalmente las hecatombes del Nepal, todo bien aderezado por las imágenes de la televisión, muy parecidas a las de “La Lista de Schindler”, pero, repito, a todo color.

Me ha traído a casa la Santa Eucaristía el párroco de San Marcos, le he contado mi experiencia, y tras una ligera objeción, ha quedado en silencio y profundamente conmovido como yo.

La conclusión: El mundo no ha cambiado; los gobernantes siguen siendo tan ineptos e incapaces, cuando no crueles -como en el caso de Vladimir Putin y otros colegas–, como en el pasado.

Sí, acabó dándome la Santa Eucaristía.

Yo me acordé entonces de aquel hombre clavado en una cruz hasta morir desangrado, tras unas horas de ignominiosa agonía.

Dicen las crónicas que era “El hijo de Dios”.