27AGO26 – MADRID.- Fichte es uno de los filósofos que convierte al yo en libertad. Podemos preguntarnos: ¿Y si el mundo que creemos encontrar delante de nosotros fuera, en último término, inseparable de la actividad de nuestra propia conciencia? Esta cuestión permite entrar directamente en el corazón de la filosofía de Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), uno de los grandes representantes del idealismo alemán.
Su pensamiento radicalizó la filosofía trascendental de Kant y convirtió la actividad del sujeto en el principio desde el que debía comprenderse tanto el conocimiento como la realidad, la libertad y la moral.
Fichte nació en Rammenau, Sajonia, en 1762, en el seno de una familia humilde. Gracias a un barón que reconoció su extraordinaria capacidad intelectual cuando era un niño pudo formarse. Durante sus primeros años se interesó especialmente por la filosofía de Kant.
Su reconocimiento llegó rápidamente después de publicar, en 1792, el Ensayo de una crítica de toda revelación que escribió en cinco semanas, durante su estancia en Königsberg en 1791, después de haber conocido personalmente a Kant. Inicialmente fue publicado anónimamente. La obra fue atribuida durante un tiempo al propio Kant. Este deshizo el equívoco al revelar que su autor era Fichte, con lo que este adquirió una notable reputación filosófica.
En 1794 obtuvo una cátedra en la Universidad de Jena. Allí desarrolló su proyecto filosófico, conocido como Doctrina de la ciencia. Sin embargo, su carrera académica sufrió un importante golpe debido a la llamada disputa sobre el ateísmo, que terminó provocando su salida de Jena. Posteriormente fue profesor en Erlangen, Königsberg y en la recién fundada Universidad de Berlín de 1810 a 1814 y, en 1811, fue elegido como primer rector de esta. Fichte murió en Berlín, víctima de una epidemia de tifus en 1814 a los 51 años.
El idealismo de Fichte se denomina generalmente idealismo subjetivo o idealismo trascendental. Parte de Kant, pero considera que este no había llevado hasta sus últimas consecuencias la revolución copernicana de la filosofía. Si Kant había mostrado que nuestra experiencia está estructurada por las formas y categorías del sujeto, Fichte intenta encontrar un principio absolutamente primero desde el que reconstruir sistemáticamente toda la filosofía. Este principio es el Yo.
Pero el Yo de Fichte no debe entenderse simplemente como el individuo psicológico, como la personalidad concreta de cada ser humano. Se trata de un Yo trascendental, una actividad originaria de autoconciencia. El Yo no es fundamentalmente una cosa: es actividad, espontaneidad y libertad. Por eso el idealismo fichteano recibe también el nombre de idealismo ético.
La realidad adquiere sentido dentro de una concepción en la que el ser humano está llamado a actuar libremente y a transformar el mundo conforme a exigencias racionales y morales.
Para Fichte el Yo es el principio absoluto. “El Yo se pone a sí mismo”. Esto significa que la conciencia no es algo pasivo que simplemente recibe impresiones procedentes del exterior. El Yo es una actividad originaria que se afirma a sí misma. Pero aparece inmediatamente una dificultad: si solo existiera el Yo, no habría oposición, resistencia ni mundo. Por eso Fichte introduce el No-Yo.
El Yo pone frente a sí un No-Yo, es decir, aquello que aparece como límite y resistencia a su actividad. No afirma que cada individuo fabrique físicamente el universo. Su problema es trascendental: explicar cómo se constituye la experiencia de un mundo objetivo para un sujeto activo. El Yo y el No-Yo forman así una estructura dinámica. El sujeto encuentra límites que debe superar mediante su actividad. Para Fichte, el ser humano no se define principalmente por contemplar la realidad, sino por actuar.
El mundo se convierte así en un campo de acción moral. La libertad no significa hacer arbitrariamente lo que uno quiera. Significa actuar conforme a la razón y orientar la propia existencia hacia la realización del deber. En este sentido, Fichte transformó el idealismo en una filosofía profundamente práctica: conocer y actuar están estrechamente relacionados.
La ética ocupa un lugar central en Fichte. El ser humano está llamado a desarrollar indefinidamente su libertad y su racionalidad. La existencia de obstáculos no constituye simplemente una desgracia: permite precisamente que la libertad se manifieste. Sin resistencia no habría esfuerzo y sin este no habría desarrollo moral.
Por ello, la vida humana aparece como una tarea permanente de autoperfeccionamiento. La filosofía fichteana posee, por tanto, un marcado carácter dinámico: nunca alcanzamos definitivamente la perfección moral, sino que debemos avanzar continuamente hacia ella.
En cuanto a su teoría del conocimiento su gran proyecto filosófico fue la Doctrina de la ciencia. Pretendía construir una ciencia filosófica fundamental capaz de mostrar cómo se articulan sujeto, objeto, conocimiento y acción. Entre sus obras principales se encuentran: El Estado comercial cerrado y El destino del hombre de 1800, Doctrina de la Religión de 1806 y Discursos a la nación alemana de 1808.
Fichte está convencido de que el Yo debe desplegarse como actividad libre. El mundo deja de aparecer como un simple escenario que contemplamos y se convierte en el ámbito en el que nuestra libertad debe realizarse.