26AGO26 – MADRID.- Hay despedidas cinematográficas que parecen destinadas a sobrevivir a sus protagonistas. La de Rick Blaine e Ilsa Lund en Casablanca es una de ellas. En la pista de un aeropuerto, entre niebla, sacrificios y promesas de un amor imposible, Humphrey Bogart e Ingrid Bergman construyeron una de las parejas más célebres de la historia del cine. Sin embargo, aquella intimidad era, en buena medida, una extraordinaria ficción.
Porque si Rick e Ilsa parecían destinados a amarse para siempre, Bogart y Bergman apenas fueron amigos.
La paradoja comienza en el propio rodaje. Cuando Michael Curtiz puso en marcha Casablanca en 1942, el guion todavía estaba lejos de estar terminado. Las páginas podían llegar al plató prácticamente de un día para otro y ni siquiera los actores conocían con certeza el desenlace del triángulo entre Ilsa, Rick y Victor Laszlo. Bergman llegó a preguntar a los responsables de la película a cuál de los dos hombres debía amar más. La respuesta fue, en esencia, que interpretara la relación de manera equilibrada porque los propios guionistas todavía no sabían cómo terminaría.
Aquella incertidumbre, que hoy forma parte de la leyenda de la película, contribuyó a crear una atmósfera de improvisación poco habitual incluso para el Hollywood de los grandes estudios. El proyecto procedía de una obra teatral nunca estrenada, Everybody Comes to Rick's, y pasó por las manos de varios guionistas. Julius y Philip Epstein, Howard Koch y Casey Robinson participaron, en distintos momentos, en la construcción de una historia que terminó mezclando comedia, suspense bélico, propaganda antinazi y melodrama romántico.
Bogart, además, llegaba al proyecto desde un lugar profesional muy diferente. Su carrera se había construido sobre personajes duros, ambiguos y peligrosos. Había sido Duke Mantee en El bosque petrificado, Roy Earle en El último refugio y Sam Spade en El halcón maltés. Rick Blaine exigía otra cosa: un hombre aparentemente cínico al que el amor perdido devuelve, finalmente, la capacidad de sacrificarse. Casablanca se convirtió así en una pieza decisiva en la transformación de Bogart en protagonista romántico.
Y entonces apareció Ingrid Bergman.
La actriz sueca aportaba a Ilsa una mezcla de elegancia, vulnerabilidad y ambigüedad que hacía posible creer en aquel amor perdido en París. Frente a ella, Bogart descubrió que no necesitaba comportarse como el galán tradicional. Bastaba con una mirada, una pausa o una frase dicha con su particular tono de voz.
El resultado fue una química que parecía evidente en pantalla, pero que no tenía una correspondencia equivalente fuera de ella.
Bergman recordaría años después la experiencia con una frase demoledora por su sencillez: había besado a Bogart, pero nunca había llegado realmente a conocerlo.
El actor era, durante el rodaje, una presencia bastante más distante de lo que podía sugerir la historia de amor que interpretaba. Según distintos testimonios sobre la producción, solía refugiarse en su camerino o dedicar los descansos al ajedrez. Bergman intentó acercarse a él fuera del trabajo, pero sus invitaciones para cenar no encontraron demasiado entusiasmo. Algunas reconstrucciones de aquel periodo señalan que Bogart prefería mantenerse apartado, beber y jugar al ajedrez antes que prolongar la relación con su compañera de reparto después de las cámaras.
No hace falta, sin embargo, convertir aquella distancia en una enemistad. Nada demuestra que existiera entre ambos una guerra personal. Lo que sí parece claro es que no nació una amistad profunda. Bergman era una actriz sociable y curiosa que intentaba comprender a su compañero; Bogart, por el contrario, parecía mucho más concentrado en su trabajo y en sus circunstancias personales.
Y estas últimas eran complicadas. Mientras rodaba Casablanca, Bogart seguía casado con Mayo Methot, una relación tormentosa que atravesaba graves dificultades. Al mismo tiempo, su vínculo con la joven Lauren Bacall, a quien había conocido durante Tener y no tener, comenzaba a adquirir una importancia decisiva en su vida. Bacall tenía 19 años; Bogart, 42 durante el rodaje de Casablanca. Aquella historia terminaría convirtiéndose en uno de los romances más famosos del Hollywood clásico.
Quizá por eso resulta tan extraordinaria la ilusión que creó Casablanca. En la vida real, Bogart y Bergman no necesitaban quererse, ni siquiera llevarse especialmente bien, para convencer al público de que Rick e Ilsa habían vivido un amor capaz de atravesar los años.
La escena del aeropuerto resume perfectamente esa contradicción. Para llegar a ella hubo discusiones, reescrituras y dudas sobre el final. El rígido código moral de Hollywood impedía que Ilsa abandonara a su marido para quedarse con Rick. La solución fue convertir la renuncia de Rick en un acto de nobleza: no intenta quedarse con la mujer que ama, sino que la obliga a continuar junto a Laszlo y a participar en una causa que considera más importante que su propia felicidad.
La película terminó encontrando así una grandeza que nadie parecía haber previsto durante el rodaje. Casablanca ganó tres Oscar —película, dirección y guion— y con el tiempo pasó de ser una producción complicada a convertirse en una de las obras fundamentales del cine estadounidense.
Lo más curioso es que incluso el famoso final siguió siendo producto de aquel caos creativo. La célebre frase sobre el comienzo de una hermosa amistad fue incorporada después de terminar el rodaje y Bogart tuvo que regresar para grabarla.
La ironía es perfecta: Casablanca termina hablando de una amistad que comienza precisamente cuando una historia de amor llega a su fin. Y algo parecido ocurrió con sus protagonistas, pero en sentido contrario. Rick e Ilsa quedaron unidos para siempre en la memoria colectiva; Bogart y Bergman siguieron caminos separados.
No fueron amantes. No fueron grandes amigos. Apenas llegaron a conocerse.
Pero delante de una cámara consiguieron algo mucho más difícil: hacer creer al mundo entero que sí.
Esa es quizá una de las mayores lecciones de Casablanca. El cine no necesita que sus actores vivan las emociones que representan. Necesita que sepan hacerlas visibles. Bogart y Bergman no tuvieron que enamorarse para convertirse en Rick e Ilsa. Bastó con que, durante unos minutos, fueran capaces de hacer que millones de espectadores se enamoraran de ellos.
Y aquel beso, precisamente porque nunca se convirtió en amistad, terminó siendo todavía más legendario.