13AGO026 – MADRID.- Ya nos vamos. Las preciosas vacaciones en “La casona del Pinar” tocan a si fin. En un bosque inefable, entre pinos, abetos, cipreses y castaños, han transcurrido los quince días como un relámpago. Nos queda gasolina, esto es, abundantes euros, pero mi esposa se ha empeñado en volver a la capital.
Me voy a acordar mucho de este lugar, pero la vida es así de absurda. Ionesco, Adamov y Samuel Becket transcribieron de forma magistral esta realidad.
La vida es absurda, sí, en muchos de sus aspectos. Las dos grandes guerras mundiales del pasado siglo XX son testigos de cuanto digo.
Siento tristeza y dolor tenerme que separar de este paraíso a 1400 metros de altitud sobre el nivel del mar, y nueve grados menos de temperatura, pero la vida es así, y no me puedo valer sin ellas.
¿ Qué me espera en Madrid ?, monotonía, hastío, desesperación, quizá sea una forma de purgatorio antes de exhalar el último suspiro?.
No me puedo quejar pues también es verdad que mi esposa y mi hija me ayudan a sobrevivir, ahora mismo están haciendo las maletas – ncluyendo las mías, claro– mientras yo me solazo escribiendo este artículo que no sé si será el último junto al “Chiringuito” y la “Brasseríe” de “La Casona del Pinar”.
Pero el hecho de vivir no termina, solamente se trasforma. Y el alma humana sobrevive a todos los avatares.
No sé si el año que viene volveré, lo que sí sé y estoy seguro de esto, es que estaré en algún lugar en este “mundo de lo visible” o quizá en el “otro de lo invisible”, buscando algún sitio distante en el tiempo pero cercano a mi corazón.