Opinión

Prevención Propia Ante Una «Década Apocalíptica»

Opinión:

Por D.V. Torres

Jueves 13 de agosto de 2026

13AGO26 – MADRID.- Ese tópico que se ha generalizado sobre la fortaleza que adquiere una persona luego de cualquier acontecimiento adverso, especialmente cuando tiene repercusión mundial, como mínimo, es relativo. Creer que alguien se transforma sanamente por ello es un tanto desproporcionado.



Es preciso partir de la base de que nadie cambia favorablemente solo por duros embates externos; en ocasiones, hasta llegan a embrutecer el carácter y el comportamiento. En este sentido, la propia realidad parece demostrarlo y, sin entrar en los paradigmas que cada individuo alberga, convendría recordar aquella conocida afirmación atribuida a Friedrich Nietzsche: «Lo que no me mata me hace más fuerte». Una sentencia que, llevada a su extremo, no necesariamente se corresponde con la realidad. De hecho, un estudio longitudinal de Mark D. Seery, E. Alison Holman y Roxane Cohen Silver sobre adversidad acumulada y resiliencia puso de manifiesto que la relación entre adversidad y fortaleza no es tan simple: determinadas experiencias adversas pueden favorecer la resiliencia, mientras que una elevada acumulación de adversidad puede asociarse con mayor vulnerabilidad.

En otras palabras, los problemas individuales o sociales no destinan a alguien su mejora como persona ni respecto a su forma de ser. ¿Por qué? Sencillamente porque hay condiciones, principalmente mentales, de las que dependen factores educativos, culturales e incluso generacionales.

En conclusión, lo que ocurre afuera normalmente no cambia a nadie cuando esta modificación no se ha producido desde adentro. Las orugas no se convierten en mariposas aunque se les pongan alas; requieren de su metamorfosis.

En la actual década se han dado, acontecen y posiblemente se presenten otra serie de dificultades o conflictos de índole planetaria. Entre pandemias, varias guerras y sus cruentas consecuencias, además de fenómenos naturales de extrema gravedad, sin necesidad de una supuesta profecía o idea conspirativa, lo que sí es previsible y aceptable sería reconocer que el mundo está sobrepasando su línea roja.

Habría que insistir en que no se trata de una predicción apocalíptica; no obstante, convendría echar una mirada al mundo para saber cómo se mueven las sociedades, analizar el terreno de lo que sucede, ser realista y, nunca sobraría, verse a sí mismo con honesta y devota convicción.

Es evidente que habría que estar preparado a nivel material: agua, alimentos no perecederos, medicamentos habituales, linternas, baterías o sistemas de carga, medios de comunicación, documentos importantes, algo de efectivo y aquello que pudiera resultar necesario según las circunstancias; pero sin menospreciar la actitud personal; o sea, mental y emocionalmente. En corregir esto radica la mayor fortaleza.

El terreno es frágil, al igual que podría serlo el ser humano; sin embargo, cuando existe una predisposición a asumir la realidad, tanto interna como externa, las pisadas se vuelven firmes para continuar por el camino mientras se adquieren experiencias de gran riqueza interior.

Sin duda, el temor al qué pasará es una asignatura pendiente a superar y cuyo puntaje máximo podría ser el de la serenidad. Quienes la encuentran y mantienen, en un sentido figurado, podrán volar sobre abruptos terrenos, sondear dificultades y observar desde una perspectiva amplia y elevada.

Son tiempos convulsos; nadie debería negarse a ello. Aunque, en definitiva, el modo en que se manejan las tragedias suele corresponder a cada quien. Se sabe que preocuparse no soluciona; ocuparse, sí. Y, con esta última acotación, sería recomendable que la óptima prevención comenzara internamente, desde uno mismo.