06AGO26 – ALICANTE.- Desde el primer momento tuve la sensación de entrar en una realidad paralela situada en algún lugar entre una estación de tren de principios del siglo XX, una novela de Julio Verne y el sueño de un inventor excéntrico después de cenar demasiado fuerte. No es una sensación casual: Michel Laprise, guionista y director de la producción desde hace más de dos décadas en la casa, ambientó deliberadamente Kurios, Gabinete de Curiosidades a mediados del siglo XIX, en plena Revolución Industrial, con una estética steampunk de metal, cuero y filamentos incandescentes bajo cristal.
El resultado, sobre el papel, funciona; en directo, todavía más.
Había locomotoras imposibles, científicos locos, gramófonos, criaturas mecánicas, personajes que parecían salidos de un reloj suizo averiado y una cantante capaz de aparecer en los lugares más inesperados. Y qué cantante.
La música, protagonista
Normalmente la música permanece escondida, como si fuera parte de la maquinaria. Aquí no. Los músicos llegaron atravesando el público como pasajeros de un tren imaginario. La cantante, tocada con un fonógrafo a modo de sombrero, aparecía unas veces sobre el escenario, otras en una torre y otras suspendida en lugares imposibles. Cuando creía haber descubierto dónde estaba, volvía a sorprenderme desde otro rincón.
Aquello me hizo pensar en algo que ocurre también fuera de la carpa. A menudo creemos saber dónde está sucediendo la historia importante, pero la vida tiene la costumbre de estar ocurriendo simultáneamente en varios lugares a la vez. Ante la enorme cantidad de estímulos visuales y sonoros que despliega el espectáculo, llegué a pensar que quizá acabaríamos saliendo antes de tiempo, o que en algún momento perdería el interés.
Ocurrió exactamente lo contrario. Era un bombardeo continuo de belleza, pero un bombardeo cuidadosamente coreografiado.
El vestuario, otro protagonista
Kurios, Gabinete de Curiosidades revisita el estilo característico de Cirque du Soleil, combinando acrobacias espectaculares con un toque de poesía, arte y humor. La propia compañía lo presenta como una evasión alucinante de la realidad que desvela un universo festivo de inspiración steampunk, en el que lo inesperado acecha en cada esquina. En un pasado alternativo pero familiar, el espectáculo se adentra en el laboratorio mecánico de un científico convencido de que existe un mundo oculto e invisible, un lugar donde aguardan las ideas más locas y los sueños más grandiosos. Una vez que el científico logra abrir la puerta a ese mundo de maravillas, el tiempo se detiene por completo y un elenco de personajes de otro mundo invade su gabinete de curiosidades, dando vida a sus creaciones improvisadas una a una.
Ese universo se nota, sobre todo, en el vestuario: magnífico, excéntrico y de una imaginación desbordante, con siluetas mecánicas, engranajes cosidos a la tela y criaturas que literalmente descienden del techo de la carpa, como si el gabinete del científico hubiera cobrado vida y decidido colgarse del aire. Es un detalle que las fotografías del espectáculo no siempre logran transmitir: la sensación de que cada personaje, hasta el más secundario, ha sido diseñado con el mismo nivel de detalle que los protagonistas.
Instantáneas del gabinete
En una de las imágenes de la una de las escenas, el propio Científico (bata color hueso, melena cana, corbata) cruza la pista con un baúl de madera bajo el brazo, escoltado por una tripulación de marineros de rayas azules y gorro rojo que sostienen criaturas marinas de aspecto imposible, mitad pez, mitad artilugio de latón: la escena que abre la función y planta la semilla de todo lo que vendrá después.
Más adelante llega el número de contorsión, con cuatro artistas cubiertas de un maquillaje corporal completo, naranja y azul topo, dobladas sobre sí mismas en una pirámide humana de una flexibilidad casi líquida. Muy cerca, cuatro acróbatas más forman una torre en equilibrio imposible sobre la palma de una mano mecánica gigante, dorada y remachada como una escultura de Julio Verne, mientras un quinto artista contempla la escena sentado junto al engranaje. Es, probablemente, la imagen que mejor resume la filosofía de Kurios: cuerpo humano y maquinaria fundidos en un mismo gesto.
La acróbata de la bicicleta aérea aparece suspendida boca abajo, con las piernas en tijera y las manos rozando el manillar, sostenida solo por dos cuerdas desde lo alto de la carpa: el número que, según los espectadores que ya lo han visto en otras ciudades, mejor combina delicadeza y riesgo. Y sobre la red del Acro Net, media docena de artistas se cruzan en el aire en distintas fases de la misma cabriola, con el público a ambos lados de la pasarela central conteniendo la respiración a la vez.
El resto del vestuario confirma la vocación de relojería del espectáculo: un personaje enfundado en una carcasa esférica de latón, tan grande que le obliga a caminar con las piernas muy abiertas; un vehículo-cápsula con ventana ovalada por la que asoma otro artista, como si fuera el ojo de buey de un submarino victoriano; y una máquina voladora de madera y lona, con hélice de aspecto casero, en la que dos personajes viajan sentados como en un sidecar imposible, sobrevolando literalmente al público. Ni un solo elemento, por pequeño que sea, parece dejado al azar.
Esculturas griegas desafiando la gravedad
Hay un número con unas cintas suspendidas desde el techo que, según he podido confirmar después, se llama técnicamente dúo de cintas aéreas o straps, una disciplina emparentada con las anillas de gimnasia. Lo que sí sabía, sin necesidad de ficha técnica, es que aquellos dos artistas, de una musculatura escultórica, parecían esculturas griegas que hubieran decidido desafiar la gravedad por puro aburrimiento. Una capacidad física tan absurda que por momentos uno se preguntaba si la evolución humana había seguido avanzando sin avisarnos.
A su lado, un número que no suele llevarse los titulares y que, sin embargo, sostiene buena parte del asombro colectivo de la sala: el clásico del yoyó, ejecutado con una precisión hipnótica sobre relojes de bolsillo luminosos. No necesita la escala de las cintas aéreas para dejar al público en silencio.
Y, por si alguien piensa que exagero, baste decir que durante los saludos finales, cada vez que aparecían, recibían una ovación particularmente entusiasta por parte de una parte considerable del público. Y no, no eran solo las mujeres.
Dos mil personas, un solo organismo
Pero más allá del vértigo, de la música y de los físicos imposibles, hubo algo que me impresionó especialmente: la organización. Más de dos mil personas entrando, saliendo, encontrando sus asientos, moviéndose por el recinto y participando de una maquinaria perfectamente sincronizada.
Una recomendación para futuros asistentes: aprovechen para visitar los baños antes de que comience la función. Precisamente porque el espectáculo no da ningún momento muerto para escaparse, todo el mundo llega al intermedio con la misma necesidad acumulada. Dos mil personas. Simultáneamente.
Lo que sostiene la magia
A raíz de esto, y de observar la maquinaria que hay detrás de Kurios, esa fue quizá la gran reflexión que me llevé a casa: el público ve la magia, pero la magia nunca es invisible. Está sostenida por cientos de personas. Por artistas, músicos, técnicos, iluminadores, montadores. Por trabajadores que probablemente jamás recibirán una ovación y que, sin embargo, son tan importantes como quien recibe los aplausos.
Quizá por eso me emocionó tanto el espectáculo. Porque en el fondo un circo sigue siendo una metáfora extraordinaria de la sociedad. Personas completamente distintas. Talentos diferentes. Capacidades diferentes. Historias diferentes. Y, sin embargo, todas necesarias.
Una objeción que entiendo, pero no comparto
Hay quien, al salir, echa en falta la narrativa más lineal de otros títulos de la compañía, y siente que el ritmo se dispersa entre tantos números. Es una objeción razonable sobre el papel, pero en mi butaca no llegó a materializarse: lo que podría leerse como dispersión, en la carpa se sintió como una decisión consciente de no dejar respirar al espectador. Tenía mucho ritmo y mucha alegría. Las actuaciones individuales atraían a la gente y desplazaban el foco de un lado a otro sin que el público lo notase, como si el propio espectáculo estuviera aplicando su tesis central: la acción importante nunca ocurre solo donde miras.
Al salir de la carpa
Al salir de la carpa los artistas dejaron de volar. El león invisible regresó a su jaula imaginaria. Los músicos desaparecieron. Las luces se apagaron.
Pero algo permaneció: no se puede perder ni por un minuto la mirada sobre la pista.