22JUL26 – MADRID.- El turismo no es solo hoteles, vuelos o restaurantes, sino también la imaginación colectiva: la capacidad de convertir un lugar corriente en un destino cargado de significado. A lo largo de la historia, los mitos han sido herramientas eficaces para atraer visitantes, reforzar poderes políticos y generar riqueza.
En general las actuales civilizaciones están basadas en mitos, el más exitoso de todos el del cristianismo: un ser humano que también es Dios, nacido de una virgen, que se integra en una trinidad que, en realidad, es un solo dios. Es crucificado, resucita y asciende al cielo.
En sus orígenes y hasta la caída del imperio romano, el cristianismo no tuvo ambición económica política, pero después explotó el mito al máximo. La síntesis son las catedrales góticas.
El primer mito europeo que se explotó con fines políticos y económicos es el del descubrimiento del sepulcro del apóstol Santiago. Este relato, impulsado en el siglo IX por el rey Alfonso II de Asturias, pretendía consolidar el poder cristiano frente al islam y dar prestigio al reino asturiano. Tres siglos después el obispo Gelmírez, promovió el Camino de Santiago. El resultado superó cualquier previsión. Compostela se convirtió en un centro de peregrinación solo superado por Roma. Lo que nació como un mito religioso acabó siendo un motor económico que hoy sigue plenamente vigente.
El éxito jacobeo inspiró a otros territorios. Durante la Edad Media, catedrales y basílicas competían por atraer peregrinos mediante la exhibición de reliquias. El sudario de Cristo en Turín continúa siendo objeto de veneración a pesar de ser notorio que es una falsificación medieval. París reforzó su papel espiritual y político mostrando una espina de la corona de Cristo y por toda Europa se multiplicaron las reliquias atribuidas a la Virgen o a distintos santos. Aquellos objetos actuaban como imanes económicos comparables a lo que hoy supone contar con un monumento declarado Patrimonio de la Humanidad.
Con el tiempo, los mitos dejaron de ser exclusivamente religiosos y pasaron a alimentar identidades nacionales. En España, la batalla de Covadonga o la espada Tizona, del Cid, por ejemplo. Más allá de discusiones sobre su autenticidad de esta última, lo relevante era reforzar el mito del héroe castellano como símbolo de la nación. Su exhibición alimentaba el orgullo colectivo y generaba interés turístico. El visitante no acudía a comprobar si el acero era del siglo XI, sino a contemplar el objeto que encarnaba una épica nacional.
Uno de los casos más llamativos de invención moderna es el balcón de Julieta en Verona. En 1934, el concejal de cultura fascista decidió colocar un balcón en una casa medieval para satisfacer la demanda de los turistas que buscaban el escenario de la obra de Shakespeare. La historia de Romeo y Julieta es ficción, pero el mito necesitaba un lugar físico. El balcón se convirtió en uno de los atractivos más visitados de Italia. Verona multiplicó su visibilidad y sus ingresos. La lección es clara: si los turistas quieren un balcón, lo tendrán.
Fuera de Europa, la lógica es la misma. En India, el árbol bajo el cual Buda alcanzó la iluminación atrae a miles de peregrinos. En Jerusalén, el lugar desde donde Mahoma ascendió al cielo, o en la Meca donde hay que ir para cumplir con la Hajj, son centros de devoción masiva. En ambos casos, lo simbólico tiene más peso que lo histórico. La gente busca la experiencia emocional de estar en un sitio cargado de significado. El mito cumple su función: mueve personas y dinero.
Desde el punto de vista económico, los mitos actúan como activos intangibles. No requieren grandes inversiones. En ocasiones basta con una narrativa bien construida. Cuando un mito se consolida, genera un flujo constante de visitantes y actividad económica.
Crean valor simbólico: un mito convierte un lugar normal en un destino extraordinario.
Generan demanda sostenida: los turistas buscan experiencias únicas.
Favorecen la diversificación económica: alrededor surgen hoteles, restaurantes, tiendas y servicios culturales.
Alimentan la competencia territorial: ciudades y países compiten por disponer de su propio mito para atraer más visitantes.
En el turismo contemporáneo, los mitos funcionan como una marca comercial con capacidad de despertar deseo y confianza en el visitante.
Por eso, siempre es posible crear nuevos relatos en zonas con poco turismo. Lo decisivo es que el mito conecte con las emociones del viajero y le ofrezca una razón para desplazarse.
El turismo no se alimenta solo de lo que se ve, sino de lo que se siente y se cuenta. Las historias —auténticas o inventadas— son un recurso económico de primer orden. En un mundo donde los destinos compiten por atraer visitantes, los mitos siguen siendo un motor poderoso porque proporcionan experiencias que dan sentido al viaje. En última instancia, viajar es buscar relatos. Y esos relatos, cuando se gestionan con inteligencia, pueden transformar para siempre la economía de un territorio.