28JUN26 – MADRID.- Todas las civilizaciones, todas las culturas, desde las prehistóricas hasta las actuales, han rendido culto a los muertos y dentro de este a lo que consideran la supervivencia del ser humano más allá de la muerte.
Una corriente muy extendida es la que afirma que es un deseo, solo el deseo soñado de no morir para siempre.
La idea de la supervivencia está emparejada a la de un ser superior a nosotros que no solo garantiza esa supervivencia, sino que la sostiene.
De muy joven, recuerdo un día sentado sobre la yerba cercana al Monasterio del Escorial, me percaté que algún día tendría que morir.
Más adelante me dio por pensar que estadísticamente la posibilidad de la existencia de ese otro mundo era justo la mitad que la de su no existencia.
Los pensamientos y los sentimientos se fueron decantando, eso unido a las abundantes y variadas lecturas y a los estudios universitarios de derecho y de ciencias empresariales, bien que sustentado por una familia católica.
No obstante hasta los cuarenta años aproximados no tomé conciencia de mis creencias, cuando sufrí una “conversión en Semana Santa”, meditando en uno de los bancos de madera en la umbría y majestuosa Basílica del citado Monasterio.
De esa experiencia inolvidable surgió la certidumbre impresionante de que la fe religiosa es “un don de Dios”, un verdadero regalo de él. Mi admirado escritor francés y premio nobel de literatura Albert Camus, pasó toda su vida añorándola y casi tocándola, pero sin duda la experimentaría más allá de su muerte en accidente de automóvil cerca de París.
El hecho de ser creyente de una forma de vida más allá de la muerte física debería implicar una mejora sustancial en el ser humano, pero no siempre es así ni mucho menos, he conocido incrédulos llenos virtudes humanas y creyentes carentes de ellas.