24JUN26 – MADRID.- Hace cierto tiempo que no iba a comer al restaurante “Puerto de Vigo “en la calle Ferraz de Madrid, muy cerca de la sede el partido Socialista. Se trata de una cafetería restaurante de enorme calidad, con un servicio esmerado, una cocina exquisita y un público adinerado propio del lugar donde se encuentra.
Los camareros me conocen pues antes de mi rotura de cadera y dejar de conducir solía desayunar ahí con frecuencia, donde solía coincidir a veces con el ex embajador de España Fernando Riquelme, para pasarme al final por la farmacia de enfrente a comprar mis medicinas.
Después de terminar donde había almorzado con mi mujer y con mi hija, hemos cogido un taxi para conducirnos de nuevo hasta casa, y es entonces cuando hemos pasado junto a la casa de mi querido e inolvidable amigo Carolo, cuya fachada lindante con Ferraz estaba llena de andamiajes.
Avisté entonces la esquina de la fachada y el portal donde solía esperarme a que yo le recogiera a pie o en mi automóvil. Fueron solo unos segundos, no más de cinco o seis, pero inolvidables; como una punzada en el corazón.
Carolo a estas alturas ya está en la casa del Padre, así como tantos amigos y familiares míos muy queridos.
Pero al ver como se alejaba de nuevo y rápidamente de mi vista el edificio, la calle Quintana esquina a Ferraz, me percaté lo que supone la desaparición de los recuerdos, que es lo que solo nos queda de la vida, de la vida intensa, llena de emociones, de alegrías y también, por qué no, de tristezas - las menos –, pues en realidad lo que se desvanece es la vida que queda ante nuestros ojos como un chispazo imborrable, el único que conocemos los que tenemos la dicha de estar aún en este mundo, en este planeta.