19JUN26 – MADRID.- La final de un campeonato del mundo de fútbol es el evento deportivo y televisivo más visto del planeta. La final de Qatar en 2022 fue seguida en algún momento por más de 1.500 millones de personas, y más de 600 millones la vieron completa. Estas cifras nos obligan a analizar este fenómeno desde los tres principales puntos de vista: el deportivo, el económico y el político. El aspecto deportivo debería ser el predominante, pero la realidad demuestra que se mezcla constantemente con los otros dos.
La evolución del torneo refleja un crecimiento exponencial. El primer campeonato se celebró en Uruguay en 1930 con la participación de trece países y un presupuesto modesto. Desde entonces, el número de selecciones ha ido aumentando hasta alcanzar las 48 actuales. En paralelo, el presupuesto global de la organización supera ya los 10.000 millones de dólares. Este crecimiento fue lento en sus primeras décadas, pero se ha acelerado de forma notable a partir de la última edición.
La relación con la política es compleja y constante: en 1934, Benito Mussolini aprovechó el campeonato celebrado en Italia como una herramienta de propaganda para su régimen fascista, un torneo que ganó la selección anfitriona. En 1978, se disputó en Argentina bajo la dictadura militar del general Jorge Rafael Videla, quien utilizó el triunfo deportivo para intentar lavar la imagen internacional de su gobierno.
Esta vinculación llega hasta la actualidad. El actual campeonato pretende beneficiar políticamente a Donald Trump. La sintonía con el presidente de la FIFA, el suizo Gianni Infantino, quedó escenificada con la propuesta de un trofeo de la paz que sustituyera al Nobel. La política está presente en el fútbol a pesar de las declaraciones de los dirigentes que sostienen que ambos mundos no deben mezclarse.
Los criterios de exclusión y participación también reflejan tensiones geopolíticas. Rusia no participa en las competiciones actuales debido a las sanciones internacionales . Estas medidas contrastan con la situación de Israel cuya ausencia del torneo se debe a motivos deportivos, al no haber logrado la clasificación .
La importancia del fútbol para los gobiernos se observa en la gestión de las crisis institucionales. Italia, cuatro veces campeona del mundo, encadena tres ediciones consecutivas sin clasificarse para la fase final. Este fracaso deportivo provocó la dimisión inmediata del presidente de la federación italiana. Ante el vacío de poder, el gobierno de Giorgia Meloni maniobró de forma infructuosa para evitar que el cargo fuera ocupado por un directivo al que la oposición veía con buenos ojos.
El éxito en el campo de juego tiene un impacto directo en la reputación internacional. España experimentó un notable impulso de autoestima al ganar el campeonato mundial en el año 2010. Desde aquel triunfo, la selección nacional se consolidó en el grupo de los equipos favoritos, lo que supuso un activo de gran valor para la promoción de la Marca España.
Existen países que no necesitan ganar el trofeo para obtener un beneficio . Selecciones con menor tradición logran aparecer en las primeras páginas de los medios de comunicación y mejorar su proyección internacional. Cabo Verde, tras lograr un empate contra España, consiguió una notable repercusión que potenció su imagen turística. Al pequeño estado de Curazao le bastó con la simple participación en las fases clasificatorias para posicionar su nombre en el mapa geopolítico y deportivo internacional.
Los esfuerzos de las federaciones por confeccionar equipos competitivos demuestran la trascendencia del torneo. Muchos países dedican recursos a incorporar futbolistas nacidos en el extranjero que posean alguna vinculación familiar, por mínima que sea, con el territorio al que van a representar. El caso de Marruecos es ilustrativo: catorce de los veintiocho jugadores de su última convocatoria no nacieron en el país norteafricano. Los estados del Golfo Pérsico recurren a la nacionalización de jugadores veteranos europeos o sudamericanos para defender sus colores nacionales.
El origen de los integrantes de las selecciones ofrece otro análisis político relevante, especialmente en los países europeos que no necesitan buscar jugadores fuera de sus fronteras . Estrellas como Kylian Mbappé en Francia o Lamine Yamal en España son hijos de inmigrantes africanos. Esta situación se repite en numerosos combinados del continente. El ejemplo más evidente es la selección francesa: la mayoría de sus jugadores de origen extranjero .
Esta realidad demográfica dentro del deporte contradice el discurso sobre la inmigración que sostienen los partidos de extrema derecha. Los argumentos de estas formaciones, nacionalistas por definición, chocan con la composición de los equipos que defienden las banderas de sus respectivos países y que reciben el apoyo de sus ciudadanos.
Los campeonatos del mundo de fútbol son acontecimientos políticos. Esta condición no es buena ni mala por sí misma, sino una consecuencia inevitable de su magnitud global y de su capacidad para movilizar las identidades nacionales.