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Nueva España y Extremadura, las mujeres mulatas y la Inquisición

Durante los siglos XVI al XVIII, Extremadura fue una de las regiones que más población aportó a América. Ciudades como Trujillo, Cáceres, Mérida o Badajoz participaron activamente en las redes migratorias hacia el virreinato novohispano. Por María del Carmen Calderón Berrocal*

Jueves 04 de junio de 2026

04JUN26 – MADRID.- En el México del siglo XVIII —la Nueva España borbónica, urbana y profundamente jerarquizada— las mujeres clasificadas como “mulatas” ocuparon un lugar social tan visible como vulnerable. Su presencia atravesaba los espacios domésticos, los mercados, las calles y también los archivos judiciales. Allí, en los expedientes del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, quedaron fijadas voces, miedos y conflictos que permiten asomarse a sus vidas más allá del estereotipo.



El orden de castas y la condición mulata

La categoría “mulata” designaba, en términos coloniales, a las personas de ascendencia africana y europea. Pero no era sólo una descripción genealógica; era una inscripción en el sistema de castas que organizaba derechos, oficios posibles, reputación y expectativas morales. En la práctica, la etiqueta operaba como un juicio previo. A las mujeres mulatas se les atribuía con frecuencia sensualidad excesiva, inclinación al desorden o propensión a la hechicería. Tales prejuicios no eran anecdóticos: condicionaban la manera en que vecinos, clérigos y autoridades interpretaban sus palabras y gestos.

Muchas de estas mujeres trabajaban como sirvientas, vendedoras ambulantes, costureras o lavanderas. Su movilidad por distintos espacios sociales —casas de españoles, barrios populares, conventos, plazas— les daba una red amplia de relaciones, pero también las exponía a sospechas constantes. En un mundo donde el honor femenino estaba estrechamente vigilado, cualquier desviación real o imaginada podía convertirse en causa judicial.

La Inquisición y sus competencias

El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición no perseguía delitos civiles, sino faltas contra la fe: herejía, blasfemia, bigamia, proposiciones heréticas, supersticiones. Sin embargo, en la vida cotidiana colonial, la frontera entre lo religioso y lo social era porosa. Una disputa amorosa, un conflicto laboral o una rivalidad vecinal podían traducirse en una denuncia por hechicería o por palabras irreverentes.

En el siglo XVIII, los procesos contra mujeres mulatas se concentraron sobre todo en acusaciones de superstición, curanderismo, adivinación y “amarres” amorosos. Estas prácticas, lejos de ser marginales, formaban parte de un saber popular que mezclaba elementos católicos, africanos e indígenas. Oraciones, reliquias, hierbas y fórmulas rituales circulaban como recursos para enfrentar enfermedades, abandonos o precariedad económica. La Inquisición veía en ello un peligro para la ortodoxia y, al mismo tiempo, una amenaza al orden moral.

Hechicería, sexualidad y control social

El tema amoroso aparece de manera recurrente en los expedientes. Las mulatas eran acusadas de preparar filtros para retener a un amante, provocar deseo o dañar a una rival. Más que pruebas sólidas, lo que abunda en los archivos son rumores, testimonios indirectos y relatos cargados de temor. El cuerpo femenino mulato —imaginado como seductor y desbordado— se convertía en escenario simbólico de ansiedades sociales más amplias: el mestizaje, la mezcla racial, la movilidad social.

Es importante advertir que la Inquisición no siempre actuó con la severidad que su fama sugiere. En el siglo XVIII, muchos casos concluyeron con amonestaciones, rezos obligatorios o destierros temporales. La institución buscaba corregir y escarmentar, más que ejecutar. Sin embargo, el proceso mismo —la detención, el interrogatorio, la exposición pública— tenía un peso disciplinario considerable, sobre todo para mujeres con escaso respaldo económico o familiar.

Agencia y estrategias

Reducir a estas mujeres a víctimas pasivas sería simplificar en exceso. Los expedientes muestran también su capacidad de argumentar, matizar, negar o reinterpretar las acusaciones. Algunas afirmaban que sus prácticas eran simples rezos aprendidos de buena fe; otras señalaban enemistades previas con quienes las denunciaban. En ciertos casos, las redes de solidaridad —amigas, parientes, clientes satisfechos— ofrecían testimonios favorables.

El archivo inquisitorial, leído con cuidado, permite ver no sólo la mirada del poder, sino también la astucia y la resiliencia de quienes comparecían ante él. Las mujeres mulatas supieron moverse en los intersticios de un orden que las clasificaba y limitaba, pero que no anulaba del todo su margen de acción.

Los procesos inquisitoriales del siglo XVIII en México revelan una intersección compleja entre género, raza y religión. Las mujeres mulatas fueron objeto de vigilancia particular porque encarnaban, a los ojos del orden colonial, una triple frontera: la racial, la social y la moral. Sin embargo, en los pliegos judiciales también emerge su voz, fragmentaria pero persistente.

Orientar a una alumna sobre este tema implica subrayar esa doble dimensión: por un lado, el peso estructural del sistema de castas y del control inquisitorial; por otro, la experiencia concreta de mujeres que negociaron su lugar en la sociedad novohispana. Más que figuras exóticas o marginales, fueron actores cotidianos de un mundo en tensión, cuya historia ilumina las raíces profundas de las jerarquías y resistencias en la sociedad mexicana.

Extremadura como región de origen migratorio

Durante los siglos XVI al XVIII, Extremadura fue una de las regiones que más población aportó a América. Ciudades como Trujillo, Cáceres, Mérida o Badajoz participaron activamente en las redes migratorias hacia el virreinato novohispano. Aunque la mayoría de quienes cruzaron el Atlántico fueron hombres, también hubo mujeres, y muchos extremeños se asentaron en México, formando familias que, con el tiempo, se mezclaron con poblaciones indígenas y africanas.

Así, parte del origen europeo de las mujeres clasificadas como “mulatas” en el siglo XVIII podía remontarse a linajes peninsulares, incluidos extremeños. La sociedad de castas novohispana fue, en ese sentido, una prolongación transformada del mundo ibérico.

La Inquisición: marco institucional compartido

Otro vínculo fundamental es la estructura inquisitorial. El modelo del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición nació en Castilla y se extendió a América. En España, tribunales como el de Llerena —uno de los más importantes para Extremadura— ejercieron jurisdicción sobre amplios territorios del suroeste peninsular.

El tribunal establecido en México fue una adaptación de ese mismo sistema jurídico-religioso. Por tanto, las prácticas procesales, los delitos perseguidos (blasfemia, superstición, bigamia) y la lógica de control moral eran similares a ambos lados del Atlántico. Sin embargo, en Nueva España se aplicaron sobre una sociedad mucho más diversa racialmente, lo que dio lugar a un énfasis particular en mujeres indígenas, africanas y mulatas.

Cultura popular, superstición y religiosidad

En Extremadura existía una rica tradición de religiosidad popular: uso de reliquias, rezos especiales, curanderismo y creencias en mal de ojo o hechizos amorosos. Estas prácticas no eran exclusivas de América. Muchas viajaron simbólicamente con los migrantes.

En México, las mujeres mulatas procesadas por superstición o hechicería combinaban elementos europeos (oraciones católicas, invocaciones a santos), indígenas y africanos. Es decir, parte del repertorio cultural que la Inquisición perseguía tenía raíces peninsulares, incluidas extremeñas. La diferencia radicaba en el contexto racializado: en Nueva España, esas prácticas eran interpretadas con mayor sospecha cuando las realizaban mujeres de ascendencia africana.

Honor, género y control social

Tanto en Extremadura como en Nueva España, el honor femenino era un eje central del orden social. Sin embargo, mientras que en la sociedad extremeña la sospecha podía recaer sobre mujeres pobres o marginadas, en México el factor racial intensificaba la vigilancia.

Las mujeres mulatas enfrentaban una doble carga: por su género y por su clasificación racial. El mismo aparato inquisitorial que en Llerena o en otras ciudades extremeñas perseguía supersticiones, en México actuaba dentro de un sistema de castas que asociaba a las mujeres afrodescendientes con mayor desorden moral.

Una perspectiva atlántica

Vincular este tema con Extremadura permite comprender que los procesos inquisitoriales contra mujeres mulatas no fueron fenómenos aislados ni exclusivamente “americanos”. Formaron parte de un entramado imperial más amplio, en el que normas, prejuicios y estructuras institucionales circularon entre la península y América.

¿Qué elementos del control religioso eran comunes a Extremadura y Nueva España?

En ambos territorios existían bases institucionales y culturales compartidas:

a) Misma estructura inquisitorial. El sistema judicial era el mismo: procedimientos escritos, denuncias secretas, interrogatorios formales y posibilidad de abjuración. Tanto en tribunales peninsulares como el de Llerena como en el tribunal de México, el objetivo era preservar la ortodoxia católica.

b) Vigilancia de la ortodoxia. Se perseguían delitos similares:

  • Blasfemia

  • Bigamia

  • Proposiciones heréticas

  • Superstición y hechicería

  • Prácticas consideradas irreverentes

c) Control moral y social. La Inquisición no solo defendía dogmas, sino el orden social cristiano. El honor, la sexualidad femenina, la obediencia al matrimonio y la práctica sacramental eran asuntos de vigilancia constante en ambos espacios.

d) Religiosidad popular ambigua. En Extremadura y en Nueva España existían prácticas como rezos especiales, uso de reliquias, curanderismo y creencias en el mal de ojo. Estas prácticas podían tolerarse si parecían ortodoxas, pero eran perseguidas si se consideraban supersticiosas.

¿Cómo transformó el contexto colonial esas prácticas?

El contexto americano introdujo cambios profundos:

a) Sociedad multiétnica. En Nueva España convivían europeos, indígenas, africanos y castas. Esto generó una diversidad religiosa y cultural inexistente en Extremadura.

b) Sincretismo religioso. En el espacio colonial, muchas prácticas combinaban:

  • Oraciones católicas europeas

  • Saberes medicinales indígenas

  • Elementos rituales africanos

Esta mezcla hacía más difícil distinguir entre devoción legítima y superstición. La Inquisición enfrentaba prácticas nuevas que no encajaban claramente en categorías europeas.

c) Mayor preocupación por el “desorden social”. En América, el control religioso estaba ligado al mantenimiento del sistema colonial. La ortodoxia religiosa se asociaba directamente con estabilidad política y jerarquía racial.

d) Mayor centralidad de delitos como hechicería amorosa. En Nueva España, especialmente en el siglo XVIII, proliferaron procesos por amarres, filtros y prácticas afectivas. Esto se vinculaba a la movilidad social, las relaciones interraciales y las tensiones en torno al honor.

¿De qué manera el factor racial modificó la aplicación de la justicia inquisitorial?

El elemento racial fue decisivo en el mundo colonial:

a) Presunción de sospecha. Las mujeres mulatas eran vistas con mayor desconfianza. Existían estereotipos que las asociaban con:

  • Sensualidad excesiva

  • Inestabilidad moral

  • Inclinación a la magia

Esto influía en la credibilidad de los testimonios.

b) Diferente lectura de las mismas prácticas. Un rezo o remedio casero realizado por una mujer española podía considerarse devoción popular; el mismo acto realizado por una mujer mulata podía interpretarse como hechicería.

c) Mayor exposición social. Las mujeres mulatas solían trabajar en espacios públicos o domésticos ajenos, lo que aumentaba su visibilidad y la posibilidad de denuncia.

d) Intersección entre género y raza. En Extremadura, el factor de género ya implicaba control; en Nueva España, género y raza se superponían. La mujer mulata ocupaba un lugar más vulnerable dentro del sistema de castas, lo que condicionaba su trato judicial.

Conclusión general

El control religioso en Extremadura y Nueva España compartía bases institucionales y doctrinales comunes. Sin embargo, el contexto colonial transformó profundamente su aplicación: la diversidad étnica, el sincre tismo cultural y el sistema de castas hicieron que la justicia inquisitorial operara con criterios marcados por el factor racial.

En síntesis:

  • La estructura era la misma.

  • El escenario social era distinto.

  • La variable racial alteró la interpretación y aplicación de la justicia.

Este enfoque comparativo permite comprender que la experiencia de las mujeres mulatas en el México del siglo XVIII no fue una simple extensión del modelo peninsular, sino una adaptación marcada por las dinámicas del mundo colonial.

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*María del Carmen Calderón Berrocal, Dra. Historia. Ciencias y Técnicas Historiográficas, Correspondiente por Extremadura en Academia Andaluza de la Historia, Cronista Oficial de Cabeza la Vaca. Secretaria Canciller de la Asociación de Cronistas de Extremadura y miembro de la Real Asociación de Cronistas de España