03ENE26 – MADRID.- Cuando tuvimos la ocurrencia de casarnos el excepcional era yo, Premio Nacional de Teatro y de Periodismo, amigo de Paquito Fernández Ochoa, de Jacob Petrus, de Eduardo Sotillos y de Juanjo Alonso Millán, con Cristina Narbona casi del brazo, autor de estrenos teatrales en el Nacional María Guerrero, en el Teatro Alcázar de la calle de Alcalá, del teatro Victoria, junto a la Gran Vía madrileña y la calle San Bernardo. Guionista de Televisión Española para sus espacios dramáticos. Funcionario del Cuerpo Técnico de la Administración Central del Estado.
Pero han pasado los años y se han cambiado los papeles, ahora es ella la que confecciona y resuelve la declaración general sobre la Renta; la gestión de todo el inmueble en el que habito, pues es la presidenta de la comunidad de propietarios.
Si se me cae la radio al suelo y deja de sonar es ella la que la sabe arreglar, yo ni idea. La que prepara y hace la comida, yo no tengo ni idea; la que encarga las revisiones de mis especialistas; me ayuda a bajar las escaleras hasta la placita de Cristino Maros, para que me dé el aire, y si es preciso hasta el “Jardín Secreto”. Aparte de ocuparse de la educación de nuestra hija.
En fin, con 83 años los papeles se han cambiado, pero como dicen las tablas de mortandad del Instituto Nacional de Estadística: “El matrimonio protege al hombre”.
Por eso y además de todo ello es de profesión enfermera de quirófano, esto es, “instrumentista”, la que ayuda a intervenir a los pacientes, pulmón, corazón, cerebro, etc…., y encima diez años más joven que yo. En realidad mi mayor acierto, mi mayor virtud: “Elegirla entre tantas candidatas y casarme con ella”.
Esta es mi mujer, una mujer excepcional, la que me lleva, suministra y controla mis abundantes y complejas medicaciones, que como indican los cánones no quiere que se diga su nombre, aunque como pueden imaginar y lo repito es una mujer excepcional.