18ABR26 - MADRID.- Le conocí cuando éramos jóvenes los dos y él tenía montada su caravana de preciosas vagonetas en el Parque del Oeste de Madrid, en la explanada justo debajo de lo que hoy es “El templo de Debod”. Luis Raluy era un hombre maravilloso, él y su hermano Carlos, tenían un circo precioso y cuidadísimo con vagonetas en las que vivían durante todo el año y con el que recorrían el mundo entero.
Nos hicimos muy amigos. Él era amante de las matemáticas, un verdadero sabio, era su hobby. Detectó rápidamente mi talento literario y leyó con auténtica pasión mi obra de teatro titulada “la Tienda”, que ahora que lo pienso tiene algo de circense.
Conocí a sus hijas y a su esposa. Lo que más me maravillaba de él era el respeto y la alta consideración con que me trataba a pesar de mi juventud.
Nos hicimos muy amigos, como digo, y yo iba con frecuencia a su circo a paladear sus variados números circenses. También se hizo muy amigo de mi amigo José Antonio Mesa Basan, del cuerpo diplomático y una especie del Miguel Ángel, renacentista, polifacético, aficionado a la pintura, a la escultura y a la literatura.
Los tres almorzamos un día inolvidable en el famoso “Café Gijón”, sito en la calle Recoletos de la capital.
Al final Luis Raluy contrajo la enfermedad de Parkinson que acabaría con su vida.
Iba vestido de payaso clásico, con la cara pintada de blanco y las mejillas de colorado.
Una tarde que iba con mi hija tan pequeña a ver su espectáculo, a la salida la niña se soltó de mi mano y desapreció en la negrura de la noche. Le supliqué, entonces : ”Luis, he perdido a la niña”.
A los pocos momentos le volví a ver aparecer en la línea oscura del horizonte con la niña de la mano, ese es un hecho que jamás olvidaré de mi amigo Luis Raluy. Escribí en los medios informativos un artículo memorable, que aún conservo, titulado “Mi amigo el payaso”.