19MAR26 – MADRID.- Salamanca apuesta por los insectos como alimento del futuro mientras la industria europea entierra a sus primeros mártires empresariales. Análisis periodístico con verificación de fuentes. Datos contrastados con FAO, EFSA, CIDCA-CONICET, investigación periodística de Vakita (Francia) y medios especializados internacionales.
Hay una paradoja que resume mejor que cualquier otra el momento exacto en el que se encuentra la industria de la proteína de insectos: mientras en Salamanca una empresa española clava la primera piedra de lo que aspira a ser la mayor granja de insectos del planeta, en el norte de Francia aún no se ha terminado de barrer los escombros del hundimiento más costoso y escandaloso que ha visto este sector joven y prometedor. Dos noticias, un mismo sector, una distancia de apenas 1.400 kilómetros, y una pregunta que late en el fondo de ambas: ¿tiene futuro real la proteína de seis patas?
Para responder con rigor hay que empezar, como siempre, por los hechos verificables.
Lo que dice la ciencia: el perfil nutricional que nadie discute.
El punto de partida de todo el debate es científicamente sólido. Los insectos, en general, y los grillos y las larvas de escarabajo en particular, son fuentes de proteína de alta calidad que superan en varios parámetros nutricionales a las proteínas animales convencionales.
Investigadores del Centro de Investigación y Desarrollo en Criotecnología de Alimentos (CIDCA), vinculado a la Universidad Nacional de La Plata y al CONICET argentino, han confirmado que la harina derivada de la especie Gryllus assimilis presenta un contenido proteico que puede superar el 70% en peso seco, con un perfil completo de los nueve aminoácidos esenciales que el organismo humano no puede sintetizar por sí mismo. En comparación, la carne de res convencional ronda el 20-25% de proteína, con un perfil aminoacídico que tampoco es completo sin combinación con otros alimentos.
En micronutrientes, los datos son igualmente llamativos. Los insectos comestibles más estudiados presentan contenidos destacados de hierro biodisponible, calcio, zinc, magnesio, vitamina B12, riboflavina y ácidos grasos omega-3 y omega-6. Es aquí donde conviene introducir el primer matiz periodístico necesario: las afirmaciones genéricas que circulan en redes sociales "más hierro que la espinaca" o "más calcio que la leche" son aproximadamente ciertas para algunos insectos, en determinadas condiciones de cría y procesado, pero no constituyen un valor universal e inmutable. Los datos varían según la especie, la alimentación que reciben los propios insectos, el estadio de su desarrollo y las técnicas utilizadas en la transformación. No hay un único número, sino un rango amplio, y la honestidad científica exige decirlo.
Lo que sí es consistente en toda la literatura revisada es que los insectos representan una fuente proteica de primera categoría, con un perfil nutricional que merece tomarse en serio, y que el organismo humano los metaboliza y aprovecha con eficiencia comparable o superior a otras proteínas animales.
La eficiencia productiva y el impacto ambiental: aquí los datos son contundentes.
Si el argumento nutricional tiene matices, el argumento ecológico y productivo es, en cambio, difícilmente rebatible. Los insectos son extraordinariamente eficientes en la conversión de alimento en proteína.
Según datos publicados por la FAO y la Universidad de Wageningen referencia mundial en ciencias agrarias, los grillos necesitan aproximadamente dos kilogramos de alimento para producir un kilogramo de proteína. Una vaca necesita entre ocho y diez kilogramos. Un cerdo, entre cuatro y cinco. El ahorro en tierra, agua y energía que se desprende de esta diferencia es enorme: producir la misma cantidad de proteína con grillos que con ganado vacuno puede requerir hasta un 99% menos de agua y un 85% menos de tierra.
La ganadería convencional, por su parte, pesa de forma documentada sobre el planeta. La propia FAO estima que el sector pecuario genera en torno al 14,5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero en equivalente de CO₂ una cifra que asciende al 18% si se incluyen las emisiones indirectas derivadas del cambio de uso del suelo y utiliza el 30% de la superficie terrestre no cubierta por hielo, incluyendo el 33% de toda la tierra cultivable, dedicada en gran parte a producir forraje. La deforestación de la Amazonía para crear pastizales es, en buena medida, una consecuencia directa de este modelo.
Frente a esto, la cría industrial de insectos en espacios controlados genera cantidades mínimas de gases de efecto invernadero. El tenebrio molitor, la especie que cría Tebrio en Salamanca, no emite metano ni amoníaco, que son los dos principales contaminantes de la ganadería convencional. Además, puede alimentarse de subproductos agroindustriales salvado de trigo, residuos de la industria cervecera transformando materia que de otro modo sería desperdicio en proteína y fertilizante de alto valor. Esto es economía circular real, no solo un eslogan de marketing verde.
El caso Tebrio: la apuesta española con fundamentos sólidos.
En el Puerto Seco de Salamanca, una empresa biotecnológica fundada en 2014 por Adriana Casillas y Sabas de Diego que empezaron, literalmente, comprando dos sacos de larvas y criándolas en su propia casa está construyendo actualmente lo que aspira a ser la mayor granja de insectos del planeta.
La empresa, Tebrio, trabaja con el Tenebrio molitor, un coleóptero conocido popularmente como gusano de la harina aunque en realidad el gusano es solo la fase larvaria de un pequeño escarabajo. No produce alimento para consumo humano directo, sino proteína y aceite para piensos de animales de acuicultura, porcino y mascotas; biofertilizante orgánico a partir de sus excrementos; y quitosano un biopolímero extraído de sus caparazones con aplicaciones en farmacia, cosmética y bioplásticos. Se trata, en la práctica, de un modelo de residuo cero: de cada fase del ciclo vital del insecto se extrae un producto comercializable.
Los datos del proyecto son verificables y concretos. La nueva factoría, cuya primera piedra se colocó en febrero de 2025, ocupará una superficie de 90.000 metros cuadrados en seis fases constructivas, con un coste total de 110 millones de euros. La primera fase debería estar operativa antes de que concluya 2025 y la planta completa, en torno a 2028. La capacidad de producción prevista supera las 100.000 toneladas anuales de productos derivados.
Una diferencia importante respecto al caso francés que analizaremos a continuación: Tebrio no opera principalmente con dinero público. La empresa financió su expansión con una ronda de 30 millones de euros cerrada en noviembre de 2024 con el Banco Santander, Sodical, GPC y el CDTI. Su CEO reconoce que ha existido alguna ayuda pública española pero de cuantía que califica como "irrelevante" en el contexto global del proyecto. No hay dinero europeo, según sus declaraciones.
Tebrio abrió en 2015 la primera planta de producción de insectos aprobada en la Unión Europea para alimentación animal, y en 2019 obtuvo la primera autorización mundial para fabricar fertilizantes orgánicos a base de insectos. Son hitos regulatorios reales y verificados, no autopublicidad sin sustento.
El caso Ÿnsect: el nuafragio más caro de la industria.
Y aquí es donde la historia se complica, porque a solo unos cientos de kilómetros de Salamanca, en la localidad francesa de Amiens, acaba de escribirse el capítulo más amargo de este sector emergente.
Ÿnsect con esa y con diéresis, como la marca quería diferenciarse fue durante años el buque insignia de la proteína de insectos en Europa. Fundada en 2011, recibió el respaldo del gobierno francés, de la banca pública de inversión BPIFrance, de fondos de impacto internacional y hasta de Robert Downey Jr., el actor conocido por encarnar a Iron Man, que la promocionó en la televisión estadounidense durante la semana de la Super Bowl de 2021. En total, la empresa llegó a captar más de 600 millones de euros en financiación pública y privada.
El 1 de diciembre de 2025 fue declarada en liquidación judicial por un tribunal comercial francés. Insolvente, con deudas que no podía pagar y sin inversores dispuestos a continuar, la empresa cerró. El Ministerio francés de Economía confirmó que Ÿnsect recibió aproximadamente 148 millones de euros de financiación pública entre 2012 y 2025, dinero que no recuperará el erario público.
¿Qué salió mal? El análisis de fuentes especializadas, incluyendo el reportaje audiovisual del periodista independiente Ulysse Thévenon publicado en el medio francés Vakita bajo el título "Ÿnsect: Cómo la mayor granja de insectos del mundo cayó en el caos", permite identificar varios factores que se combinaron de forma letal.
Primero, los problemas técnicos desde el inicio. Ÿnsect eligió criar Tenebrio molitor la misma especie que Tebrio pero encontró dificultades técnicas no resueltas: enfermedades, parásitos, larvas excesivamente grasas que obstruían la maquinaria y, en la macrogranja de Amiens, condiciones de control que se revelaron insuficientes. Thévenon describió al medio especializado Vakita situaciones caóticas: contenedores que se volcaban, larvas literalmente cayendo sobre el suelo, acumulación de residuos orgánicos y la presencia de animales no deseados como roedores, palomas y polillas atraídas por la concentración masiva de materia orgánica viva. Controlar cantidades industriales de insectos resulta, según los expertos que siguieron el caso, mucho más complejo de lo que los modelos teóricos anticipan.
Segundo, la apuesta estratégica equivocada o tardía. Ÿnsect construyó una gigafactoría orientada al mercado de piensos para animales, que es un mercado de commodities donde el precio lo es todo y los márgenes son mínimos. En ese mercado, la proteína de insecto no puede competir en precio con la harina de pescado o la soja. La empresa lo detectó y en 2023 intentó pivotar hacia el mercado de alimentación de mascotas, con márgenes mucho más altos, pero el giro llegó demasiado tarde: ya había comprometido cientos de millones en infraestructura diseñada para el segmento equivocado. Su facturación real, excluidas transferencias internas entre filiales, alcanzó apenas 656.000 euros en 2023. Sus pérdidas ese mismo año superaron los 80 millones.
Tercero, la financiación de capital riesgo valoró la empresa como si fuera una startup de software. Un modelo de negocio intensivo en capital construir y operar una fábrica industrial fue financiado con valoraciones propias de empresas tecnológicas de crecimiento exponencial. Cuando la música de la inversión de impacto dejó de sonar, no había ingresos suficientes para justificar ni la mitad de esas valoraciones.
El caso Ÿnsect no está solo. En 2025, la empresa francesa Agronutris entró también en procedimiento de salvaguardia por dificultades financieras. La danesa ENORM Biofactory fue declarada en quiebra ese mismo año, tras haber captado 55 millones de euros. Aspire Food Group vendió su granja de grillos en Ontario (Canadá) al no poder sostener su deuda. La sudafricana Inseco cesó operaciones. Innovafeed, considerada la más prudente del sector por su desarrollo incremental, publicó ingresos de cinco millones de euros y pérdidas de 35 millones en 2024, con su fábrica estadounidense paralizada durante 18 meses.
El mapa de lo que es cierto y lo que no.
Ante este panorama, conviene ordenar qué elementos de la narrativa optimista sobre los insectos como alimento del futuro están respaldados por evidencia y cuáles son exageraciones o simplificaciones que deben matizarse.
Es cierto y verificado: el valor nutricional superior de los insectos frente a las proteínas convencionales en múltiples indicadores; la eficiencia productiva extraordinaria en consumo de agua, tierra y alimento; el menor impacto ambiental en términos de emisiones de gases de efecto invernadero; el potencial de encaje en economías circulares basadas en subproductos agroindustriales; la existencia de un marco regulatorio europeo que autoriza varias especies para consumo humano y animal; y el interés creciente del mercado global, con proyecciones que apuntan a crecimientos anuales del sector superiores al 20% durante la próxima década.
Es exagerado o falso: que la proteína de insecto sea ya una alternativa rentable y escalada lista para sustituir a la ganadería convencional; que los valores nutricionales concretos ("más hierro que la espinaca") sean universales e independientes de la especie y el proceso; que la economía circular sea inmediatamente aplicable a escala industrial sin importantes costes energéticos y de control; y que no existan riesgos para grupos de población alérgicos, cuando la EFSA exige etiquetado específico que alerta sobre reactividad cruzada con crustáceos, moluscos y ácaros del polvo.
Es claramente falso y conspirativo: que la quitina de los insectos sea cancerígena. Esta sustancia presente también en la pared celular de setas y hongos que consumimos habitualmente no figura en ninguna lista de agentes carcinógenos de la OMS ni del Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC). Las narrativas que presentan la promoción de los insectos como alimento como parte de un plan de control poblacional no tienen ningún respaldo factual y pertenecen al ámbito de la desinformación.
La regulación europea: progreso con cautela.
En Europa, el avance regulatorio ha sido real pero medido. El Reglamento (UE) 2015/2283 de Nuevos Alimentos incorporó los insectos como categoría regulada, y desde entonces la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) ha ido autorizando progresivamente diferentes especies. Actualmente están autorizados para consumo humano en varios formatos congelado, desecado y en polvo el grillo doméstico (Acheta domesticus), el grillo rayado (Gryllodes sigillatus), el gusano de la harina (Tenebrio molitor) y el gusano búfalo (Alphitobius diaperinus), entre otras.
Toda autorización lleva aparejada la obligación de indicar en el etiquetado el posible riesgo alérgico para personas con alergias conocidas a crustáceos, ácaros o moluscos. Esta exigencia no es burocrática ni decorativa: tiene base científica sólida, dado que artrópodos como los insectos comparten proteínas alergénicas con crustáceos como gambas y langostas, lo que puede desencadenar reacciones cruzadas.
Conclusión: una promesa real con una cuenta pendiente muy exigente.
La proteína de insecto no es un bulo, ni una moda pasajera, ni un complot. Tampoco es, todavía, la solución definitiva y mágica que algunos entusiastas digitales proclaman con emojis y hashtags.
Es una tecnología con fundamentos científicos y ambientales sólidos que aún no ha demostrado plenamente su viabilidad económica a escala industrial. La oleada de quiebras europeas de 2024 y 2025 Ÿnsect a la cabeza no invalida el modelo, pero sí envía una señal inequívoca a quienes quieran apostar por él: la rentabilidad no llega automáticamente con la sostenibilidad, y construir una megafábrica antes de haber resuelto la ecuación económica es una receta para el desastre.
Lo que diferencia a las empresas que sobreviven entre ellas, con todas las incógnitas que aún tiene por delante, Tebrio en Salamanca de las que han fracasado no es tanto la especie que crían ni la retórica de la economía circular, sino la austeridad financiera, el desarrollo tecnológico propio, la elección inteligente del mercado objetivo y, sobre todo, la prudencia para no crecer más rápido de lo que los ingresos permiten.
La alimentación del futuro podría, efectivamente, tener seis patas. Pero el futuro no llega con un post en LinkedIn: llega con décadas de trabajo, inversión disciplinada, rigor científico y la honestidad de reconocer que entre la promesa y la realidad hay todavía mucho camino que recorrer.