España

“Sanchitis”: enfermedad infantil del populismo

"La Cueva del Lobo”

Ignacio Vasallo | Martes 03 de febrero de 2026

03FEB26 – MADRID.- En 1920, Lenin publicó El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, un manual de primeros auxilios para movimientos políticos que se dejan llevar por impulsos adolescentes. Lenin, con estilo quirúrgico, advertía que ciertos sectores de la izquierda confundían la pureza ideológica con la eficacia. “La política no es un camino recto”, escribió, recordando que la realidad exige flexibilidad, paciencia y, sobre todo, estrategia.



Un siglo después, España ofrece su propia versión de esa “enfermedad infantil”, en otro espectro ideológico: la “sanchitis”: una reacción alérgica que afecta a gran parte de la derecha que convierte cualquier gesto del presidente en un brote inmediato de indignación. Es un síndrome político, un reflejo condicionado que transforma la política en un eterno estornudo.

La “sanchitis” funciona como esas alergias primaverales que se activan con solo mirar una flor. En este caso, basta con que el presidente aparezca en una foto, pronuncie una frase o respire en público para que se desencadene una reacción inflamatoria en el discurso. Lenin habría reconocido el patrón: en su opúsculo advertía contra quienes “se dejan arrastrar por la impaciencia revolucionaria”, incapaces de analizar la situación con calma.

La política, cuando se convierte en alergia, deja de ser un proyecto y pasa a ser un reflejo. Y un movimiento que vive a golpe de reflejo, decía Lenin, “se incapacita para dirigir a las masas”. En la versión española, la “sanchitis” convierte al adversario en brújula emocional, no en rival político.

La indignación es un recurso potente. Moviliza y da titulares. Pero también se consume rápido. Lenin lo sabía : criticaba a quienes confundían la intensidad emocional con la estrategia. “No basta con la pasión revolucionaria”, advertía. Hace falta método.

La “sanchitis” convierte cada gesto del adversario en un incendio político. El problema es que, cuando todo es fuego, nada es realmente importante. La indignación permanente desgasta más al indignado que al objetivo de la indignación. Y, como recordaba Lenin, un movimiento que vive en estado de sobresalto “pierde la capacidad de actuar con eficacia

Uno de los errores que Lenin señalaba en su opúsculo era la tendencia de ciertos grupos a rechazar cualquier institución o espacio político por considerarlo “impuro”. Criticaba a partidos comunista europeos que se negaban a participar en parlamentos o sindicatos porque los veían “burgueses”. Para él, esa actitud era infantil porque renunciaba a herramientas útiles para influir en la realidad. La “sanchitis” produce un efecto similar: cualquier proceso, acuerdo o institución donde aparezca el adversario se convierte automáticamente en sospechoso. La política se reduce a un “no” permanente. Pero, como decía Lenin, “renunciar a utilizar las instituciones existentes es renunciar a influir en las masas”.

Si todo está contaminado, ¿dónde se hace política?

La “sanchitis” tiene una ventaja: crea identidad. Une a los convencidos. Genera un “nosotros” muy sólido. Pero tiene un inconveniente: estrecha el pasillo para sumar nuevos apoyos. Lenin lo explicaba con claridad quirúrgica: “El sectarismo es enemigo de la victoria”.

Cuando un movimiento se define más por lo que rechaza que por lo que propone, corre el riesgo de hablar solo para sí mismo. La política se convierte en un espejo, no en una ventana. Y un movimiento que solo se mira a sí mismo termina perdiendo de vista al país que pretende gobernar.

Las alergias políticas no surgen de la nada. Suelen aparecer cuando un movimiento

atraviesa una etapa de frustración o desconcierto o necesita reafirmar su identidad.

En esos momentos, es tentador recurrir a discursos simples, contundentes y emocionalmente gratificantes. Funcionan bien en redes sociales y permiten señalar un enemigo común. Pero también pueden convertirse en un callejón sin salida.

Lenin lo resumió con una frase que parece escrita para este caso: “La política exige madurez; sin ella, la derrota es segura.”

Según el manual leninista la política madura se construye desde un proyecto propio, no desde una alergia. Para ello, aunque principios sean firmes las tácticas deben ser flexibles. Rechazar todo por sistema es una forma de inmadurez.

Lenin insistía en que la política real exige “paciencia, cálculo y flexibilidad”. Tres palabras que, en tiempos de redes sociales, parecen casi revolucionarias.

La “sanchitis” sirve para entender por qué ciertos discursos movilizan mucho, pero avanzan poco. Igual que Lenin criticaba los excesos de su propia izquierda, esta metáfora permite observar como algunos sectores de la derecha española se dejan arrastrar por la reacción más que por la estrategia.

Y, como toda buena metáfora política, deja una enseñanza sencilla: la política madura empieza cuando la alergia remite y vuelve el aire fresco.