03FEB26 – MADRID.- Hay historias antiguas que el tiempo vuelve inofensivas, casi decorativas. Otras, en cambio, siguen provocando incomodidad siglos después de haber sido contadas por primera vez. La leyenda de Cimón y Pero, conocida en la tradición romana como Caritas Romana, pertenece claramente a este segundo grupo. Se trata de un relato breve, extremo y profundamente simbólico que ha sido celebrado como ejemplo de virtud… y al mismo tiempo cuestionado por generaciones posteriores.
¿Por qué una historia nacida en la Antigua Roma sigue despertando debates morales, artísticos y culturales en pleno siglo XXI? Para entenderlo, es necesario recorrer su origen, su significado original y las múltiples interpretaciones que ha generado a lo largo de la historia.
La historia aparece recogida por Valerio Máximo, escritor romano del siglo I d.C., en su obra Hechos y dichos memorables, una compilación de ejemplos morales destinada a ilustrar virtudes y vicios para la educación cívica.
Según el relato, Cimón, un anciano romano, fue condenado a morir de hambre en prisión. Como castigo adicional, se prohibió expresamente que recibiera alimento del exterior. Su hija Pero obtuvo permiso para visitarlo, bajo la estricta vigilancia de los carceleros. Incapaz de aceptar la muerte de su padre, ideó una solución desesperada: lo alimentó con su propia leche materna, amamantándolo en secreto durante sus visitas.
Cuando los guardias descubrieron lo sucedido, lejos de castigarla, quedaron tan impresionados por su devoción que informaron a las autoridades. El resultado fue inesperado: Cimón fue liberado, y el acto de Pero fue celebrado públicamente como un ejemplo supremo de virtud filial.
Para el lector contemporáneo, la escena puede resultar perturbadora. Sin embargo, en el contexto romano, el relato tenía una lectura muy distinta. El valor central que encarna Pero es la pietas, uno de los pilares de la moral romana, que implicaba el deber sagrado hacia los padres, la familia, la patria y los dioses.
En este marco cultural, el cuerpo no estaba cargado del mismo simbolismo sexual que adquiriría más tarde en la tradición cristiana occidental. La lactancia era, ante todo, un acto de nutrición y supervivencia, no de erotismo. El gesto de Pero se interpretaba como una inversión heroica del rol natural: la hija devuelve al padre la vida que él le dio.
El mensaje era claro: cuando la ley se vuelve cruel o injusta, la virtud auténtica puede —y debe— superarla.
Durante el Renacimiento y el Barroco, la historia de Cimón y Pero experimentó un notable resurgimiento, especialmente en la pintura. Los artistas de estos períodos buscaban relatos capaces de condensar drama, emoción, conflicto moral y corporeidad, y esta leyenda ofrecía todos esos elementos en una sola escena.
Además, proporcionaba una coartada perfecta para representar el cuerpo femenino desnudo o semidesnudo dentro de un marco moralmente aceptable. Bajo el pretexto de ilustrar una virtud clásica, los pintores podían explorar la anatomía, la sensualidad y la tensión emocional sin enfrentarse a la censura directa.
Así, la Caritas Romana se convirtió en un motivo recurrente en iglesias, palacios y colecciones privadas.
Aunque cada artista aporta su propia interpretación, existen elementos comunes en la mayoría de las representaciones:
Cimón aparece como un anciano frágil, encadenado, a menudo semidesnudo, con el cuerpo consumido por el hambre.
Pero se muestra joven, fuerte y serena, con el pecho descubierto como fuente literal de vida.
El contacto físico es central: ella sostiene al padre, lo protege y lo alimenta.
En muchas obras hay testigos —guardias, criados o curiosos— que observan la escena, encarnando la mirada social que juzga y, finalmente, se conmueve.
Las variaciones son reveladoras. Caravaggio, por ejemplo, enfatiza la crudeza y la tensión psicológica; Rubens potencia el dramatismo corporal; Guido Reni suaviza la escena hasta volverla casi espiritual. Cada versión dice tanto sobre la época del artista como sobre la historia que representa.
La incomodidad actual frente a Cimón y Pero no surge del relato en sí, sino del cambio de códigos culturales. En la mentalidad contemporánea occidental, el pecho femenino está fuertemente sexualizado, y la cercanía física entre adultos y familiares se analiza bajo estrictos filtros psicológicos y morales.
Esto provoca una lectura inevitablemente conflictiva: lo que para los romanos era un acto de piedad absoluta, hoy puede percibirse como una transgresión de límites familiares. La escena nos obliga a confrontar una pregunta incómoda:
¿es inmoral el gesto de Pero, o lo es la condena que obligó a realizarlo?
Lejos de ofrecer una respuesta simple, la historia expone la fragilidad de nuestros juicios morales y su dependencia del contexto cultural.
A lo largo del tiempo, Cimón y Pero ha sido leída también de forma simbólica. Algunos críticos han visto en la escena una metáfora del ciclo de la vida, donde los roles de cuidado se invierten. Otros la interpretan como una alegoría del poder redentor del amor, capaz de humanizar incluso a un sistema judicial despiadado.
Desde una perspectiva social, la historia puede leerse como una crítica implícita a la ley: cuando la justicia se aplica sin compasión, es la virtud individual la que restaura el equilibrio moral.
Esta riqueza interpretativa explica por qué el relato sigue siendo relevante y debatido.
Cimón y Pero no es una historia cómoda, ni pretende serlo. Su fuerza reside precisamente en esa incomodidad que obliga al lector —y al espectador— a detenerse, cuestionar y reflexionar. No ofrece una moraleja simple ni una emoción unívoca; propone un dilema.
En un tiempo en el que los debates sobre moral, cuerpo y afectos siguen ocupando el centro de la conversación pública, esta vieja leyenda romana demuestra que algunas preguntas fundamentales no envejecen. Cambian las respuestas, cambian los marcos culturales, pero el conflicto entre ley, virtud y humanidad permanece.
Quizá por eso, dos mil años después, Cimón y Pero siguen mirándonos desde los muros de los museos, recordándonos que la historia no solo se contempla: también nos interpela.