26ENE26 – MADRID.- El último día del año, Alex Dean publicó en el Financial Times una recensión de la biografía de Ludwig Wittgenstein escrita por Anthony Gottlieb y titulada Wittgenstein in the Age of the Airplane. El mérito principal del libro, según Dean, es explicar con lenguaje sencillo las teorías de uno de los filósofos más complejos del siglo XX. No es poco. Wittgenstein ha sido durante décadas un autor citado con respeto, pero leído con dificultad, incluso por especialistas. Gottlieb consigue algo poco frecuente: hacer comprensible sin trivializar.
Uno de los ejes del libro es la aportación decisiva de Ludwig Wittgenstein a la filosofía del lenguaje. En su primera etapa, la del Tractatus, defendió la teoría del significado como imagen. Las palabras tienen sentido porque remiten a hechos del mundo. Decir “gato” no es un sonido arbitrario: es una palabra que apunta a un animal concreto, con presencia física. El lenguaje refleja la realidad.
El problema aparece cuando utilizamos el lenguaje diseñado para describir el mundo empírico para hablar de cuestiones que no lo son. Ahí, decía Wittgenstein, empezamos a decir tonterías. No porque seamos tontos, sino porque el instrumento no sirve para esa tarea. El lenguaje se estira más allá de sus límites y genera confusión. En esos casos, no hay que refutar las frases, sino reinterpretarlas. Ver qué quieren decir realmente, más allá de lo que literalmente dicen.
Esta idea, formulada hace un siglo, resulta sorprendentemente útil para entender buena parte del debate político actual en España. Un ejemplo claro es la afirmación del presidente del Partido Popular cuando asegura que 2025 ha sido “el año del colapso total del sanchismo”. La frase es rotunda. También es un buen caso de uso defectuoso del lenguaje.
Si tomamos en serio la expresión “colapso total” y tratamos de buscarle un referente físico, como exigiría el primer Wittgenstein, el resultado es claro. Pensaríamos en ciudades sin energía, hospitales que no funcionan, violencia en las calles, carreteras intransitables, trenes detenidos, aviones que no vuelan, hospitales sin energía eléctrica... Si se refiere, como parece, a las instituciones, significaría que no hemos cobrado las pensiones ,que los jueces no han dictado sentencias o que el parlamento no ha legislado, Eso es un colapso total.
Pero nada de eso ha ocurrido. Al contrario. La bolsa española ha subido un 50%, la deuda española está mejor valorada que la francesa, algo inédito en democracia y España es el país que más crece de la Unión Europea . El referente físico del “colapso total” no aparece por ninguna parte.
Desde la perspectiva de Wittgenstein, el problema no es político, sino lingüístico. Se está utilizando una palabra del ámbito empírico para describir una situación que no encaja en ese marco. El resultado es ruido. Una afirmación que suena fuerte, pero que no describe nada reconocible. Una frase que solo busca impacto emocional.
El contraste es aún más claro si se compara con otras críticas posibles al Gobierno. Si el líder del PP hubiera hablado de culpa de Sánchez in eligendo o in vigilando, el lenguaje habría funcionado mejor. Es fácil imaginar referentes físicos en ese caso: colaboradores directos con problemas graves de corrupción, fallos evidentes en la selección o el control de personas clave. Eso se ve, se entiende, se puede señalar. Ahí el lenguaje conecta con hechos.
Pero al diluir esos problemas concretos dentro del concepto grandilocuente de “colapso total”, todo se confunde. Lo grave se mezcla con lo inexistente. La crítica pierde fuerza porque se apoya en una imagen que no se corresponde con la realidad. Wittgenstein diría que el lenguaje ha salido de vacaciones.
La consecuencia lógica de este uso inflacionario de las palabras es inquietante tambien para quien las emplea. Si 2025 ha sido el año del colapso total del sanchismo, ¿qué queda para 2026? ¿El apocalipsis? ¿La nada? Cuando el diagnóstico es exagerado, el pronóstico se vuelve ridículo. Y la política, que debería basarse en alternativas claras, se convierte en una competición de hipérboles.
Hay además un efecto colateral. En la ofensiva verbal contra el sanchismo se cuelan, cada vez con más frecuencia, ataques al propio sistema y a partidos que no son el PSOE, incluido el Partido Popular. Si todo está colapsado, si todo es un desastre, si nada funciona, el mensaje no distingue. Y cuando no se distingue, el desgaste alcanza también a quien denuncia.
La jugada es peligrosa. Para destruir al adversario se adopta un lenguaje que termina por erosionar a todos. Wittgenstein advertía de este riesgo: cuando las palabras pierden su anclaje en la realidad, dejan de aclarar y empiezan a intoxicar. No describen el mundo, lo deforman. Cuando se rompe la relación entre lenguaje y realidad, el discurso se vacía. Y en política, el vacío siempre acaba pasando factura.