30NOV25 – MADRID.- Por décadas, la televisión ha sido mucho más que un electrodoméstico. Ha sido compañía, ventana al mundo, herramienta educativa y punto de encuentro. Aunque el ritual familiar de reunirse frente al único aparato del hogar ha quedado atrás, la TV continúa ocupando un lugar estratégico dentro de la vida doméstica. Su evolución —desde las rudimentarias pantallas en blanco y negro hasta los sofisticados televisores inteligentes actuales— muestra cómo este medio ha sabido adaptarse a los cambios sociales y tecnológicos sin perder relevancia. Hoy, en plena era digital, la televisión no solo informa y entretiene: también organiza rutinas, conecta hogares y se integra en un entramado tecnológico cada vez más complejo.
Las primeras transmisiones televisivas, a inicios del siglo XX, parecían más experimentos que un producto de consumo masivo. Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, los televisores en blanco y negro comenzaron a popularizarse y, con ellos, surgió un cambio cultural profundo. La televisión se convirtió en el nuevo centro del hogar.
En las décadas de 1950 y 1960, muchas familias estructuraban sus tardes alrededor de los horarios de emisión: programas de variedades, noticias en directo y espectáculos transmitidos desde estudios que inauguraban una nueva era del entretenimiento. Se hablaba incluso del “hogar democrático”, porque la TV acercaba información y cultura a personas de cualquier origen o nivel socioeconómico.
La llegada del color en los años 60 y su popularización en los 70 supuso una revolución visual comparable a pasar del cine mudo al sonoro. Por primera vez, deportes, series y noticieros podían disfrutarse con un realismo inédito. El televisor se aseguraba así un lugar privilegiado en la sala de estar.
Durante los años 80 y 90, la televisión vivió un periodo de modernización. Los aparatos con tubo de rayos catódicos se perfeccionaron, se incorporaron controles remotos y surgieron canales temáticos gracias a la TV por cable y satélite. Creció la oferta informativa, deportiva y cultural, haciendo imposible que toda la familia siguiera el mismo contenido al mismo tiempo.
Aunque el televisor seguía siendo el centro de la sala, comenzaban a fragmentarse los gustos y horarios. La experiencia familiar seguía existiendo, pero ya no era la única. La televisión se hacía más personal.
Con la llegada del siglo XXI, los televisores iniciaron una transformación acelerada. La conversión de la señal analógica a la digital permitió un salto de calidad en imagen y sonido. A su vez, las pantallas LCD, plasma y posteriormente LED sustituyeron a los voluminosos aparatos tradicionales.
La televisión de alta definición —HD, Full HD, 4K e incluso 8K— convirtió la sala del hogar en un pequeño cine. Las compañías comenzaron a competir por ofrecer colores más vivos, negros más profundos, pantallas más delgadas y diseños minimalistas. Se pasó de un electrodoméstico funcional a un objeto tecnológico y estético.
Pero el cambio más profundo estaba todavía por venir.
Desde la década de 2010, los televisores inteligentes, o Smart TV, han redefinido completamente la relación entre las personas y el contenido audiovisual. Ya no son receptores pasivos de una señal; son dispositivos conectados, que funcionan como una extensión del universo digital cotidiano.
Un Smart TV permite acceder a plataformas de streaming, redes sociales, noticias en tiempo real, música, videollamadas, videojuegos y todo tipo de aplicaciones. Es, en muchos sentidos, un híbrido entre televisor, ordenador y centro multimedia.
La pregunta es inevitable: ¿han mejorado realmente la vida de las personas los televisores inteligentes? La respuesta es sí, aunque con matices.
Para millones de usuarios, estos dispositivos significan:
Acceso ilimitado a información y entretenimiento, sin depender de horarios fijos.
Personalización del contenido, gracias a recomendaciones basadas en hábitos.
Conectividad, permitiendo integrar el televisor con teléfonos, tabletas o asistentes de voz.
Inclusión digital, especialmente para personas mayores que encuentran en el Smart TV una forma sencilla de conectarse con familiares mediante videollamadas o aplicaciones sociales.
Oportunidades educativas, con clases, documentales y tutoriales al alcance del mando.
Comodidad y control del hogar inteligente, desde regular luces y cámaras hasta gestionar otros dispositivos conectados.
Hoy, muchas rutinas familiares involucran al televisor: ver una película juntos, seguir una clase de ejercicio, consultar el clima, compartir fotos desde el móvil o reproducir música durante una comida. La televisión ya no es solo una pantalla: es un componente del ecosistema doméstico.
Aunque aquella escena tradicional —padres e hijos sentados alrededor del único televisor del hogar— ya no es común, la televisión no ha perdido importancia. Ha cambiado cómo se usa, no cuánto.
Hoy convive con teléfonos, tabletas y computadoras, pero mantiene un rol especial: el de ser la pantalla grande, la que permite experiencias compartidas sin la intimidad individual del dispositivo personal.
Los estudios demuestran que, pese a la multiplicación de pantallas, los momentos de visionado conjunto siguen existiendo, especialmente para deportes, series y cine. La televisión, incluso en su forma más moderna, sigue generando conversación, vínculos y experiencias colectivas.
Como toda tecnología, los televisores inteligentes también presentan riesgos. La facilidad para acceder a contenido ilimitado puede incrementar el sedentarismo. Las maratones de series, tan comunes hoy, afectan los horarios de sueño. Y la diversidad de opciones puede crear conflictos domésticos sobre qué ver o cuánto tiempo pasar frente a la pantalla.
Además, existe una brecha generacional: no todas las personas mayores logran adaptarse con facilidad a las interfaces digitales, aunque muchas encuentran en los Smart TV una forma accesible de entrar al mundo tecnológico.
Sin embargo, estos desafíos pueden manejarse con uso equilibrado y consciente.
A la hora de comprar un televisor, especialmente uno inteligente, optar por marcas reconocidas no es solo una cuestión de prestigio: es una decisión de seguridad, durabilidad y respaldo técnico. Las marcas con trayectoria suelen ofrecer mejores paneles, actualizaciones de software más estables, compatibilidad con aplicaciones futuras y servicios posventa fiables. En un mercado tan vasto y con tantos modelos disponibles, elegir fabricantes de renombre reduce riesgos y garantiza una experiencia más completa y satisfactoria a largo plazo.
La televisión ha acompañado a varias generaciones y ha cambiado con ellas. Pasó de ser el corazón del hogar a un nodo dentro de una red más grande de dispositivos interconectados. Aunque la reunión familiar frente a un único aparato ya no define su uso, la televisión mantiene una importancia esencial: sigue informando, entreteniendo y uniendo personas, ahora con herramientas más sofisticadas.
En un mundo digital que cambia a toda velocidad, la televisión demuestra que la clave para seguir siendo relevante no está en resistirse al cambio, sino en abrazarlo. Y eso, justamente, es lo que ha hecho desde que apareció en blanco y negro hasta convertirse en el centro inteligente del hogar moderno.
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