28NOV25 – MADRID.- El otro día un amigo muy querido me preguntaba que ¿cuándo me ponía a escribir, si por la mañana o por la tarde?. Yo le contesté que escribo cuando me viene una idea a la mente, es igual que sean las diez de la mañana que las diez de la noche, incluso horas más tarde. Quizá se llame lo que el vulgo denomina la inspiración.
Decía el clásico y no sé si era Cela, “que la inspiración te encuentre trabajando”.
Hubo época juvenil en la que me ponía frente a un folio tiempo y tiempo y no se me ocurría absolutamente nada. Entonces en los años setenta del siglo ya pasado escribíamos sobre papel en blanco, bolígrafo Bic en mano. No existían los ordenadores. Sé que hay un autor muy famoso que aún lo practica, pero no recuerdo su nombre.
El artículo requiere un trabajo de media o una hora; la obra de teatro, veinte días justos; y la novela un año aproximadamente.
Yo tengo una escara en el trasero de tanto escribir, así como los taxistas y las enfermeras de quirófano generan varices en las piernas; se llaman lesiones profesionales.
El escritor puede generar esas escaras. Camilo José Cela se sentaba sobre la cámara de la rueda de un avión, y Julio Camba se levantaba a la una de la tarde de la cama, en la suite del Hotel Palace donde vivía, cuyos gastos le costeaban sus admiradores.
Yo me conformo con haber sacado hoy la punta a este lápiz invisible, que es este artículo, cuando en realidad no se me había ocurrido absolutamente nada.
Milagros de la profesión.