Sociedad

La edad y la salud de los líderes políticos: un factor invisible en España

“La Cueva del Lobo”...

Ignacio Vasallo | Sábado 11 de octubre de 2025

10OCT25 – MADRID.- En la política española suele hablarse mucho de ideología, de pactos y de encuestas. Sin embargo, se presta muy poca atención a un aspecto decisivo: la salud de los dirigentes y su relación con la edad. La resistencia física y la energía diaria de un presidente condicionan tanto su capacidad de gobernar como la percepción que los votantes tienen de él.



El ejemplo más reciente está en Estados Unidos. Joe Biden, con 81 años, terminó renunciando a ser candidato porque la edad y su deterioro físico se convirtieron en un obstáculo insalvable. Sus dudas al hablar, sus tropiezos en actos públicos y el enorme desgaste del cargo llevaron a que hasta sus aliados reconocieran que no tenía la fortaleza suficiente para otros cuatro años. Donald Trump, su rival, no es mucho más joven —tiene 79—, pero proyecta más energía, y eso basta en política para inclinar percepciones.

No es un problema nuevo. Franklin D. Roosevelt gobernó durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial escondiendo una grave discapacidad. En aquella época era posible mantenerlo en secreto. Hoy, con la televisión, internet y las redes sociales, la exposición es constante. Un presidente ya no puede ausentarse largas temporadas ni delegar en exceso: se le exige estar presente, viajar, dar discursos y mantener un perfil mediático permanente.

En países con tradición democrática sólida se acepta la presencia de dirigentes de cierta edad, aunque siempre bajo la condición de que conserven plena vitalidad. El canciller alemán Friedrich Merz tiene 69 años. En el Reino Unido, Keir Starmer llegó al poder con 61, pero transmite energía, aunque carece de carisma.

España ofrece un panorama distinto. Desde la Transición, los presidentes han llegado al cargo siendo relativamente jóvenes. Adolfo Suárez tenía 43 años cuando fue nombrado. Leopoldo Calvo-Sotelo asumió el cargo con 54, Felipe González lo hizo con 40 y José María Aznar con 43. José Luis Rodríguez Zapatero alcanzó La Moncloa con 43 y Pedro Sánchez con 46. La excepción fue Mariano Rajoy, que llegó con 56, pero aun así estaba muy lejos de los 60 largos que manejan otros países europeos.

Esa tendencia ha marcado una diferencia clara entre la derecha y la izquierda. El PSOE ha llevado siempre candidatos más jóvenes y eso ha reforzado su imagen de modernidad y renovación. El PP, en cambio, tiende a situar líderes con más edad, y eso se convierte en una rémora durante las campañas donde la comparación es inmediata.

El ejemplo más evidente es el del actual presidente del partido popular. Si lograra llegar al Gobierno en 2027 tendría 65 años, justo la edad de la jubilación en España. Ese dato puede pesar en una sociedad que se mueve cada vez más rápido .

La edad no es en sí misma un obstáculo. Ronald Reagan supo darle la vuelta a la crítica. En el debate frente a Walter Mondale, en 1984, respondió con humor que no pensaba aprovecharse de la juventud e inexperiencia de su adversario. La broma le permitió conectar con los votantes y neutralizar las dudas sobre sus 73 años.

En términos generales, el aspirante más joven suele tener ventaja. La ciencia política lo compara con factores físicos como la altura: no son determinantes, pero influyen en la percepción del electorado. La juventud proyecta energía, futuro y capacidad de cambio, mientras la vejez se asocia a desgaste.

A la exigencia del día a día se suma otro factor: la internacionalización de la política. España ya no es un país que pueda encerrarse en sí mismo. Un presidente debe viajar de manera constante, participar en cumbres europeas, reunirse con líderes de todo el mundo y proyectar autoridad en escenarios globales. Ese ritmo requiere idiomas, resistencia física y agilidad mental.

El líder de la oposición carga con un hándicap en este terreno. Su dificultad con los idiomas le obliga a un esfuerzo mayor y reduce su margen de maniobra en foros internacionales. Esa limitación, unida a la edad, puede amplificar la percepción de cansancio frente a un rival más joven o preparado para la comunicación exterior, sea el actual secretario general del PSOE u otro candidato .

Las encuestas electorales miden intención de voto, valoración de líderes y confianza en la gestión económica, pero raras veces incluyen la salud o la energía de los candidatos. Sin embargo, esos elementos aparecen durante la campaña de manera inevitable. Basta con ver a un dirigente en un mitin o en un debate televisado para que el votante se forme una impresión sobre su vitalidad.

La campaña electoral es un maratón que pone a prueba a los candidatos en lo físico y en lo psicológico. Quien no transmite fuerza queda en desventaja, aunque sus propuestas sean sólidas. La historia reciente muestra que en España los líderes jóvenes han tenido ventaja. La salud y la energía, aunque invisibles en las encuestas, se convierten en factores decisivos en las campañas.