24JUL25 – MADRID.- La música se ha convertido en una herramienta efectiva dentro de los procesos de aprendizaje, no solo desde el punto de vista técnico, sino también en lo que respecta al desarrollo personal. Diversos estudios y experiencias demuestran que su práctica regular tiene efectos positivos en la memoria, la atención, la comunicación y la gestión emocional, con aplicaciones tanto en el ámbito educativo como en el social.
Una experiencia concreta se observa al aprender lenguaje musical en Telde, donde escuelas e instituciones comunitarias ofrecen programas accesibles para distintas edades. El aprendizaje no solo incluye leer partituras o tocar instrumentos, sino que también favorece el reconocimiento y la comprensión de las propias emociones. Desde ese enfoque, se promueve un espacio educativo más amplio, donde se integra como parte del desarrollo integral de los estudiantes.
Aprender música estimula funciones cognitivas como la percepción, la planificación y la memoria. A medida que se profundiza en la teoría y se mejora la ejecución, se activan distintas áreas del cerebro, lo que contribuye a mejorar el rendimiento general en otras disciplinas. La práctica también fortalece la capacidad de concentración, lo que permite aplicar estas habilidades en el entorno académico y laboral.
A nivel conductual, la práctica constante exige compromiso, esfuerzo y organización. Estas exigencias promueven la disciplina y la perseverancia, cualidades necesarias para avanzar en la ejecución, pero también útiles para enfrentar responsabilidades en otros ámbitos. Quienes siguen una formación suelen adquirir hábitos de estudio que pueden ser trasladados a su vida cotidiana.
Por otro lado, desde la escuela EsMuT, explican: “La música funciona como una forma de comunicación alternativa. A través de ella, muchas personas encuentran una vía para expresar emociones que no logran comunicar de forma verbal”. Este aspecto favorece la interacción social, especialmente entre niños y adolescentes, al generar vínculos basados en intereses comunes y fomentar la empatía. En entornos educativos, esta capacidad de expresión facilita la integración de los alumnos y mejora la convivencia.
El impacto en la salud mental también ha sido objeto de estudio. La práctica, tanto activa como pasiva, se asocia con una disminución del estrés y una mejora del bienestar emocional. Tocar un instrumento o simplemente escucharlo puede contribuir a reducir los niveles de ansiedad, ofreciendo un espacio de desconexión ante situaciones de presión. Estas experiencias se han incorporado en programas educativos, terapéuticos y comunitarios con resultados favorables.
Además, la diversidad de géneros y estilos permite a cada persona explorar distintas formas de expresión. Esta variedad facilita que quienes estudian encuentren un enfoque propio, lo que a su vez fortalece la confianza en sus capacidades. Los espacios donde se promueve la libre elección musical favorecen el desarrollo de una identidad artística individual.
También tiene un papel en la construcción de redes sociales. Al participar en grupos, ensambles o actividades conjuntas, las personas establecen vínculos que contribuyen a su integración social. Estas experiencias refuerzan el trabajo en equipo, el respeto por el otro y la cooperación, valores necesarios en cualquier contexto colectivo.
Finalmente, la incorporación de la música en programas educativos, sociales y terapéuticos responde a una necesidad de integrar conocimientos técnicos con herramientas que favorezcan el desarrollo integral. Su enseñanza no se limita a formar músicos profesionales, sino que busca ofrecer recursos para mejorar la calidad de vida de quienes participan del proceso.
La evidencia sobre sus beneficios continúa en expansión. Incluirla como parte del desarrollo formativo representa una inversión en capacidades cognitivas, emocionales y sociales, con impacto positivo en distintas etapas de la vida.
(CN-05)