España

Parto Prehistórico En Un Canchal De Santa Cruz De La Sierra

EXTREMADURA

Por José A. Ramos Rubio Cronista Oficial de Trujillo

Jueves 17 de julio de 2025

17JUL25 – TRUJILLO.- En la falda oriental de una de las montañas extremeñas más enigmáticas y transitadas desde la más remota antigüedad, en Santa Cruz de la Sierra, existe un misterioso grabado sobre una peña cuyo significado no resulta fácil desentrañar. Las figuras eran conocidas por los vecinos del lugar desde tiempos inmemoriales, y ya en 1949 el maestro de la localidad por entonces, don Antonio Mena, publicó un brevísimo artículo donde daba a conocer este singular hallazgo. Pero no ha sido hasta hace pocas fechas cuando ha trascendido a la consideración de los investigadores.



Sobre la escena allí representada se cuentan historias y leyendas de extraños sucesos ocurridos en aquella peña que han hecho volar la imaginación de cuantos se acercaron al lugar. Escenas de muerte y sufrimiento, de alumbramiento y renaceres, de dioses y hombres, que en tiempos lejanos quisieron plasmar sobre la roca los desconocidos autores de este petroglifo.

El propio nombre del paraje que acoge la misteriosa roca «la Machorra de la Muerte» es suficientemente revelador del legado que aquella representación del pasado ha trasmitido a los tiempos actuales. No sabemos cuándo tomó esa denominación, quizás se remonte a épocas muy antiguas y ha pervivido en el tiempo, pero parece razonable pensar que alguna relación debe de haber entre el nombre del lugar y los grabados de la peña.

Ésta se localiza en un paraje apartado cercano a los llanos del ejido, junto a la cañada que discurre al pie de una pequeña elevación salpicada de bolos de granitos. Para llegar al lugar salimos desde la Plaza Mayor de la localidad por la calle que deja a la derecha la casa señorial de los Torres Hinojosas, que conduce al cementerio, antigua ermita de San Juan. Continuamos por las calles de las Cruces, Navarredonda y Canchales, que bordean la Sierra, por su parte norte y oeste. Atrás dejamos la Machorra del Laurel y antes de entrar en el Ejido de Abajo llegamos a la “Machorra de la Muerte”.

Dispersos por la zona se aprecian restos de construcciones, que tal vez pudieron formar parte de un antiguo asentamiento. El lugar está reservado de los vientos del norte y su proximidad al río Búrdalo le garantizaba abundante agua. De ser ciertas nuestras suposiciones corresponderían a viviendas de planta irregular construidas entre los bolos de granito que se cerraban con piedras más pequeñas extraídas de los alrededores. Los muros arrancarían directamente de la roca madre sin ningún tipo de cimentación, a lo sumo se aplanaba el terreno y se desbastaba la superficie de la roca para colocar las primeras hiladas. A continuación se levantaba el muro sin argamasa y se cubrían los huecos con barro. La estructura se remataba con una cubierta vegetal compactada con pellas de barro.

Este tipo de hábitat es característico de las últimas etapas de la Edad del Bronce Primer Hierro y son muy similares a las documentadas en yacimientos cercanos, como “El Risco” de Sierra de Fuentes o “Cabezo de Araya” en Navas del Madroño, fechados entre finales del II milenio y comienzos del I a. C.

A poca distancia de estos vestigios, en una pequeña afloración granítica, se representa la escena que nos ocupa. Se trata de dos figuras humanas que parecen corresponder a una mujer tendida boca arriba con las piernas abiertas y flexionadas, en la que se ha marcado claramente la vagina en forma de oquedad oval. La otra figura es la de un hombre con el torso en posición frontal y de perfil el resto del cuerpo, como así parece indicarlo el contorno sinuoso de los glúteos claramente marcados. Lleva los brazos en alto flexionados en ángulo recto y con grandes manos en las que se distinguen solamente cuatro dedos en cada una de ellas, frecuentes en las representaciones rupestres desde el Paleolítico y cuyo significado es controvertido. Un gran falo erecto, claramente marcado, señala en dirección a la vulva de la mujer yacente y la posición inclinada de la figura masculina parece echarse encima sobre la de la mujer.

De la vulva de la mujer emerge una línea más o menos recta en dirección a la parte genital del hombre sobre la que tenemos serias dudas de que corresponda a la escena original. Aunque no es descartable su contemporaneidad, es muy probable que lo explícito de la composición llevara a algún desaprensivo en un momento posterior a trazar dicha línea intentando marcar el movimiento de las figuras. Nos induce a esta conclusión el hecho de que el trazo de conexión sea mucho más fino y esté hecho con un objeto punzante, en contraposición con el grabado más grueso y cincelado del pene masculino.

La elaboración de las figuras no es homogénea, pues hay claras diferencias entre ambas. El contorno del cuerpo masculino se ha realizado con líneas más anchas trazadas a base de vaciados a cincel golpeando con una maza o martillo, mientras que el de la mujer es más simple y parece estar configurado con incisiones a buril que la acción del agua se ha encargado de ensanchar, lo que nos lleva a considerar la posibilidad de que ambas figuras pudieran no ser contemporáneas y fueran grabadas en épocas distintas.

Mena considera que la representación es una ceremonia de culto tan común entre los antiguos pueblos peninsulares, oficiada por un sacerdote, donde la figura yacente sería la víctima y la otra el sacerdote que oficia la ceremonia en el altar. Melchor las considera simples figuras de danzarines. En un primer momento quisimos ver aquí la representación de un parto, en el que la criatura se identificaría con la figura de mayor tamaño, unida a la madre por el cordón umbilical. En este caso habría que pensar que el neonato sería un personaje importante a juzgar por el tamaño de la figura, quizás el primogénito y futuro jefe de la aldea. Pero tras un análisis más detallado de la composición nos inclinamos más bien a considerar que la composición grabada en esta peña se refiere a la representación del acto sexual, no tanto en su expresión primaria, cuanto en la manifestación de los ciclos naturales de la naturaleza; una ceremonia de regeneración de la vida estrechamente vinculada con el culto a la fecundidad, que podría deducirse de la posición elevada de los brazos en acción orante que se repite en todas las culturas.

La aparición de la figura humana con sus correspondientes atributos bien marcados es frecuente en los petroglifos extremeños y peninsulares, pero no hemos encontrado paralelos cercanos para la escena de figuras en posición de practicar el acto sexual que se aproximen a la de la “Machorra de la Muerte”.

La cronología del petroglifo no es fácil de establecer y parece que habría que encuadrarlo en las últimas fases del Bronce o comienzos del Hierro. Es decir, entre finales del II milenio a. C. y primera mitad del siguiente, contemporáneo del poblado cuyas viviendas se han descrito anteriormente. Este tipo de figuras están muy próximas a los modelos representados en algunos ejemplares de estelas decoradas extremeñas, como en las de Orellana o Cabeza del Buey IV, donde aparece una figura humana con los brazos elevados en posición orante. También en la comarca de Las Hurdes, en “La vegacha del Rozo”, en Azábal-Casar de Palomero, un petroglifo muestra el mismo tipo de figuras masculinas con los brazos hacia arriba doblados en ángulo, manos de gran tamaño y largo falo, aunque en este caso hechos mediante piqueteado.

Próxima a las viviendas, y a una decena de metros de la roca con el grabado anteriormente descrito, hay una roca sobre la que aparece un grupo de 11 cazoletas de un diá- metro aproximado de entre 10 y 15 cm agrupadas en reducido espacio.

Sobre el significado de estas cazoletas se ha discutido mucho y los investigadores no se ponen de acuerdo. Calendario, mapas astrales, sistema de escritura y de cómputo, hitos territoriales, planos de chozas o poblados, lugares sacros, huecos para contener el agua lustral, simbología funeraria, etc., son algunas de las propuestas que se han ofrecido al respecto. La colocación de sus hoyos re- presentan una figura geométrica irregular en el centro con hoyos profundos y de buena hechura, actualmente muy bien conservados, y otros esparcidos de menor profundidad, peor hechura y más deteriorados. Pensamos que sería una representación estelar, que por la colocación de las cazoletas bien podría ser de las Pléyades. No en balde es una constelación que por su fácil localización y brillo fue muy conocida por los pueblos primitivos del hemisferio norte, principalmente, incorporándolas a sus mitos, leyendas y rituales. Algunos pueblos del hemisferio sur, donde se hace visible, como sucede en el Perú, su aparición después de un periodo de ocultamiento, daba inicio al calendario agrícola inca, que solía coincidir con la proximidad del solsticio de invierno. Los griegos, en su afán de mitificar fenómenos diversos, consideraban que eran hijas del titán Atlas y la ninfa Pléyade, de ahí su nombre. En nuestra cultura aparecen en obras muy diversas. Se citan en la Biblia (Job 9: 9, 38: 31, entre otros), Homero en la Ilíada y la Odisea, Cervantes en el Quijote (sgda. parte, cap. XLI) y en otras muchas obras literarias. Vulgarmente se conocen con el nombre de las “Cabrillas” o “Las siete Cabrillas”, por ser las que más brillan, pues el cúmulo está formado por más de 3.000 estrellas, algunas de escasa luminosidad, mientras otras presentan una luz muy intensa. El sustrato se ha conservado entre la gente del campo y permanecido en los más ancianos hasta hoy.

Pastores y campesinos las utilizaban para medir las horas nocturnas, igual que el sol les servía para las diurnas. En otoño y en invierno aparecen por el saliente tan pronto se pone el sol y recorren todo el arco celeste hasta ocultarse por el poniente con la salida del astro rey.

La diferencia de luminosidad de las distintas estrellas del cúmulo estaría representada por la mejor o peor hechura y profundidad de los hoyos. Así, encontramos que los del centro son los más hondos y los mejor hechos, que podrían corresponder con la mayor luminosidad que presenta esta constelación. Mientras que los más alejados suelen ser más superficiales y están poco señalados o muy difuminados. Esta observación es fácil de contemplar si miramos al firmamento en una de las noches invernales. Y puestos a elucubrar, y poniendo en relación las cazoletas con las figuras humanas, se podría pensar que la posición señalada de las diferentes cazoletas correspondería a un día y horario determinado, probablemente el momento en que sucedió el hecho que el artista prehistórico grabó las figuras en la losa de la “Machorra de la Muerte”.