J. M Santos
El ex ministro de Defensa, marcado por los asesinatos de los 'falsos positivos', es claro favorito de hoy domingo en la segunda vuelta de Colombia
Miércoles 22 de octubre de 2014
La liberación, el pasado fin de semana, de un general, dos coroneles y un sargento colombianos a los que la guerrilla de las FARC tenía prisioneros desde 1998 ha sido un potente espaldarazo para un candidato que, en principio, ya tiene los suficientes.
El uribista Juan Manuel Santos, de 58 años, se impuso en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el pasado 30 de mayo, con el 46,6% de los votos. Sin embargo, la falta de una mayoría absoluta le obliga a medirse este domingo con el segundo clasificado, Antanas Mockus (21,5%), el ex alcalde de Bogotá que ha hecho de la legalidad y la lucha contra la corrupción las divisas de un programa de corte centroderechista.
Santos, nacido en el seno de una poderosa familia colombiana, casado y con tres hijos, se ha presentado durante toda la campaña como el hombre de la continuidad y a la vez ha negado ser un clon del presidente saliente, Álvaro Uribe, el primer colombiano en 150 años que alcanzó la jefatura del Estado al margen de los tradicionales partidos liberal y conservador.
Candidato del Partido Social de la Unidad Nacional -el Partido de la U fundado por Uribe y por él mismo en 2005-, el programa de Santos se basa en la política de seguridad democrática, esto es, en el combate militar contra la guerrilla sin diálogo ni canje de prisioneros. Ha sido esta política la que ha permitido a Uribe, que se marcha con un 70% de apoyo popular, mantenerse en el poder desde 2002, alcanzando un segundo mandato en 2006 tras una reforma constitucional. Y debe ser esa misma política la que permita a Santos sucederle en el palacio presidencial de Nariño.
Economista y periodista (fue subdirector del diario El Tiempo, entonces propiedad de su familia y ahora controlado por la editorial Planeta), Santos se describe a sí mismo como el "hombre duro" que necesita Colombia para no perder el combate contra la guerrilla, el narcotráfico y la delincuencia. Tras ocho años en los que Uribe, respaldado con armas y asesores por EEUU, ha infligido duros golpes a los insurrectos y los ha obligado a retirarse de las principales ciudades y vías de comunicación, los analistas pensaban que el país, con casi un 50% de pobres en su población, reclamaba políticas sociales y más transparencia en la gestión gubernamental y en las acciones bélicas. Las principales encuestas -no falta quien sostiene que movidas entre bastidores por el uribismo- pronosticaban de hecho para la primera vuelta un empate técnico entre Santos y Mockus. Pero erraron con estrépito.
Los colombianos que acudieron a votar el 30 de mayo, menos de la mitad del censo, respaldaron la hoja de servicios de Santos sin hacerle ascos a sus lamparones. En la ejecutoria de este nieto de presidente, que además es primo del vicepresidente saliente, Francisco Santos, los renglones más estruendosos están dedicados a su paso por el Ministerio de Defensa (2006-2009), que abandonó para preparar su candidatura presidencial.
Santos dio buena prueba de su conocimiento interior de las FARC en mayo de 2008 al anunciar al mundo la muerte natural de Tirofijo, su fundador y jefe, considerado el guerrillero más veterano del mundo. Tan sólo dos meses antes había asestado a los rebeldes el mayor golpe de su historia: el primero de marzo, el Ejército colombiano bombardeó un campamento de la guerrilla en Ecuador, matando a su número dos, Raúl Reyes, y a 25 insurrectos más. Ése fue el origen de la ruptura de relaciones entre los dos países y de que Quito abriese un proceso judicial en ausencia contra Uribe, cuya busca y captura reclamó a Interpol sin resultados.
Pocos meses después, en julio, Santos inscribió en su currículum el éxito de la operación Jaque, una atrevida maniobra de infiltración en la que militares colombianos, haciéndose pasar por trabajadores humanitarios, rescataron sin disparar un tiro a quince rehenes de las FARC. Entre los liberados, además de tres contratistas de EEUU, siete militares y cuatro policías colombianos, estaba Ingrid Betancourt, cuyo cautiverio de más de seis años había dado la vuelta al mundo. Su liberación, claro, también fue noticia planetaria.
Estos dos éxitos de impacto, sin embargo, no logran quitar un ápice de su vileza al mayor borrón de la trayectoria de Santos en Defensa: el caso de los falsos positivos, eufemismo de resonancias ciclistas con el que se denomina lo que lisa y llanamente ha sido el asesinato (ejecución extrajudicial, en términos jurídicos) de hasta 2.000 personas para mejorar las estadísticas de lucha contra la guerrilla. El caso saltó a finales de 2008 con el hallazgo en una fosa común, en el departamento de Norte de Santander, fronterizo con Venezuela, de los cuerpos de 19 jóvenes desaparecidos en Soacha, barrio humilde de la periferia de Bogotá.
Según las versiones más contrastadas, los jóvenes habían sido convencidos por falsos agentes de empleo para que viajasen hasta Norte de Santander, donde se les prometió un empleo. Fueron fusilados y sus cadáveres se contabilizaron como bajas guerrilleras. De paso, los militares responsables de la operación se beneficiaron de incentivos económicos. El caso ha sido investigado por Naciones Unidas, cuyo relator denunció semanas atrás que el 98,5% de los crímenes han quedado impunes. Tanto Santos como Uribe han asegurado que ignoraban esos comportamientos y han proclamado su voluntad de esclarecer los asesinatos y castigar a sus culpables.
Su ejecutoria en Defensa, culminada con la alianza con EEUU -Santos puso en marcha el acuerdo que desde 2009 permite al Pentágono usar siete bases colombianas para la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla-, ha envenenado la campaña del ex ministro con insultos, amenazas y llamamientos a no votarle procedentes tanto de Venezuela como de Ecuador.
Sin embargo, los colombianos que se han acercado a las urnas han dado el visto bueno a un programa en el que también ocupan su lugar la creación de 2,4 millones de empleos en cuatro años para reducir la tasa de paro desde el 11,8% actual hasta el 9%. Sanidad para todos los colombianos, separación de los ministerios de Justicia e Interior, fondos de compensación para paliar los desequilibrios interregionales y educación gratuita para los niños pobres son algunas de sus luminarias.
Con esos mimbres, Santos ha recogido el apoyo ante la segunda vuelta de sus rivales conservadores, liberales y del grupo Cambio Radical. Por su parte, Mockus no ha logrado un acuerdo programático con la única formación de izquierda reformista, el Polo Democrático (10% en la primera vuelta), y confía en un respaldo espontáneo de sus votantes y en lograr que los abstencionistas, el primer partido colombiano, le voten. Una confianza no compartida por los analistas políticos, que suman a la tradicional desafección popular hacia el sistema político el convencimiento de los ciudadanos de que la elección ya tiene ganador. Por si fuera poco, este domingo los colombianos tendrán nada menos que tres partidos del Mundial de fútbol en sus pantallas de televisión. Y si algo hay en lo que, como en tantos otros países, están de acuerdo millones de colombianos es en la común pasión por el fútbol.