América

Uribe se propone modificar la Constitución colombiana para aspirar a un tercer mandato

Según sus detractores, en algunos aspectos Uribe se parece mucho a Chávez

El presidente esconde si se presentará a la reelección, y sume al país en una parálisis. Uribe compró votos para amarrar su primera reelección

Miércoles 22 de octubre de 2014
"Mientras Uribe respire, que nadie aspire", es el dicho que se repite en Colombia a la espera de que el presidente anuncie que cambiará de nuevo la Constitución para lograr una segunda reelección. Mientras tanto, en el país hay una parálisis total. No se abordan los grandes problemas sociales ni se habla sobre el último ataque de la guerrilla; el gran debate es si Uribe, como todo parece indicar, buscará un tercer mandato presidencial.

Tras los pasos de Chávez

Si no tuviera una ideología tan conservadora, Uribe encajaría en la pléyade de presidentes bolivarianos que pretenden dominar la escena política latinoamericana. El presidente colombiano tiene poca credibilidad al proyectarse como el líder anti-Chávez cuando, en realidad, utiliza similares procedimientos antidemocráticos para perpetuarse en el poder.

Las noticias de Colombia que llegan al exterior no son muy distintas a las de Venezuela, donde se realizó un referéndum para permitir la reelección de Chávez; o las de Ecuador, donde Rafael Correa fue reelegido tras un cambio constitucional; o las de Bolivia, donde Evo Morales ganó un nuevo mandato previo cambio de la Carta Magna.

Igual que Chávez, Uribe maneja poderosos instrumentos para impulsar su reelección: un Congreso obsecuente; un procurador que fabrica constantes acusaciones e investigaciones a los opositores; unos servicios de inteligencia que espían a periodistas y políticos; un asistencialismo populista que no mitiga el hambre ni fortalece la salud pero crea consistentes nichos clientelistas que refuerzan la imagen de Uribe como pater familias.

El ex presidente César Gaviria señala que Uribe "está cerca de ser un dictador". Y recalca que "convirtió al DAS (la policía política) en una máquina criminal que, para su conveniencia, espía a periodistas, magistrados, congresistas y candidatos presidenciales".

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Por pura conveniencia política personal, Uribe somete a Colombia a una espera que crea un gran desgaste y provoca que el país comience el año 2010 tan polarizado como estuvo en el 2009. Un tercer mandato de Uribe arrancaría minado, desgastado en el interior y con serios problemas de credibilidad externa. Parecen estar muy errados quienes creen que Uribe tendría en cuenta los intereses de la nación antes que los suyos propios; todo lo que hace indica que quiere perpetuarse en el poder.

"Uribe no busca su segunda reelección abiertamente, pero si no la pretendiera ya habría mandado ese mensaje a sus amigos políticos y al Congreso", manifiesta desde Bogotá el analista Alfredo Rangel.

Algunos comentaristas critican a Uribe por someter al país a un proceso desgastador, castrando toda posibilidad de alternancia democrática en el poder. El semanario británico The Economist destaca que, en medio de su mutismo, "Uribe se desliza hacia un gobierno autocrático". Enrique Santos Calderón, ex director del diario bogotano El Tiempo, señala que al sentirse imprescindible e irreemplazable, Uribe "revela una egolatría que puede derivar en un caudillismo indigerible y, a la larga, dañino para el país".

Una franja creciente de dirigentes y ciudadanos que siempre habían apoyado a Uribe ahora expresa su oposición a un tercer mandato por los riesgos que ello implica para el país y para el propio presidente.

El debate de fondo no se sitúa tanto entre uribistas y antiuribistas como en las diferencias entre quienes advierten que un tercer periodo pone en peligro el sistema democrático, la Constitución y la separación de poderes, y los que creen que la popularidad de un líder es suficiente para llevarse por delante todo el andamiaje institucional y entrar en un régimen político autocrático.

La comprobada compra de votos en el Congreso para posibilitar su primera reelección y las turbias maniobras para dar vía libre al referéndum que facilite su tercer mandato hacen pensar que Uribe relegó al olvido las prédicas contra la politiquería y el clientelismo que, como candidato, hacía en la campaña del 2002. La lucha contra la corrupción fue una de sus banderas electorales. Tal vez la primera que arrió.

El cáncer de los nexos de políticos uribistas y paramilitares carcome al legislativo colombiano. Más de la tercera parte de los congresistas están en la cárcel o son investigados por su colaboración con las bandas de exterminio. Uno de cada tres senadores no ha sido elegido en las urnas y son estos senadores quienes han aprobado el referéndum para que Uribe aspire a un tercer mandato.

Como sucedió en 1994, cuando Ernesto Samper llegó a la presidencia gracias al dinero del narcotráfico, los colombianos parecen anestesiados frente a las denuncias de que el ejército ha cometido cerca de dos mil asesinatos, directa o indirectamente instigados por la política de seguridad democrática de Uribe. La alta popularidad del mandatario no bajó tras darse a conocer el informe del relator de las Naciones Unidas, Philip Alston, sobre los dos mil crímenes de Estado cometidos por militares.

Si en la Venezuela bolivariana se hubieran producido tantos asesinatos por los aparatos de seguridad del Estado, a bien seguro que el presidente Chávez sería exhibido como un asesino. En cambio, Uribe se presenta como abanderado de la democracia.

El escritor Óscar Collazos señala que una segunda reelección de Uribe "será un fracaso para el alma de la sociedad colombiana, cada vez más tolerante con hechos que serían motivo de vergüenza, destitución, renuncia o cárcel en países medianamente respetuosos de la decencia civil".