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Opinión: “Desde el Sur…. de Chile”

Envenenados

(Nada hacía presagiar…)

Por Primavera Silva Monge (*)
viernes 26 de noviembre de 2021, 02:56h
Envenenados

25NOV21.- Acá, al sur de mi mundo, una visita inesperada, cual duendecillo mágico, dejó su rastro luminoso, lleno de energías positivas, creando recuerdos amorosos en nuestro ambiente y nuestros corazones. Como regalo de su cumpleaños quiso visitar a sus abuelos. Aun habiendo peloteado ya a la familia entera para que no viniera antes de que terminara de instalarme en la nueva casa, no pude decirle que no, porque es un seductor de primer orden y para colmo bello por dentro y por fuera.

Envenenados
Envenenados

Como dicen que no hay cumpleaños sin torta, como regalo extra mandamos hacer una exquisita y celebramos con nuestro ex vecino favorito. Hasta ahí, todavía todo bien. Al día siguiente compró mariscos frescos y aprovechando otra visita inesperada, que nos trajo mariscos congelados, compartimos los primeros entre todos y fue una tarde agradable, calentita y sabrosa. Al otro día, según sus planes de vacaciones, se marchó para ir un poco más hacia el sur.

Dos días después, cociné los mariscos congelados. Como estaban dentro de una sola bola de hielo, tuve que hervirlos juntos sin poder separar porciones. Como es bien sabido que lo congelado no se debe alternar entre congelado y descongelado más de una vez, a comerlo se ha dicho. Mi marido, aun nuevo en el asunto de comer productos marinos, comió menos y supe que el resto tendría que botarlo, así que comí todo lo que pude, que aunque era muy fuerte, lo acepté como nutriente.

Por la tarde después de esa comilona, tuvimos visitas, que quisieron celebrar su aniversario de matrimonio en nuestra casa. Comimos torta y muchas otras cosas ricas que trajeron, tomamos bebidas artificiales, otras golosinas y jugamos dominó hasta tarde. Entremedio hubo un corte de luz que nos permitió reírnos iluminados con las linternas de los celulares, hasta el retorno de la electricidad.

Esa noche, antes de apagar el teléfono, que por lo general lo hago a las diez de la noche, le escribí a una amiga (que también se vino al sur, pero a otra ciudad) que al parecer, estábamos con intoxicación alimentaria porque nos dolía mucho el estómago y que nos acostaríamos. Pensando que solamente me había sugestionado por el conocido experimento de cocer palomitas de maíz con simples celulares, atribuí un insoportable dolor de cabeza a la cocción de mi cerebro con los mismos. Luego del dolor vino el mareo, vinieron los vómitos, se entrelazaron las evacuaciones y se parearon también. Se hacía insostenible, tan insostenible, que llegué a invocar la muerte para no sentir tal espantoso malestar. Toda la noche corriendo al baño, cambiándose ropa de arriba abajo y de adentro afuera (invierno crudo). Limpiando el piso, los artefactos, etc. asistida por mi querido marido, hasta que éste se convirtiera en otra víctima, así como le pasa a los zombies en las películas, tras el mordisco de uno o varios de sus pares. La gran diferencia, creo yo, es que me parece no haberlo mordido. Con todo, subió la temperatura de ambos, los dos mareados y los dos extrañando nuestro departamento con dos baños de Santiago. Dormíamos de a cuartos de hora y volvíamos al ataque, al baño, a sus paredes y pisos sin piedad. Así pasamos todo el sábado y todo el domingo: muriendo sin tener idea de que un pueblo se movilizaba para saber de nosotros.

Mi amiga, con la que hablé antes de comenzar a morir, se inquietó demasiado a sus 110 kilómetros de distancia y comenzó a llamar a mis vecinos, que por esas cosas de la vida, por razones nada que ver, estaban en su lista de contactos. Todos esos vecinos pasaron por nuestra casa y vieron todo oscuro y no quisieron importunar, porque este pueblo se acuesta temprano y por lo general, las personas no se visitan en sus casas (hasta la puerta no más). Dejaron el encargo al vecino inmediatamente al lado izquierdo, que si nos veía o escuchaba, que nos dijera que todo el mundo estaba preocupado por nosotros. Aunque el vecino dijo que sería difícil discriminar ausencia o presencia, pues éramos muy tranquilos y jamás nos escuchaba, pero que estaría pendiente. Así, en esa fría mañana de lunes, fue el primero de otros varios que nos hablaron para saber de nuestro estado de salud. ¡Guau! Ni con mis más cercanos me sentí tan importante y querida.

Gracias, pueblo adoptivo y gracias amiga a varios kilómetros al norte de mi lugar de vida.

Prima envenenada.

...En algún lugar del sur de Chile...
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...En algún lugar del sur de Chile...

Primavera Silva Monge (*)

(*) Primavera Silva Monge es una escritora chilena, traductora de japonés, ex alumna del prestigioso Instituto Nacional de Santiago de Chile, artesana y socióloga por afición. Sus escritos los redacta referidos principalmente a los temas cotidianos imprimiéndoles una dosis de frescura y cercanía que hacen muy fácil su lectura y comprensión. Su género literario favorito es la novela y el relato o cuento corto.

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