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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”

Tan cerca del cielo

Por Germán Ubillos Orsolich
viernes 20 de agosto de 2021, 18:05h

19AGO21- MADRID.- Pasaba unos días tristones como consecuencia de los fallecimientos sucesivos y en serie de varios amigos y amigas muy queridos, pues parece que la Parca cuando se pone en forma le da por segar cabezas como si fueran espigas en un campo dorado, y oteaba en mi horizonte interno la forma de levantar cabeza cuando fue mi hija la que se ofreció echar un cable a su vetusto padre, digo vetusto porque ya sabéis que el cuerpo envejece pero no así la mente, que con frecuencia y de forma curiosa parece siempre joven, no así cuando el alma se entristece que parece que envejece todo a la vez.

Y como digo mi hija se dispuso a llevarme con su coche hasta el Puerto de Navacerrada. Tienen que tener en cuenta que estábamos sumidos en plena ola de calor del mes de agosto, una de esas olas que identificaron los científicos con el “Cambio Climático”.

Pues bien, ni corta ni perezosa me subió en su automóvil y en algo así como una hora serpenteando primero por el llano y después por la escarpada y empinada carretera de dos direcciones, entre pinos majestuosos y abetos, hasta la misma cima de la montaña, donde termina la provincia de Madrid y empieza la de Segovia.

Tengo que aclarar que las tres cosas que mejor tonifican y entonan siempre mi espíritu son: Las marchas militares, la voz del tenor Luis Mariano y el Puerto de Navacerrada.

Navacerrada me trae recuerdos de mi infancia y juventud, cuando mi padre nos llevaba a aprender a esquiar en la familiar pista de “El Escaparate”. Después los recuerdos e historias que me contaba él mismo, cuando subía, antes de la Guerra Civil, con sus amigos Valentín Zornoza y su primo Antonio Ubillos, joven guapo y valeroso que le mataron al comenzar dicha contienda de un tiro en la sien cuando salía de su casa.

El autobús les dejaba en el Ventorrillo, por la abundancia de la nieve allí acumulada, y desde allí subían los cerca de tres kilómetros con los esquíes al hombro por la empinada carretera hasta coronar el puerto y llegar a su cima.

Pues bien, nada más llegar al puerto mi hija detuvo el coche en el mismo paso de cebra, entre la puerta del “Hotel Pasadoiro” y la de la “Venta Arias”.

La Venta Arias había sido propiedad de Pepe Arias, legendario esquiador de gran presencia y amabilidad exquisita, con un porte y un semblante extraordinariamente parecido al del actor de cine Gregory Peck, que por cierto trataba a mi enjoyada madre con una unción especial.

Allí me dejaron, rodeado ya de alpinistas, montañeros y senderistas franceses, alemanes y españoles, con sus pantalones cortos, sus medias de lana, sus camisas de colores, sus barbas y sus mochilas. Esa visión me encantó pues era exactamente la misma que avisté a mis veinte, cuarenta, cincuenta y ahora casi ochenta años, esto es, era “mi mundo” y no el mundo que veo en la capital, chicas medio desnudas, tatuadas hasta las cejas con horribles dibujos en sus pieles blancas y apetecibles, con bambas o zapatillas de gruesa suela blanca. No hay cosa que más me hiera y moleste que todo eso, a pesar de las recomendaciones de mi maestro Gregorio Marañón, quien repite machaconamente que la cualidad o virtud de los viejos debe de ser “su capacidad de adaptación”.

Bien. Comí con mi hija y mi mujer unos bocadillos de calamares fritos, una enorme y tierna hamburguesa con patatas fritas, y mi hija un gazpacho y una ensalada de tomate y jamón. A mi hija que es una maravilla le hubiese gustado de ensalada y quizá algo de cebolla.

Bueno, pues fue después de comer, que cayó una tormenta totalmente localizada sobre el puerto, Peñalara y el valle majestuoso y enorme que ocupa la Laguna de Peñalara, y que empapó y humedeció tanto los inmensos pinares como a nosotros mismos, pobres ciudadanos (casi todos mayores), que veníamos de la capital.

Fue entonces que mi mujer y mi hija decidieron hacer una corta marcha, un paseo de una hora de duración por el campo, dejándome a mí cómodamente sentado en una terraza-comedor adjunta, con amplia cristalera.

Desde allí veía la “Bola del Mundo”, “Guarramas” y “Guarramillas”, las escarpadas crestas rocosas lindantes con el cielo azul y las largas barandillas definitorias de las dos grandes pistas de esquí, para que los esquiadores y esquiadoras que descendían haciendo el eslalon no se precipitasen en el vacío o se despeñasen en el glaciar gigante formado por bloques de rocas enormes, hechas en la prehistoria al derretirse el hielo y las nieves y trocearlas como si fueran vulgares galletas.

Allí, durante una larga hora, pude leer pasajes de “Las puertas de la tarde”, libro de la religiosa del Sagrado Corazón y profesora de Sagrada Escritura de la Universidad de Comillas, Dolores Aleixandre, de una profundidad abismática que me sumía en pensamientos tan profundos como llenos de esperanza en la inmortalidad del alma.

Se daba la casualidad de que la altura , - tan cerca del cielo, a 1880 metros sobre el nivel del mar – y los pensamientos y fragmentos tan inspirados de este libro escrito expresamente para las personas como yo cercanas a los ochenta, esto es a la “rampa de lanzamiento” hacia el más allá, lo que yo llamo “el mundo de lo invisible”, que me hacía revivir una sensación de estar ya más allá de lo que llamamos la muerte del cuerpo, disfrutando de la beatitud y de la luz de la presencia de Dios. Introducido en el mismísimo cielo.

Sé que es difícil explicar esto, pero se lo dejo a los lectores avispados añadir lo que un modesto escritor como yo no haya podido describir.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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