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Opinión: “La Columna de Primavera…”

Una pesadilla con el sistema de salud pública

domingo 10 de febrero de 2019, 00:52h

10FEB19 – SANTIAGO DE CHILE.- Estaba haciendo un régimen alimenticio para bajar mis medidas corporales y el sistema de salud pública me lo ha echado abajo. No sé si la fuerza de convicción de las series norteamericanas, con realidades exageradamente trastocadas o si solamente la imperativa necesidad de endulzar un momento muy amargo, hicieron que comiera helado, chocolate, gaseosas y además adquiriera una nueva prenda de vestir de talla indefinida… por lo que pudiera venirse.

Una pesadilla con el sistema de salud pública
Una pesadilla con el sistema de salud pública

En Chile estamos en verano, en un largo y ardiente verano, con una ola tipo tsunami de calor extremo poco habitual, con un clima trastocado de fríos y lluvias en el Norte, calores intensos en el Sur y asadera al vapor en la cuenca de este Santiago rodeado de cerros cordilleranos, que impiden una ventilación eficaz. Estas extremas temperaturas han dañado la salud de la población y han hecho acudir a centros hospitalarios para reordenarse con la respiración, con la absorción del sol, con la ingesta de agua en medidas desconocidas y una férrea y desesperada búsqueda de aparatos de ventilación o aire acondicionado para lo doméstico. Con esta poco habitual emergencia poblacional, uno llega a toparse con algunos vecinos en el intento de atrapar burbujas de oxígeno, poniendo a prueba nuestra humanidad: que lo respire el otro, en un sentir tipo religioso o te lo aspiras tú con un instinto de improvisado ateísmo. Así están las cosas, tal como en la ciencia ficción. Finalmente, una vez todos respirados, surgen las recomendaciones de todo tipo. Entre esas, los datos de consultorios de salud del barrio, que en casi diecisiete años en el sector, aún no conocía.

Voy el día uno para saber dónde se ubicaba la dirección obtenida. Entro, veo un par de personas, algunos funcionarios de vez en cuando, ante los cuales me mostraba con mi más bella sonrisa para que notaran que estaba allí, sin embargo sólo acusaron mi presencia cuando les llegó la hora de salir a sus almuerzos y tuve que salir. Que qué necesito, me preguntan, mientras con lenguaje corporal me invitan hacia la salida. Al tener la respuesta, al ojo o al oído soy discriminada, porque de inmediato me dicen que no puedo si estoy en Isapre (instituciones de salud privada) A mi nueva respuesta, advierten que debo volver cualquier día de 8 a 13 hrs. para pedir hora para inscribirme.

Vuelvo al día siguiente, que cómo y dónde, que saque número, que tome asiento, que allí le dirán lo que debe hacer. El ambiente es limpio, claro, estrecho y poco ventilado. No quise imaginarme cómo sería en invierno, durante las crisis de enfermedades populares, entre paraguas, abrigos, niños, sillas y bastones para minusválidos. La actitud del personal es más prepotente que amable, con una actitud hacia abajo, con respuestas tipo “sí, porque sí” o “no, porque no” y punto. Vi retirarse la frustración en forma de varios humanos. En total, no sumábamos más de diez personas al mismo tiempo. Atienden a una que otra haitiana embarazada, a una que otra viejecita que retiraba sus medicamentos gratuitos y a varios fantasmas que hacían pasar nuestro tiempo inútilmente antes de que nos tocara el turno entre paciente y paciente, como esperando resultados del Loto. Hice mi buena obra del día interpretando un número del español al francés y llegó el mío en compensación inmediata.

Buenos días, me dice el joven con claro aspecto de querer seguir durmiendo. ¿Pertenece a Isapre? Y dale con la cosa. En este ambiente, diseñado para la clase media y baja, si uno llega a expresarse medianamente bien o si usa el pelo ordenado o si combina los colores de la ropa con los zapatos, piensan que quieres robarle un puesto a un pobre y te sancionan antes de averiguar nada. El funcionario me mira como para intuir qué puedo querer de ellos. Le expreso mi necesidad de inscribirme. Su respuesta fuerte y prepotente fue: ¡Dónde vive! (quise decirle que en todas partes, pero no habría llevado el diálogo a una consecución apropiada, así que guardé mis chistecitos aburridos para otra ocasión. ¿A ver? Páseme su carné de identidad. Descubriendo en el computador: ¡Ah, está en Fonasa! (entidad de salud pública). Cuando venga a inscribirse, martes o jueves, debe traer una comprobación de domicilio a su nombre y su carnet, no fotocopia. Como es jueves, con entusiasmo le respondo que ando trayendo todo eso. Lo mira y me dice que tengo que pedir hora para inscribirme. ¿Porqué? le pregunté realmente sorprendida y tartamudeó una especie de “porque sí”. No estaba preparado para que alguien se cuestione y menos para que lo cuestionaran a él o a sus burdos estatutos. Si era jueves, si no había nadie más pidiendo pertenecer, si era temprano, si tenía mis papeles… ¿Por qué no? Metido casi como dentro de la pantalla, tecleaba una y otra vez muy alterado. Esperé paciente que de ese teclear saliera un resultado que me beneficiara, sin embargo me entregó un papel rotoso cortado casi a mano, en que estaba anotada mi hora para veinte días más… ¡Sólo para inscribirme! Bueno, sin acusar recibo de lo que su acto vengativo y maléfico me sugirió, apelando a mis dotes de actriz, le pregunté que para qué me servía pertenecer al consultorio. Me responde que para tener salud, le digo que yo tengo buena salud y me mira con cara de ¿Me está tomando el pelo o está haciendo un reportaje?

Aparte de la sensación de oscuridad y reafirmación de la pobreza que estos servicios entregan a sus usuarios, esta experiencia me dejó la convicción, que el tener un poquitín de cultura no se conjuga con la necesidad de atención gratuita. Eso ya lo había experimentado en mi primera juventud y tener que repetirlo, aún estando tan protegida como ahora, fue como retroceder a través de un túnel del tiempo hacia el infierno. Lo cuento como broma, pero en realidad es una sensación muy siniestra y el impacto producido se hizo notar fuertemente. ¡Hasta me desvelé!

(Primavera desclasada)

Primavera Silva Monge (*)

(*) Primavera Silva Monge es una escritora chilena, traductora de japonés, ex alumna del prestigioso Instituto Nacional de Santiago de Chile, artesana y socióloga por afición. Sus escritos los redacta referidos principalmente a los temas cotidianos imprimiéndoles una dosis de frescura y cercanía que hacen muy fácil su lectura y comprensión. Su género literario favorito es la novela y el relato o cuento corto.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    2662 | Marcelo Fernandez - 15/02/2019 @ 22:40:15 (GMT+1)
    Mi querida Primavera (mi mentora en EMG, y que se sepa). Cuánta razón le encuentro a tu comentardo. Si yo como médico, todos los días estoy sabiendo tangencial mente de aquellas aberraciones.

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