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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”

Aquella habitación de luz engañosa o unos amigos en el límite del tiempo

domingo 04 de noviembre de 2018, 21:56h

05NOV18 – MADRID.- Desde mi ventana de la habitación que ocupo en el Hospital Clínico de San Carlos veo “El Faro de la Moncloa”, “El Ministerio del Aire” con la flamante bandera nacional extendida y ondeando al viento húmedo del otoño. También el “Arco del Triunfo” con sus caballos en bronce - verde encabritados. Más allá el horizonte inmenso de luz velazqueña con bandada de nubes blancas como boyas saltarinas. La “Casa de Campo” y a su izquierda el cimborrio de la “Catedral de la Almudena” y más allá aun claramente visible “El Cerro de los Ángeles”.

De noche la vista es asimismo impresionante por su belleza. Uno recuerda los regresos en avión desde la isla de Tenerife y el deseo reiterado de los pilotos por acercarse inútilmente a las pistas de Barajas sin conseguirlo, por la saturación de su tráfico aéreo y obligados a permanecer tiempo y tiempo en una órbita geoestacionaria y giratoria de espera.

¡Cuántas veces con mi hermana, con amigos o con mis novietas de soltero e incluso después de casado no habré experimentado en ese vuelo a quinientos metros de altura sobre el suelo algo semejante!

Un Saint Exúpery gozoso. Como ahora en este “Nido del Águila” en una inverosímil construcción volada iniciada en la República y terminada en la Dictadura.

Valerse por uno mismo es el objetivo esencial de todo miembro de la raza humana; por eso los seres humanos tardamos tantos meses y años en poder ser autónomos en relación con aquellos que nos dieron la vida.

A una inteligencia igualada cuánto más larga y profunda es la preparación, la formación de esa persona, ésta adquirirá las virtudes para escalar un lugar más elevado en la escala social. Un lugar de privilegio.

Pero aun así las cosas, a lo largo de la vida un accidente exógeno al sujeto puede hacerle descender unos cuantos peldaños en el nivel que conquistó por méritos propios.

Si el accidente es importante el horizonte vital o lo que llamamos “calidad de vida” puede verse cercenada. Pongo por ejemplo el de un pariente muy cercano y querido que perdió lo más valioso: LA VIDA, por no llevar cinturón de seguridad.

Y ahora vamos al tema.

La fractura de cadera suena de una forma estremecedora, como si se tratara de una nuez gigante y sobre todo al tratarse de la propia experiencia.

Acto seguido caes hasta el suelo a plomo en cosa de dos segundos. Después dolor, un dolor lacerante y terrible, y arrastrarte penosamente hasta el teléfono en el salón y avisas a tu hija a Sevilla para que viniesen a levantarte.

Veinte infinitos minutos. “El Samur” y “Los Bomberos”, “la Guardia Civil” y “la Policía” irrumpen de pronto y llenan la sala.

“Te vamos a ayudar”. “No te muevas. Te vamos a levantar.” Inyección en el hombro izquierdo, cerca de la yugular y cuando despiertas ves a tu esposa en el Hospital Clínico, vestida de verde, que te dice jubilosa y satisfecha: “Te van a operar”.

Tras esos instantes, todo es perfecto. Rapidez, precisión, espectacularidad. Tres cirujanos. Tres anestesistas. Tres enfermeras. Tres celadores. Dos auxiliares.

Paños, vendas, toallas, movimientos de personas, fijan y definen el “campo operatorio”. Inyección raquídea en la espalda y vamos allá.

Cuando todo termina y sales del quirófano son las dos de la madrugada. Los ojos de los instrumentistas son de sueño.

Entras en la habitación, es amplia y confortable, al fondo en otra cama un hombre dolorido, es trece años mayor que tú y con la misma lesión: fractura de cadera. Te sientes mal pero te das cuenta que tu colega debe sentirse peor, pues con trece años más encima y tan baqueteado muestra su coraje para seguir luchando.

Le respetas y admiras y al poco te enteras que es un famoso empresario fabricante de automóviles de lujo, fundador diarios y revistas, con su esposa.

Es gente educada, culta y a la vez discreta, a quienes pronto estimas y admiras.

Es un placer y una suerte haber coincidido con ellos – J.L. Barreiros - en ese lugar de dolor, del dolor físico y de miedo o al menos de la prevención de haber podido llegar a las cercanías de tu propio epitafio.

Pero decides darle ánimo, seguridad y una absurda convicción de que todo va a salir bien.

En efecto. Todo sale bien para los dos y la alegría de continuar vivos se expande entre los tubos, las sondas, los emplastos, el oxígeno, las mil medicaciones programadas. Y las bolsas de suero, de sangre y de calmantes y cosas por el estilo. Tú les admiras y les quieres y ellos también a ti.

Una habitación compartida con respeto, cariño y silencio, no es moco de pavo.

Y aquí viene el final.

A los pocos días por la tarde, te trasladan en la cama confortable y articulada a través de enormes e interminables pasillos hasta una amplia estancia luminosa y pintada de blanco, y allí te dejan en espera de hacerte alguna prueba o quizá ninguna. Acaban de ponerte tres bolsas de sangre y dos de hierro.

Te sientes muy bien. No sientes dolores. Para colmo de dichas sabes que en tu cuenta corriente ha ingresado el Estado una cantidad considerable de dinero. Conoces tu gran capacidad para gastarlo bien, para invertirlo y para hacer y dejar hacer. Tu alma optimizada se gira en un cuerpo dolorido y viejo, y el resultado es ciertamente decepcionante pues te sientes muy bien, optimista y capaz de todo o casi todo, pero estás ahí crucificado junto a la Cruz de Cristo y físicamente no puedes moverte ni desplazarte ni un solo centímetro.

La alegría, el gozo, la juventud, el bienestar y el dinero, y sin embargo no poder compartir y gozar esa realidad, pues la quietud inmóvil de la Cruz en la que estás clavado en aquella colina de luz inefable te hacen por unos momentos ilimitadamente prolongados en el tiempo ser el más desgraciado y desdichado de los seres humanos que, poseyéndolo todo, no puedes sin embargo disfrutar de nada, de aquellos sanos placeres que la vida nos ha estado ofreciendo diariamente en este mundo.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    2619 | Alberto Martín Baró - 05/11/2018 @ 19:58:35 (GMT+1)
    Querido Germán: Me ha emocionado el dramático relato de tu caída. Con la creatividad y la garra literaria que te caracteriza describes el escenario y desarrollas el drama que esta vez vives en propia carne. Después de la cruz, la luz. Un abrazo inmenso.

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