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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…

El tiempo de los otros

martes 25 de septiembre de 2018, 02:42h

25SEP18 – MADRID.- Llega un momento en la vida, sobre todo si ésta es larga, en que acontece lo que los monjes del Tíbet consideran como un segundo nacimiento, abrir los ojos a la realidad no a lo que los otros nos han ido contando e imponiendo.

Es cuando comienzas a ver con toda claridad las grandes mentiras que te han ido soltando, los engaños a que has sido sometido durante largos, muy largos años, las fronteras equivocas que no debías de atravesar y que en caso de hacerlo contarías no solo con tu vida sino también con la reprobación de los demás. Esto generalmente les ocurre a casi todos, salvo una minoría, un cierto porcentaje de personas que mueren “muertos de miedo”, generalmente de forma prematura, pues nadie se muere hasta que no da la orden personal de marcharse – como sabiamente afirma la doctora Maria Isabel Heraso -.

Pero los otros, los que se quedan, empiezan a vivir una nueva vida, libres del pesado fardo de los convencionalismos, las trabas, las mil falsas obligaciones y esos monstruos que son los sentimientos de culpa.

Esta segunda vida que suele coincidir con una etapa en la cual pensabas que ya no ibas a estar aquí, se caracteriza no con la paz de los cuentos de hadas ni de Walt Disney con los que soñaste durante la juventud, pues de paz no tiene nada, sino más bien de luz, de una nueva luz que ilumina un paisaje distinto y en el cual tienes la obligación no solo de beneficiarte sino de ayudar a los demás o para ser más exactos de conseguir que los sueños de los otros se conviertan en realidad.

Sí, es una época bella de la vida, pero a la vez terrible pues se te han ido marchado muchos amigos y casi todos los familiares que poblaban tu juventud - en la que puede darse incluso el caso que se vaya al otro mundo un alma tan grande que vista de cerca no podías abarcar, era como un mosaico gigante del cual veías tan solo un pie o una mano o un ojo -.

Esta última experiencia te hace reconocer tu miseria, lo miserable, egoísta y mezquino que eres aunque la los demás se crean que eres inteligente, maravilloso y generoso.

Es una experiencia terrible, algo así como un anticipo del purgatorio o más bien del Juicio de Dios.

Y transitando por ese nuevo sendero te encuentras siempre con novedades tan diferentes que llega a parecerte absurdo todo, vulgar y hasta mezquino.

Como aquella mañana que saliste a la calle y viste a todos tus semejantes con una especie de mejillón negro adherido a su oído derecho o izquierdo. O esos otros que miraban la pequeña pantalla del mejillón, o aquella pareja de novios que no se hablaban ni se miraban y que siempre, de manera obstinada, miraban sonrientes o muy interesados esa pantallita que tenían entre sus manos.

O la tarde que al salir de tu casa en plena urbe - que yo llamé “Mi pequeño Manhattan”-, vas a cruzar y pasa a tu lado un señor muy respetable subido en un patinete, o un conjunto de chicas o de señoras mayores montadas en patinetes, algunas a pedal, otras a motor eléctrico muy silencioso.

Y ves en fin un enjambre de niños que con sus pequeñas mochilas a la espalda, van todos ellos en patinete con la mamá o la cuidadora al lado.

Y como en las calles más densamente pobladas de automóviles circulan de forma suicida hombres y mujeres en bicicleta, como si fuera Suances, La Magdalena o el paseo de Calpe contemplando Ifach.

Y es de las cosas tontas, las pequeñas cosas que te ponen a prueba y tienes, y debes aceptar y hasta llegar a amar si es que quieres continuar con vida.

Entre esas dos realidades, esa visión novísima que te hace ver la vida sin engaños, que es una vida distinta; y eso que te va rodeando, los patinetes, los mejillones negros que aplican en su oído con la mano los extraños viandantes, y los patinetes en que madres respetables van a la oficina o señores con corbata y elegantes zapatos de piel vuelta, se dirigen presurosos a los Consejos de Administración como cada mañana, en su flamante y frágil patinete.

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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