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Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”

V i l l a c o r t a

Para Arantxa

Por Germán Ubillos Orsolich
miércoles 15 de agosto de 2018, 19:43h

Por Germán Ubillos Orsolich (*)

14AGO18 – MADRID.- Hace más de tres décadas, bien pudieran ser cuatro, apenas conocernos mi mujer me llevó a visitar el pueblo de su madre, Villacorta, creo que escribí entonces algo sobre el mismo, pero es ahora cuando me gustaría hacer un bosquejo de lo que es para mí este enclave.

La primera vez que lo vi me supuso una impresión muy fuerte, acostumbrado como estaba a mi modosita y archiconocida sierra del Guadarrama, donde pasé parte de mi juventud y de mi infancia.

Para llegar a Villacorta a no ser que vayas en helicóptero o andando, hay que ir por la carretera de Burgos y coronar el puerto de Somosierra, descender hasta Riaza y más allá, serpenteando por una preciosa carretera entre bosques de robles, encinas y retama, una carretera que yo conocí de tierra y piedra bacheada, ascendiendo y bajando suaves vaguadas, llegas a tu destino.

Se trata de uno de los pueblos rojos de la Sierra de Ayllón. El paisaje agreste lleno de colorido y fuerza hace que te sientas en otro mundo, un mundo como digo fuerte y áspero, pero que tiene el poder de hacerte olvidar totalmente todo cuanto has dejado en la capital.

Fue allí donde pude tratar a alguno, más bien diría a muchos de los miembros de mi nueva familia entonces, la familia de mi mujer.

El patrón era san Roque y el día de la Virgen de agosto, por estas fechas, se le trasladaba desde la ermita que lleva su nombre a la iglesia del pueblo, iglesia recia, pegada a lo que era y sigue siendo la plaza principal. Un muro alto de cemento y piedra, coronado de dos enormes campanas que en ese medio rural llamarían con fuerza a la misa, a la fiesta, al bautizo o al entierro.

Y ya para ponernos un poco más serios, allí conocí y traté también a los tíos Felipe y Pedro, tíos de mi mujer y por lo tanto también míos, que no puedo olvidar. Por estas fiestas se jugaban partidos de fútbol en el campo del pueblo, hacían juegos para niños en la plaza, el Tele-Club, lindante con la misma y frente a la fachada de la iglesia, era y sigue siendo lugar de encuentro, con un porche donde Marta, la titular del mismo, coloca unas mesas y unas sillas y donde pasamos, guarecidos del sol, buena parte del día o al menos de la tarde y primeras horas de la noche, lugar para mí - hombre urbano por antonomasia – que frecuentaba y frecuento con asiduidad.

La iglesia y el bar, las dos instituciones arquetípicas de cualquier pueblo de Castilla y yo diría que de España.

La iglesia que representa el alma del ser humano, y el bar atributo del cuerpo, del vino y del yantar que lo alimenta.

Ahora que lo recuerdo en ese bar del Tele-Club he pasado quizá alguno de los momentos más felices de mi vida…Y esto lo digo aunque nadie lo sabe, y lo digo por ser Villacorta tan distinto a buena parte de mi vida, que ahora se me hace insustituible e inolvidable quizá por el contraste tan fuerte con mi forma de ser.

Mi otro cuñado protesta y me echa una mirada de complicidad, pero va allí porque allí van sus hijos y yo hago lo mismo porque allí va mi hija, mi hija que ahora me lleva en el coche porque ya no debo conducir.

No digamos el Muyo, uno de los pueblos negros, de pizarra, más impresionante que he conocido en mí ya larga vida, mucho más alto, donde una licenciada en filosofía acompaña el año entero a su esposo ganadero.

La vista desde allí es incomparable, pueden creer que el Muyo es un pueblo místico por antonomasia, pueblo trágico en su fuerza incomparable, donde don Miguel de Unamuno, estoy seguro, hubiese escrito el libro inolvidable que le faltó por escribir.

En el Muyo sabes que eres eterno y que no mueres del todo pues sus habitantes, que han ido abandonando las tenadas que se derrumbaban por abandono y falta de recursos de alguna forma están allí, pues es imposible contemplar ese pueblo sin escuchar sus almas, sin sentir sus latidos.

Y es también a eso que me quería referir de Villacorta.

Y en este último viaje conducido por mi hija y en compañía de mi mujer, he echado en falta a demasiados familiares y amigos. El cupo de los ausentes tiene un límite, y como la vida es eso, movimiento, voz y grito, cuando ese fragor se ausenta, comprendes que o eres muy viejo o el tiempo inmisericorde ha arrancado de cuajo buena parte del contenido de Villacorta, el continente permanece casi intacto y digo casi porque tampoco. Pero esa sensación que sentía al abandonar el Valle de la Orotava, también tan querido y tan vivido - ese valle que según Humboldt cuando lo vio por vez primera era más hermoso que el más bello se los valles amazónicos, así también he sentido Villacorta como un lugar de ensueño, del sueño que es la vida, eso que Quevedo nos recordaba día y noche.

Solo deciros lectores queridos que ese pueblo un poco hundido en el valle, entre montes agrestes de tierra parda y roja en contraste con el verde arbóreo y presente, me llama, me reclama con una fuerza inusitada y sorprendente. Y parece decirme, no te vayas aún forastero, ¿ que si te vas que puede ser de mí?.

Y sé que me habla y le escucho con unción, con veneración, ahora que todos, Jorros incluidos, se han marchado.

Solo los niños, varios niños tomando biberones y jugando con las muñecas albergan mi esperanza de que cuando yo también me ausente hacia ese imposible Valle de Josafat, ellos comenzarán de nuevo a poblar un lugar, un pueblo que es tan solo el recuerdo de un mundo entero palpitante y genial, de un mundo que se fue.

(

Germán Ubillos Orsolich

Germán Ubillos Orsolich es Premio Nacional de Teatro, dramaturgo, ensayista, novelista y escritor.

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