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Cuento: “Historias Urbanas”… (XII)

Lunes, en un Bar de carretera...

Por J.I.V.

miércoles 12 de abril de 2017, 01:45h

Los clientes no acababan de llegar al bar y Filomena Mayoral lo interpretó como mala señal y antesala de una noche en que una vez más, no conseguiría llevarse algún dinero a casa y eso no estaba nada bien. Hacía mucho que no acertaba a trabajar de manera regular y en su profesión, eso significaba volver con las manos vacías y no tener el dinero para hacer frente a los muchos gastos que tenía y más ahora que su hijita estaba creciendo y tenía que ir a la escuela con todos lo que ello implicaba.

Se arregló el pelo y luego metió su mano al escote para arreglarse el tirante del sujetador que no acaba de situarse en su lugar y respiró aliviada al conseguir por fin, ponerlo derecho. “Hay que cuidar la mercancía” –se dijo para sí misma- mientras se contemplaba en el espejo sucio y desconchado del servicio de señoras del “Blue Lady”, el tugurio que llevaba varias semanas frecuentando sin mucha fortuna pese a que Lucio, su amigo y protector, la había recomendado con el dueño del local para que le diera alguna preferencia a la hora de adjudicar los mejores reservados del bar, esos que a partir de las 12 de la noche comenzaban a recibir a los clientes habituales de la casa.

Los reservados estaban hacia las dependencias interiores del “Blue Lady” y eran los preferidos por los clientes “conocedores” (en su mayoría profesionales del transporte) ya que además de estar al abrigo de miradas inoportunas, desde allí también era más fácil acceder a las cabinas donde las chicas ofrecían espectáculos de desnudos y porno en vivo o bien pasar a alguna de las sofocantes habitaciones y en las cuales por una cantidad de dinero acordada según el servicio las chicas atendían –casi siempre de urgencia-, a los clientes de aquel tugurio de segunda categoría ubicado en una de las carreteras secundarias y afluentes de la M-40 sur. Desde allí, apenas se percibía el resplandor de la ciudad y el incesante ruido del tráfico de vehículos por la congestionada carretera principal.

A Filomena Mayoral no le gustaba el trabajo que ahora mismo tenía pero su situación era desesperada. Sin posibilidad alguna e inmediata de conseguir nada mejor y sobre todo sabiendo que cualquier dinero que ganase sería insuficiente si para lograrlo debía contratar una persona que se hiciera cargo de su hija de cortos años, creyó ver una solución a su afligida existencia cuando Lucio le habló de la posibilidad de aquel bar de carretera que -según dijo-, era de un buen amigo suyo.

A Filomena Mayoral le pareció una buena oportunidad. En un par de meses quizás podría reunir el dinero necesario para nivelar sus cuentas y después de todo, dos meses pasarían rápido de manera que con esa idea aceptó –por primera vez en su vida- un trabajo que hasta ese momento le parecía imposible considerar siquiera, como una mera posibilidad pero la verdad es que ahora mismo su situación era tan crítica, que sus anteriores reservas y reticencias se habían quedado atrás y ahí estaba en el primer peldaño de una salida laboral que en principio aparecía como una manera fácil de ganar dinero.

El primer día, cuando llegó al bar, decidió que aparcaría en la entrada del local y para cuando se produjera su regreso a la vida “normal” todas sus ideas previas y miraría aquello simplemente como una forma más de ganarse la vida y por la cual no habría que preocuparse si conseguía mantenerse en su propia línea de comportamiento.

Pese a que de entrada la idea de un “bar de carretera” se le antojaba como algo sórdido, no tenía porque resultar denigrante ni impropio de su forma de ver las cosas, ya que se trataba de un trabajo temporal tan bueno (o malo según fuera el caso), como cualquier otro.

Había decidido que sólo tomaría copas y alternaría con los clientes. Charlaría con ellos, les reiría sus bromas y nada más. Mientras se mantuviera así las cosas irían por buen camino. A los pocos días sin embargo, se dio cuenta de que en aquel negocio las cosas eran mucho más complicadas de lo que a simple vista parecía. Su primera noche en ese lugar fue muy difícil y cuando vio las cabinas de las chicas desnudas girando ante la mirada lasciva de los clientes se dijo para sí misma que nunca se vería en ese trance pero cuando atisbó la perfomance de la cabina más alejada de la barra casi no podía dar crédito a lo que veía y para ella, resultó un espectáculo muy fuerte y pensó que por muy bien pagadas que estuvieran esas “actuaciones”, lo cierto es que había que estar muy mentalizada y desde luego ser veterana en esa lides ya que con seguridad ninguna de las que allí estaban, era una primeriza y todas arrastrarían un largo historial de diversas experiencias.

Las demás chicas de la barra igual que ella misma, miraban con cierto recelo a las de los apartados interiores y tenían poco contacto entre sí ya que por lo general tanto las que trabajaban en las cabinas de desnudos como las del porno en vivo, solían marcharse apresuradamente al acabar sus respectivos turnos.

Filomena había conseguido a los pocos días de estar allí trabar una amistad con Lola, una morena de largas piernas que hablaba con cierta dificultad un castellano arrastrado y pese a llevar viviendo en España muchos años, su origen nigeriano no le permitía abandonar su fuerte acento africano.

Lola era una de las atracciones del “Blue Lady” y una de las que más gustaba a los clientes. Su piel morena y brillante, sus largas piernas de muslos gruesos y bien torneados así como su imponente pecho y redondas caderas eran el principal atractivo del lugar ya que siendo la única mujer de color ponía una nota de cierto exotismo en el espectáculo barato y procaz que ofrecía el local a sus clientes que, hartos de conducir horas y horas por las interminables carreteras aprovechaban los momentos de parada en el lugar para divertirse un rato.

El dueño del “Blue Lady” seguía con la mirada en todo momento los desplazamientos de Lola por el recinto y había tratado –según se decía-, varias veces de llevarla a su propia cama en el mismo local y de convencerla, para que hiciera porno en vivo:

-Con ese cuerpo, -le decía, “harías furor y ganarías mucho”. Pero Lola, movía la cabeza y no cedía. Para ella, el desnudarse varias veces por noche frente a los clientes era más que suficiente.

Filomena Mayoral en cambio y hasta el momento, no había tenido que preocuparse ni por las manos demasiado “largas” (al decir de las otras chicas de la barra) ni los ojos del patrón y en ello seguramente, había influido el que Lucio, su último amigo, era un tipo rudo que imponía respeto tanto por los tatuajes que tenía en sus musculosos brazos, como por sus 120 kilos de peso pero principalmente porque tenía la reputación de un carácter hosco y pendenciero que en más de una ocasión le había acarreado problemas con la policía pero Filomena Mayoral no le tenía miedo. Ella sabía como manejarlo y había aprendido que detrás del turbio y poco tranquilizador aspecto de Lucio había una buena persona. El hombre –pensaba Filomena-, no ha tenido suerte y por eso se ha topado con problemas pero por otra parte también influía en esta “tranquilidad”, el hecho que Filomena Mayoral no era precisamente una mujer de gran atractivo ya que su aspecto era vulgar, poco llamativo y además, tenía los dientes torcidos pero curiosamente, después de arreglarse y con un vestuario adecuado, la verdad es que cambiaba mucho y resultaba agradable porque saltaba a la vista que tenía un bonito y bien proporcionado cuerpo pero aún así, Paco, el dueño, no le hacía el menor caso con lo cual Filomena comparativamente, tenía un problema menos que las otras chicas y en especial Lola que a todas horas tenía a Paco persiguiéndole y no era raro encontrarle en alguna de las ventanucas de la “pecera” cuando Lola estaba trabajando, mirando fijamente aquel enorme cuerpo moreno que con esos enormes pechos le hacían bizquear de deseo. Al compás de la música de fondo, ella se revolcaba para deleite de todos los que le miraban. Para mala suerte de Paco eso era lo máximo que seguramente llegaría a conseguir de Lola ya que por lo general todas las noches y antes de que ella terminara su turno en el “Blue Lady”, aparecía por la puerta, Brandon, un gigantón negro, nigeriano como ella, y que con un metro noventa de estatura y sus más de 100 kilos de peso no era un adversario a dejar de lado. Con cara de pocos amigos esperaba cerca de la máquina de tabaco a que Lola saliera y rápidamente se la llevaba fuera del lugar y según los comentarios que circulaban en el “Blue Lady”, Brandon era el chulo de Lola y la hacía trabajar en varios clubes de alterne de las inmediaciones del aeropuerto de Barajas.

Filomena Mayoral volvió a repasar mentalmente, su lista de gastos. Se la sabía de memoria y recordaba exactamente el lugar que cada cuenta ocupaba en el papel que pegado detrás de la puerta de su habitación, le servía a cada momento, para recordarle que estaba en la ruina y bancarrota total.

Su actual trabajo en el bar no le garantizaba que sus ingresos de cada noche fueran buenos. También es cierto que podría aumentarlos aceptando las propuestas de los clientes y aunque Lucio le había insinuado la posibilidad de hacer “extras”, ella ya había tomado su decisión al respecto. Sólo bebería, charlaría y reiría con los clientes. Nada más. Por cada copa servida a un cliente, el camarero entregaba a Filomena una ficha que al final de la noche, era canjeada por dinero en la caja del bar.

Filomena Mayoral sintió un regusto de asco en su estómago y una ligera náusea le devolvió al paladar el sabor del brebaje infame que le servía el camarero haciendo creer al cliente que bebía lo mismo que él aunque cualquiera que haya pasado un par de veces por un bar de estos, sabe que las chicas que acompañan a los clientes sólo beben agua teñida ya que de lo contrario terminarían su jornada borrachas como una cuba.

Filomena miró su reloj y vio que era ya más de la una de la madrugada y aún en la barra no había suficiente gente y eso es –pensó Filomena-, porque hoy es lunes y los lunes no son buenos para el negocio, salvo para las cabinas con las chicas desnudas girando en esa especie de tocadiscos gigante. Al menos ellas –se dijo-, tienen asegurado su dinero ya que les pagan por horas y no por clientes. En un momento, recordó la cabina del porno en vivo, -ganan más dinero –volvió a repetirse-, pero una cosa es beber con los clientes y escucharles sus tonterías e incluso irse con alguno a una de las habitaciones interiores y otra muy distinta, es follar como una máquina, ahí delante de todos los que están pagando para verte. Tiene que ser muy difícil ponerse en situación delante de tanta gente.

La noche avanzaba y los clientes no llegaban al “Blue Lady” aumentando la desesperación de Filomena. Incluso en la “pecera” con las chicas girando desnudas, había pocos clientes. Apenas unos cuantos hombres con aspecto de oficinistas o vendedores viajeros de ropa de señora y algún viejo con cara de chivo y mirada lasciva que aprovechando la oscuridad del maloliente habitáculo que alquilaba por minutos para mirar, se masturbaba con furia.

El reducido módulo redondo en cuyo centro giraba lentamente un disco de madera cubierto con una toalla, estaba perforado por innumerables y diminutas ventanas que correspondían a pequeñas cabinas donde los clientes introducían las monedas para descorrer la cortina que les permitiría ver a través del cristal, a la morena de largas piernas y abultadas tetas que en ese momento se revolcaba sobre el plato del centro adoptando toda clase de posturas para complacer a los mirones y apenas si distinguía los ojos vidriosos y las bocas babeantes de algunos de los clientes. Por suerte para ella, las ventanillas por donde la observaban estaban lo suficientemente altas y ello le impedía -desde su posición en la rueda casi a ras del piso-, ver como algunos de los más excitados por la visión de su cuerpo moreno, manipulaban grotescamente, sus genitales.

Filomena Mayoral volvió a repasar su pesado maquillaje y mientras se arreglaba el pelo y retocaba su pintura de labios en el fétido cuarto de baño del “Blue Lady”, sintió como se abría la puerta y Lola, la única amiga que tenía en ese antro, entró cubierta de pies a cabeza con la gran toalla conque cada chica cubría la plataforma giratoria y con su voz africana y gruesa, dijo en tono alterado:

-¡Hay que joderse con el Paco de las narices ese! Siempre con lo mismo. ¡Se lo he dicho! Prefiero revolcarme desnuda frente a esa pandilla de viejos libidinosos; ya que a fin de cuentas yo no les veo y ellos, no pueden tocarme.

Filomena pensó que era razonable y al contrario que en su caso, estuviese de humor o no, tenía –además de beber con los clientes- que escucharle sus historias y las tonterías que se les ocurrieran decir.

Como leyéndole el pensamiento, Lola continuó:

-Y lo prefiero más todavía a tener que aguantarles en la barra, los reservados o acostarme con ellos así que calcula tu –dijo, mirándola fijamente-, las ganas que tengo de pasarme a la otra “pecera”.

-¿Has hecho porno en vivo alguna vez? –preguntó Filomena, impidiéndole continuar

-No –dijo Lola porque de momento, lo que hago, ya me parece bastante fuerte y con lo que gano ahora, voy tirando y esto, lo haré hasta que consiga un trabajo mejor. Es cierto que en la cabina de porno duro se gana más pero...

-¿Pero?, -dijo Filomena fijando su atención en el enorme pecho de Lola agitado por su arrebato de fastidio,

-El porno en vivo en algo muy fuerte y hay que tener de verdad, mucho aguante y sobre todo tenerlo muy asumido y ningún reparo ya que no sabes que te puede tocar y una vez dentro, ya no te puedes echar atrás. La mayoría de las que trabajan en eso son “drogatas” que por un pico de heroína follarían con su padre delante del resto de la familia.

Filomena Mayoral volvió a repasar mentalmente el total de los gastos y deudas que tenía por pagar mientras consultaba una vez más, su reloj. Al recordar la agria cara del encargado de la pensión donde vivía, reclamándole constantemente por el alquiler, una súbita sensación de miedo y angustia le atenazó la garganta haciéndole latir más deprisa el corazón. Se vio así misma, de repente, sin tener donde ir con su hijita de cortos años tomada de su mano junto a sus escasas pertenencias sin contar con la protección y refugio que a medias le daba la miserable habitación de alquiler en esa pensión de mala muerte de la calle del Barco, en pleno corazón del barrio chino en el centro de Madrid y por un momento, una sensación de absoluta orfandad y abandono le asaltó las mandíbulas haciéndole sentir que una fría mueca de desesperación, crispaba su rostro.

Definitivamente, no se veía así misma en la alternativa del porno en vivo ya que eso –y en ello estaba de acuerdo con Lola-, era muy duro y muy fuerte. En cambio la otra posibilidad, la de exhibirse desnuda en el plato giratorio le parecía mucho más aceptable y además, hasta podría elegir el horario (Paco quizás aceptara darle el primer turno) y tampoco importaría se había poca o mucha gente ya que cobraría por horas y, con un poco de suerte, podría estar en su habitación y con su hija, antes de la medianoche.

Volviéndose a Lola, y sin dejar de pensar en la lista de sus deudas y cuentas por pagar que por momentos se agrandaba en su cabeza, la miró fijamente y le preguntó casi con desesperación:

-¿Dónde consigo una toalla tan grande como la tuya?...

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