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Cuento: “Historias Urbanas” (XVI)

Problema resuelto…

Por J.I.V.

miércoles 12 de abril de 2017, 01:51h

Eulalia se levantó de buen ánimo ese día. Quizás hoy, -se dijo-, mis problemas queden resueltos y así, podré salir adelante y no molestaré más a mi hermana y su marido que aunque tienen la mejor voluntad, comprendo que estarán hartos de tenerme con ellos. El piso en que vivimos es demasiado pequeño y estas últimas semanas de embarazo que le quedan no están contribuyendo precisamente, a que tenga paciencia con mi situación.

La verdad, -pensó Eulalia con amargura-, es que todo me ha salido mal desde que me vine de Ecuador. La vida no es fácil para los inmigrantes aquí en España y ello se debe en parte a que somos muchos en la misma situación. Trabajando en lo que sea para conseguir un poco de dinero a fin de mes y también porque mucha gente se aprovecha de nosotros y de nuestra necesidad de sobrevivir.

Pero si consigo este trabajo, -se repitió a sí misma Eulalia- mientras intentaba arreglarse lo mejor posible,(quería causar buena impresión a sus probables empleadores) podría de una vez resolver mis problemas y así dejar de vivir gracias al favor de mi hermana y de paso también, me quito de encima a mi cuñado que no deja de molestarme y ahora que su mujer está en las últimas antes de dar a luz, más todavía. Aquí no hay manera de tener intimidad. Me molestan esos ojos de perro en celo con que me mira y la manera como se apega a mí cuando estoy en la cocina y él pretextando cualquier cosa se acerca por detrás a buscar algo. Él cree que no me doy cuenta pero adivino perfectamente cuales son sus intenciones. Pensará que por vivir a su costa en estos días, podrá ponerme la mano encima.

Estoy deseando salir pronto de aquí. La situación es insostenible, me ahoga y no me deja estar tranquila ya que no puedo organizarme para comenzar a luchar por mi existencia y buscar solución a mi vida. A mis 25 años, creo que ya es tiempo de dar mis propios pasos pero por otro lado, si no fuera porque mi hermana y mi cuñado me dejan vivir en un rincón del piso todo sería –seguro- mucho más complicado todavía.

Veinte minutos más tarde, Eulalia abordaba el Metro en la estación de Pueblo Nuevo para dirigirse a Moncloa desde donde debía tomar un autobús que la llevaría hasta una dirección cercana a Las Rozas, un sector de alto standing en la zona noroeste de Madrid.

Con el recorte del SegundaMano donde había anotado los datos necesarios para llegar a su destino Eulalia pensó que quizás una nueva y mejor etapa se abriría ante ella. Le había gustado el tono amable del señor que cortésmente atendió su llamado cuando el día anterior telefoneó preguntando por las condiciones del empleo ofrecido y un feeling súbito, le dijo que ese trabajo resolvería de una vez sus problemas. En apariencia era simple: cuidar a dos personas mayores; dos hermanos solteros y sin más familia que habitaban en una enorme casa en una urbanización de lujo a las afueras de Madrid. Eso al menos era lo que señalaba de manera escueta el aviso destacado que Eulalia recortó con una extraña sensación de haber encontrado lo que andaba buscando.

La seguridad de un buen salario, buen trato y sobre todo, una casa confortable que se detallaban en el aviso hicieron el resto y juntando sus últimas monedas, había bajado rápidamente a un locutorio cercano ubicado en la calle Gutierre Cetina y regentado por unos paisanos suyos. Eran definitivamente sus últimas monedas ya que las otras que tenía se habían ido a primera hora de ese mismo día viernes al comprar el SegundaMano.

Mientras marcaba una y otra vez el número de teléfono que daba comunicando constantemente, Eulalia comenzó a pensar que quizás a esa hora el puesto ya estaría tomado y una sensación de derrota anticipada le aflojó los brazos haciéndole presa de un sentimiento de indefensión que aumentó al pensar que una vez más tendría que volver a su casa y enfrentar la mirada de reprobación de su hermana quien le recriminaba ácidamente su aparente, poca preocupación por encontrar un trabajo.

-Lo intentaré una vez más, -se dijo Eulalia-, mientras miraba nerviosamente su reloj. Llevaba dos horas en ese Locutorio marcando continuamente el teléfono del aviso sin que al parecer hubiera posibilidades reales de conseguirlo. Hacia las13, 30 hrs. consiguió por fin que el teléfono marcara llamando.

Eulalia tenía ya experiencia en cuidar personas mayores. Cuando llegó a Madrid procedente de Ecuador, atender y acompañar ancianos, fueron las únicas posibilidades laborales que tuvo a su alcance y ese trabajo si bien no era agradable lo prefería a otras alternativas que algunas de sus amigas y paisanas le habían sugerido.

No le costó llegar a la Urbanización donde vivían sus futuros empleadores. Las instrucciones fueron claras y precisas y hacia las 11.35 (casi media ahora antes de la cita fijada) tocaba el timbre en un impresionante chalet que tenía un inmenso jardín rodeando la casa.

-Ellos me dijeron que sólo era para hacerles compañía y asistirles en sus actividades de distracción, -recordó mientras esperaba respuesta a su llamado al telefonillo de la entrada.

–Supongo que tendrán más servicio para el resto de la casa de lo contrario –pensó-, sería imposible: Una persona sola no podría con todo esto.

Un rato después de su llegada, Eulalia estaba feliz. Había conseguido el trabajo. Los dos señores, sus patrones, resultaron ser dos amables ancianos de aspecto cuidado y bondadoso que con toda atención le explicaron sus labores que consistirían únicamente, en hacerles compañía ya que del resto de la casa -dijeron- se ocupan otras personas que vienen tanto por las mañanas como por las tardes de manera que -agregaron, lo mejor que puede hacer ahora es darse una vuelta por las distintas dependencias para que se familiarice con ellas.

Nosotros, -dijeron los ancianos-, estaremos en el salón, por si nos necesita.

Eulalia no salía de su asombro al contemplar las magníficas instalaciones de la casa. Los cuartos de baño parecían arrancados de una revista de decoración. Las habitaciones contiguas de los dos hermanos lucían impecablemente ordenadas y el amplio salón comedor en cuya chimenea crepitaba un fuego vigoroso confería al ambiente una atmósfera que ante los asombrados ojos de Eulalia, parecía irreal.

Al cabo de un largo rato había recorrido prácticamente, la casa entera y sólo faltaba conocer la cocina que resultó ser una amplia dependencia en un costado y algo alejada del salón comedor cosa que a Eulalia, no le llamó mayormente la atención.

-Las casas de los ricos son así, concluyó y será seguramente para que el olor de la comida no impregne el salón y el resto de las habitaciones y al pensar en esto, le vino a la memoria el piso de 40mts que habitaba con su hermana, el marido de ésta y en los fines de semana, con otra pariente de su cuñado que trabajaba de interna y libraba los sábados y domingos.

La cocina de una blancura inmaculada era enorme y luminosa con azulejos del techo al suelo. Los muebles colocados en las cuatro paredes eran de moderno diseño y lucían impecables. Abrió una alacena y encontró docenas de platos, tazas, fuentes, ensaladeras y otros utensilios perfectamente alineados. En otro compartimiento, copas y vasos de variada forma y tamaño centellearon al recibir la luz de los focos empotrados en el cielo raso de la impoluta dependencia. Una placa con suficientes hornillos como para atender a un regimiento y un lavavajillas descomunal, -como de restaurante-, -pensó Eulalia, serviría para lavar de una vez toda la vajilla que había visto acomodada en las alacenas.

Una mesa enorme y rectangular ocupaba todo el espacio central del recinto con una cubierta de mármol impecable. Al tocarla sintió un estremecimiento por la frialdad que transmitió a su cuerpo la gélida losa de color gris satinado cuando puso encima, una de sus manos. En uno de los extremos unas ranuras practicadas en una gruesa madera permitían acomodar hasta una docena de cuchillos de variadas dimensiones y de las formas más extrañas. Los había de media luna, curvos, largos y aguzados como un estilete y otros de hoja corta y ancha y con filo por ambos lados y completando el lote, observó también un afilador en forma de espada cónica.

El último detalle que llamó la atención de Eulalia fue la nevera: de un tamaño impropio –pensó-, para una casa particular ya que fácilmente en su congelador podría albergarse un ternero de cuerpo entero, -calculó a ojo, Eulalia.

-Desde luego, -se dijo, esta gente sabe vivir y si tiene dinero para ello hacen bien en disfrutar. La vida por lo que se ve, no es igual para todos.

Un ligero ruido a su espalda la sacó de su ensimismamiento y al mirar hacia la puerta de la cocina vio a los dos hermanos ataviados con extrañas vestimentas y sonriendo con sus ojillos brillantes y vivaces. Ambos vestían monos de plástico y largos delantales impermeables con botas y gorros de hule y sobre la frente llevaban enormes gafas transparentes de motoristas.

Sus manos enfundadas en guates quirúrgicos portaban sendos cuchillos que brillaron con múltiples reflejos en aquella cocina tan profusamente iluminada.

Eulalia sintió súbitamente encogerse su corazón y tuvo entonces sin el menor asomo de duda, la certeza de que todos sus problemas habían terminado...

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