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Opinión

Los Náufragos de la OTAN

Por José Baena Reigal (*)

miércoles 29 de abril de 2015, 01:53h

Un día sí y el otro también el Mar Mediterráneo se cobra un feroz tributo: el de las muertes causadas por los naufragios de las embarcaciones atestadas y más que obsoletas, que fletadas por criminales traficantes de carne humana, intentan alcanzar las costas europeas para escapar de las guerras que asuelan sus países de origen, fundamentalmente las que llevan demasiado tiempo ensangrentando las tierras de dos países ribereños especialmente castigados: Siria y Libia.

Desde las páginas de los periódicos e informativos de radios y televisiones, los comentaristas de toda laya agotan sus palabras de condena y horror ante semejante catástrofe humanitaria, mientras los gobiernos europeos simulan una preocupación tan estéril como gratuita, ya que ninguno de ellos ha querido darse por enterado de un horror capaz de estremecer las conciencias más petrificadas. Hasta una cadena de radio ha desplazado a Catania al conductor de su programa mañanero, cuya verborrea fácilmente identificable resulta ajena a la más mínima noción de objetividad informativa, para que retransmita en directo la llegada de los náufragos rescatados de las olas como si se tratara de una regata deportiva, aunque sin aludir a las causas primeras y últimas de este éxodo masivo. A esto llaman “informar” por estos pagos.

Con toda la cínica desvergüenza que caracteriza a la ONU, su Alto Comisionado para los Derechos Humanos tacha de "xenófoba" la política de migración de la UE y la acusa de dar la espalda a "algunos de los inmigrantes más vulnerables del planeta". Como si la ONU no tuviera responsabilidad alguna en que el Mediterráneo se haya convertido en un cementerio marino y, desde luego, en la vulnerabilidad de tantas criaturas que prefieren arriesgar sus vidas a permanecer en sus devastados lugares de origen.

"Se trata de una hecatombe, la mayor tragedia jamás sucedida en el Mediterráneo", ha declarado Carlotta Sami, portavoz de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, añadiendo que "contra las tragedias del mar es necesaria una ''operación Mare Nostrum europea", en referencia al dispositivo que Italia mantuvo hasta el pasado noviembre en las mismas aguas territoriales libias. ACNUR lleva un año solicitándolo y, según Sami, "no hemos recibido ninguna respuesta". Parece ser que después de semejantes declaraciones, la Sra. Sami se ha quedado tan fresca. Por pedir que no quede, cabría añadir. A estos coros plañideros hay que añadir los millones de comentarios, tan inútiles como desaforados, que inundan las redes sociales, a cual más desgarrador o condenatorio, abundando en la idea de que todos somos igualmente responsables del horror al que estamos asistiendo, lo cual es tan falso como mendaz, ya que una acusación dirigida contra todo el mundo es lo mismo que no condenar a nadie. Sin embargo, ante tanto ruido mediático, he buscado alguna voz, ¡siquiera una!, que señalara con valentía las causas exactas e inmediatas de esta avalancha de desesperados que, exponiéndose a una muerte horrible, intentan llegar a suelo europeo buscando una salvación que no encuentran en el infierno advenido, ¿acaso por arte de magia?, en las tierras de donde proceden.

¿Por qué nadie señala a los responsables que convirtieron tanto a Siria como a Libia en zonas devastadas? ¿Acaso el horror que padecen ambas naciones no ha sido planeado, desencadenado y ejecutado minuciosamente por el gobierno de Washington, con la eficaz colaboración de los miembros europeos de la Alianza Atlántica, a cuya cabeza han estado y siguen estando Francia y Gran Bretaña? ¿Es propio de países teóricamente democráticos provocar el caos en terceras naciones con acciones bélicas, decididas por motivos inconfesables, sin que surja un clamor ciudadano que ponga en entredicho las decisiones de sus desaprensivos gobernantes? Lo es, porque tales acciones se suceden según aparece marcado en el calendario estratégico del Pentágono, ante el cual no hay gobierno europeo que se desmarque, como lo estamos viendo día tras día con la política de sanciones contra el gobierno de Putin decretada por Obama, que perjudica por igual a Rusia y a la recuperación de las economías de las naciones europeas, cosa que a Washington parece no importarle. Como si la desestabilización de Ucrania, cuya segunda parte será peor que la primera, no hubiera sido planificada, financiada y ejecutada desde el otro lado del Atlántico.

No se trata de sentar los principios de ninguna nueva interpretación que explique la terrible proliferación de las guerras de extermino civil desencadenadas en algunos de los países musulmanes de nuestro ámbito mediterráneo, sino de la necesidad de agudizar el sentido crítico ante las terribles hecatombes humanitarias que estamos presenciando, para afinar los instrumentos analíticos que nos deberían ayudar a aclararnos en un presente tan convulso como éste en el que cada vivimos: reflexionar sobre las “aguas negras” que nos amenazan en la noche que se ve venir, pero de la que casi nadie parece darse cuenta. Porque, para decirlo con palabras de Walter Benjamín: “No se puede esperar nada mientras los destinos más terribles y oscuros, comentados a diario, incluso a cada hora, en periódicos, analizados en sus causas y consecuencias aparentes, no ayuden a la gente a reconocer los oscuros poderes a los que su vida está sometida”.

La actitud de Europa respecto de los acontecimientos que sacuden al mundo árabe desde lo que tan estúpidamente llamaron “primavera árabe” indica que el pensamiento estratégico occidental permanece bajo la impronta del gobierno de los Estados Unidos y se alinea ciegamente bajo las decisiones tomadas por Washington, cuya acción se fundamenta en dos principios inalterables: el control territorial de todo el Oriente Medio y su hegemonía sobre el petróleo y el gas natural de los países árabes. Así de simple termina siendo todo. Los hechos desmienten en su totalidad el discurso acerca del apoyo a la democracia y a las reformas en Irak, Siria o Libia. Basta ver que la monarquía saudita es uno de los gobiernos más antidemocráticos del mundo y el más autocrático de los regímenes políticos árabes, sin dejar de ser el gran protegido de los norteamericanos. En Arabia Saudita radica el origen del pensamiento takfirista-wahabita, que constituye el crisol ideológico y cultural de las corrientes terroristas que pretende combatir Occidente, luego de haberlas fomentado para utilizarlas en provecho propio como excusa de base para intervenir militarmente y derrocar a los gobiernos señalados por los estrategas del Pentágono desde mucho antes de que tuvieran lugar los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York.

Más todavía, los hechos indican que el terrorismo yihadista viene siendo utilizado contra Siria con las bendiciones de Arabia Saudita, cuyo actual ministro de Defensa, Mohammed bin Salman, hijo del recién nombrado rey Salman bin Abdulaziz Al Saud, apartándose del papel velado seguido hasta ahora por el gobierno saudita, ha decidido intervenir militarmente en Yemen para imponer el control sunita y pretende, ¡con el apoyo del Israel de Netanyahu!, que los dirigentes de Washington se embarquen en una guerra contra Irán, no sin antes derrocar al régimen de Bashar Al-Assad en Siria, el único país del Medio Oriente cuyo ejército lleva cinco años combatiendo la ferocidad de los mercenarios yihadistas, reagrupados hoy bajo las enseñas del Estado Islámico. Y si ahondamos aún en ese confuso magma, ¿quién cree que Arabia Saudí y los emires del Golfo luchan por la democracia cuando encarnan el peor ejemplo de teocracias en el ámbito del islam y han regado con ingentes sumas de dinero la construcción y sostenimiento de los centenares de mezquitas de ideología takfirista que han levantado en todos los países europeos ante la pasividad de sus gobernantes?

Tras el primer asalto a Afganistán, el presidente Bush pudo concentrar la atención en su objetivo preferido, que era la “invención de la guerra de Irak”, según la acertada denominación del Prof. Josep Fontana, maestro de historiadores, quien remacha que “estaba planeada antes del ataque del 11 de septiembre de 2001, lo que significa que nada tenía que ver con la “guerra contra el terror” con que se quiso justificar”, porque, “como reveló el secretario del Tesoro de su gobierno, Paul O´Neill, “la decisión de atacar Irak comenzó a discutirse en la Casa Blanca en enero de 2001, el día siguiente de la toma de posesión de Bush, mucho antes por tanto del ataque terrorista de septiembre”. En efecto, Mikey Herskowitz, el periodista que firmó un contrato con Bush para escribir un libro que sirviera de apoyo a su campaña electoral (compromiso que el presidente rescindió más tarde) explica que dos años antes del 11 de septiembre, Bush le hablaba ya de lo importante que era para el prestigio de un presidente actuar como comandante en jefe de una guerra, y le decía: “Mi padre tuvo en sus manos este capital político cuando echó a los iraquíes [de Kuwait] y lo malgastó. Si tengo una oportunidad de invadir Irak, si consigo este capital, no lo malgastaré”. Sobra añadir lo que le importaba a Bush el precio en vidas humanas que su delirio provocaría, empezando por las de los propios soldados estadounidenses.

En realidad hacía ya mucho que las informaciones sobre Irak se estaban manipulando para acomodarlas a la voluntad de declarar la guerra. Según un memorándum secreto británico de 23 de julio de 2002, sir Richard Dearlove, el jefe del M16, explicó a su regreso de Washington, que “la acción militar se ve como inevitable”. Bush desea echar a Sadam por medio de una acción militar justificada por la conjunción de terrorismo y las ADM (“armas de destrucción masiva”). Blair le había dado ya seguridades al presidente norteamericano de que estaría a su lado en este asunto, pese a que el fiscal general, lord Goldsmith, le había advertido de la ilegalidad de la acción; de ahí que el jefe del gobierno británico se preocupase por establecer “el contexto político”, organizando un plan para presentar un ultimátum a Sadam en relación con el retorno de los inspectores de la ONU, con el fin de “crear una justificación para el uso de la fuerza”, algo que no preocupaba en absoluto a los norteamericanos. De hecho, Dick Chaney se oponía a que volvieran los inspectores y Blair hubo de insistir personalmente ante Bush para que este aceptase “ir a las Naciones Unidas”, de modo que se guardasen las apariencias.

Para los neocons que Bush puso en los primeros puestos de su Administración, esta línea de actuación iba asociada a su visión de lo que había de ser el nuevo imperio americano:. Como escribían William Kristol y Lawrence Kaplan: “La misión comienza en Bagdad, pero no termina aquí (…). Estamos en los albores de una nueva era histórica (…). Este es el momento decisivo (…) y abarca mucho más que Irak. Es más incluso que sobre el futuro del Oriente Próximo y sobre la guerra contra el terrorismo. Es sobre el papel que los Estados Unidos se proponen representar en el siglo XXI”. Pero lo que no confesaban en público era que la ambición por controlar las fuentes y canales de distribución del petróleo y del gas natural de las naciones árabes comprendía no solamente Irak, sino que en sus planes estaban también Siria y Libia, lo que pasaba por derrocar a los respectivos gobiernos con la repetida falacia de devolver la libertad a sus pueblos mediante la imposición de “gobiernos democráticos” compuestos por elementos integrantes de los grupos de oposición armados que, aprovechándose de la situación, han contribuido eficazmente a fomentar el caos, destruyendo cualquier tipo de organización vinculada a la idea de estado-nación, que es llamado “estado fallido” por la cínica corrección política (es decir, autocensura) hoy imperante en los medios de comunicación españoles.

“La invasión de un país constituye ya un abuso lo suficientemente grave como para pretender añadirle encima el insulto a la inteligencia de los perjudicados”, escribe Eugen Rogan, profesor de la Universidad de Oxford, en su monumental obra “Los árabes. Del Imperio Otomano a la actualidad”. Quien sigue diciendo que “en el año 2003, en la época en la que el presidente Bush se disponía a invadir Irak para liberar a la población de la tiránica dictadura de Sadam Hussein, los árabes volvieron a escuchar un estribillo conocido: el de la ocupación de un lobo disfrazado con las corderiles pieles de la liberación”. No creo que la situación pueda expresarse con mayor claridad por parte de un riguroso profesor universitario.

No abundaré acerca del holocausto sirio, porque respecto a esta agresión salvaje disfrazada de guerra civil, he dedicado en este Blog numerosos artículos en los que he ido siguiendo los terribles avatares que se han ido sucediendo a lo largo de los cinco últimos años hasta llegar al momento actual, cuando los ejércitos fieles al gobierno de Damasco parecen ganar la partida al terrorismo yihadista, lo cual no asegura, ni muchísismo menos, que se abra un horizonte de paz al sacrificado pueblo sirio, ya que mucho me temo que los planes del Pentágono para derrocar el régimen de Bashar Al-Assd seguirán adelante, para lo que Washington sabe que puede contar con el cheque en blanco de los países de la OTAN, empezando por Gran Bretaña y Francia.

En el prólogo de su mencionado libro, publicado en el año 2009, el Prof. Rogan advierte que, en su opinión, “los islamistas ganarían de calle cualquier elección libre y justa que pudiera celebrarse en el mundo árabe actual”. Si a esta conclusión, revalidada dos años después con ocasión de la “primavera árabe”, cabe preguntarse cómo es que el gobierno de Washington no tuviera en cuenta esta posibilidad, contando con centenares de agencias de información capaces de procesar y analizar todas las variables habidas y por haber, y se lanzara a la desestabilización de Siria y Libia de la misma manera que hizo en Iraq. Pero lo que nunca se le ocurrió al profesor Rogan es que la CIA llegase al extremo de utilizar a mercenarios yihadistas en la estrategia elaborada para derrocar al régimen de Damasco y convertir a Siria en otro Irak.

En lo que atañe a Libia, la caótica dictadura de Gadafi justifica difícilmente que se le haya tratado como a un peligro mayor que el representado por otros tantos regímenes dictatoriales tolerados y hasta financiados por Occidente. Gadafi fue hasta poco antes de su decretada caída por Obama, un colaborador amistoso de la Unión Europea, con muchos de cuyos dirigentes mantuvo cordiales relaciones y hasta colaboró para frenar con métodos expeditivos, plenamente aprobados por Europa, el flujo de la emigración africana que llegaba a través del desierto sahariano. De que su régimen era oficialmente respetado puede dar testimonio el hecho de que el Fondo Monetario Internacional elogiase la política seguida por su gobierno todavía el 15 de febrero de 2011, animándolo a seguir con sus reformas económicas neoliberales, congratulándose de que Libia hubiera quedado al margen de las conmociones acaecidas en Túnez y Egipto.

Mientras que España, junto con otros países europeos como Francia, Alemania o Italia, se negó en 1986 a apoyar el bombardeo de Estados Unidos contra Libia, llegando el gobierno de Felipe González a cerrar el espacio aéreo español a los aviones de combate estadounidenses dirigidos contra el país norteafricano, en el año 2011, por el contrario, el gobierno de Rodríguez Zapatero apoyó la intervención militar para derrocar al régimen de Muamar El-Gadafi, destacando el "alcance y significado" de lo aprobado por su gobierno porque "da efectividad al principio de la responsabilidad de proteger a la sociedad civil". Si no resultara tan patético, sería como para morirse de risa después de la hecatombe que lleva padeciendo Libia desde entonces. No contento con estas pomposas declaraciones, Zapatero precisó que España participaría en el ataque a Libia “de una forma importante". Sobra comentar la sarta de estupideces y lugares comunes “buenistas” y “políticamente correctos” contenidos en las abundantes declaraciones realizadas por Carmen (¿o es Carme otra vez?) Chacón, la entonces ministra de Defensa acerca de la participación española contra un gobierno con el que España venía manteniendo buenas relaciones oficiales y comerciales.

La barbarie de la intervención inmediatamente posterior, iniciada con bombardeos sistemáticos efectuados por aviones británicos, franceses y norteamericanos, con asistencia italiana y española, en una operación aprobada por las Naciones Unidas y puesta bajo el mando de la OTAN, no tiene motivos claros, salvo que obedezca al hecho de que en marzo de 2011 Gadafi amenazó con echar de Libia a las petroleras occidentales e invitó a las empresas de Rusia, China y la India a que invirtiesen en la producción del petróleo libio.

Después de una primera oleada de ataques, en junio de 2011, dos ministras del gobierno de Rodríguez Zapatero anunciaron una involucración de España en la lucha contra Gadafi. La titular de Defensa, Carme Chacón, anunció, en la reunión de primavera de los ministros de Defensa aliados celebrada en Bruselas, que plantearía al Consejo de Ministros la "prórroga indefinida" de la misión española en Libia y que haría lo mismo en el Congreso de los Diputados. Y la jefa de la diplomacia, Trinidad Jiménez, expresó en Bengasi su respaldo al Consejo Nacional de Transición, al que calificó como "el representante legítimo del pueblo libio", así por las buenas. No obstante, el anuncio de la prórroga no fue suficiente para EE. UU., cuyo gobierno pensaba que España también debería intervenir en los bombardeos. Según fuentes de la Alianza, el secretario de Defensa, Robert Gates, dijo que España, Turquía y Holanda debían bombardear Libia como ya lo hacían otros ocho países de la OTAN.

Como es natural, el presidente del Partido Popular, entonces en la oposición, estuvo de acuerdo con la intervención militar española en Libia. Según dijo: “Se trata fundamentalmente de evitar que una persona que se erige en juez de la vida de los demás, pueda seguir bombardeando y atentando contra seres humanos y personas inocentes". Sobra decir que después de soltar semejantes lindezas, a Rajoy no se le cayó la cara de vergüenza. En seguir a pie juntillas las órdenes del Gran Hermano de Washington, socialistas y populares van cogiditos de la mano, son indistingibles.

La realidad es que al mismo tiempo que el régimen de Gadafi se iba desmoronando y las distintas facciones de la Libia “liberada”, armadas hasta llos dientes, se enfrentaban entre sí, de lo único que se hablaba en la prensa occidental era de los planes para nuevos contratos relacionados con el petróleo y el gas natural, así como del espléndido negocio en que podía convertirse las destrucción de un país destrozado por la guerra, pero con recursos propios más que suficientes para costear sobradamente, por ejemplo, las destrucciones masivas causadas por los bombardeos de la OTAN.

Después de todo lo expuesto, cuya exactitud puede comprobarse en las hemerotecas, resulta más que sorprendente que en ningún medio de comunicación español se haga referencia a que la devastación ocasionada en Siria y Libia se ha llevado a cabo bajo los auspicios de Estados Unidos, con la colaboración efectiva de sus “aliados” de la Alianza Atlántica, junto a las petromonarquías de Arabia Saudita y Qatar, según las líneas maestras diseñadas por la CIA y el Pentágono. No deja de resultar pasmoso cómo en los medios de comunicación españoles se viene calificando a Libia como “país fallido”, para explicar la tremebunda desbandada de inmigrantes desesperados que se lanza a las aguas del Mediterráneo desde sus costas, sin explicar jamás que la destrucción y la situación de caos humanitario hoy existentes han sido producidos a sangre y fuego por los ejércitos de las naciones occidentales, con los Estados Unidos al frente y los aviones franceses en la vanguardia del ataque.

En puertas de la cumbre europea extraordinaria sobre inmigración, que tuvo lugar el jueves 23 de abril en Bruselas, a petición de Italia, y que contó con la presencia de todos los jefes de Estado y de Gobierno, las noticias divulgadas hablaban de que serían adoptadas "medidas inmediatas" para evitar nuevas tragedias migratorias. En la rueda de prensa ofrecida para anunciar su convocatoria, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha reconocido que "la situación en el Mediterráneo afecta no sólo a los países en nuestro vecindario sur sino a todos, a toda Europa. Por eso debemos actuar y actuar juntos ahora". ¡Un gran descubrimiento, no cabe duda...! Pero, como otras veces anteriores, la citada cumbre volvió a ser el parto de los montes, ya que la verborrea declarativa no se tradujo en la aprobación de esas medidas inmediatas anunciadas.

Pero lo que nadie se ha atrevido a decir en ninguna parte es que el Consejo Europeo debería exigir a la OTAN, con los Estados Unidos a la cabeza, que en vez de promover nuevas acciones bélicas, se implicara de manera inmediata en la resolución de este drama, creado por las actuaciones destabilizadoras promovidas y llevadas a cabo por los países miembros de la Alianza. Porque, por muy políticamente incorrecto que resulte decirlo, los náufragos del Mediterráneo son también los náufragos de la OTAN.

Sé de sobra que tal cosa nunca ocurrirá, pero con esta entrada he querido dejar constancia de que la responsabilidad de la catástrofe a la que estamos asistiendo, y que tenderá a incrementarse en los meses veraniegos, no es de todos, sino exclusivamente de los gobernantes que han decidido y actuado llevados por la voluntad manifiesta de destruir desde sus cimientos naciones enteras, sin tener en cuenta las terribles consecuencias que tendrían que pagar sus habitantes. Porque para reparar un daño, la primera regla es reconocer que se ha cometido. Algo que no ocurrirá, porque, desgraciadamente, la mayor parte de los ciudadanos europeos han perdido la memoria. Y con ella, cualquier atisbo de conciencia crítica.

(*)José Baena Reigal es autor de “El fuego de San Telmo”, obra ganadora del V Premio de Novela Ciudad de Salamanca, de “El octavo pilar. Historia secreta de Lawrence de Arabia”, ganadora del Premio IV Centenario del Quijote, así como de numerosas publicaciones de poesía y ensayo. Ha desempeñado diversos cargos relacionados con la cultura y ha sido profesor en la Universidad de Málaga.

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