Opinión

Una primera impresión

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan”

Germán Ubillos Orsolich | Martes 09 de junio de 2026

09JUN26 – MADRID.- Hace apenas unas horas que Robert Francis Prevost Martínez se ha ausentado del Estadio Santiago Bernabéu entre los aplausos atronadores de ochenta mil personas. He seguido con atención sus apariciones y sus itinerarios a lo largo y a lo ancho por la capital de España, o sea de mi ciudad y a través de la televisión. La sensación que me invade es que sus palabras, muy profundas y diferentes a cuantas he escuchado, parecen venidas de lo alto.



Dice cosas que nos interpelan a todos, sí, a mí personalmente y también a todos ustedes, incluso a cada uno de los diputados y senadores que se apiñaban en el Congreso y que aplaudían sonrientes sin darse bien cuenta que los dardos iban dirigidos precisamente hacia ellos mismos. Si no fueran tan torpes y sí más inteligentes se hubieran quedado en un silencio sepulcral y además estupefactos.

Hablaba de que en lugar de observar y criticar la mota en el ojo ajeno pensáramos en la viga que tenemos en los nuestros.

Y así iba todo, la dignidad de cada ser humano desde el nacimiento hasta el fin natural de la vida, igualando a los ricos y a los pobres, a los guapos y a los feos, a los sabios y a los tontos, a los poderosos y los sumidos en la mayor de las miserias.

Bien, en pocas palabras y en resumen, nadie hay absolutamente bueno ni absolutamente malo, todos somos mezcla del bien y del mal, y hay que dialogar con respeto.

La mayoría electoral no tiene por qué ser sinónimo de la verdad, de poseerla. Eso dicho con esa serenidad, con ese aplomo y esa convicción, nos afectaba a cada uno de nosotros.

Ahora ha salido de la pantalla televisiva, claro, pero queda esa voz interpelante y cegadora como un rayo de luz.

La curación a mi modo de ver se me antoja como las curaciones a lo largo de la Edad Media, cuando una herida de una espada o de una lanza, como no existía la anestesia ni tampoco forma de cortar las hemorragias, se recurría a la cauterización quirúrgica, esto es aplicar un hierro candente a la herida del paciente.

Generalmente el dolor le hacía perder el conocimiento, pero es esto lo que he comprobado hoy en el diagnóstico y la curación a los males de España….. Y todo esto sin tiempo de reflexionar a fondo sobre el largo silencio, porque Robert Francis Prevost dice que para poder escuchar esa voz que él escucha, y que viene de lo alto, es preciso guardar ese silencio. Cosa como verán nada fácil en el mundo en el que nos ha tocado vivir.

Más aún y además y en general, tenemos miedo a guardar ese silencio.