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7 de julio de 2020, 17:57:54
Cultura


Palabras Misa funeral por el alma de Ángel Las Navas Pagán y Rafael del Campo Cano

Por Germán Ubillos Orsolich

25JUN20 – MADRID.- Para llegar a la Antártida en barco es necesario atravesar el Cabo de Hornos. Es famoso y temible el lugar por las tempestades y los huracanes capaces de hundir al más avezado capitán y al más resistente buque.


En las cumbres de la Cordillera Antártica – prolongación de los Andes y que sobresalen sobre una gruesa y pesada capa de nieve prehistórica apelmazada que achata un poco el sur y da a la tierra una forma de pera – , la nieve polvo en esas alturas es barrida por un suave y fino viento. Allí la NASA ha probado el descenso y el lento caminar de los humanos sobre la Luna y sobre Marte.

Un diminuto virus invisible ha estado a punto de acabar con el género humano, ha trastocado la vida de reyes y emperadores. Ha igualado a la Reina de Inglaterra con el más mísero de sus súbditos. Así es cuando la muerte te mira cara a cara.

Las olas gigantes del Cabo de Hornos, los vientos huracanados del monte Everest en plena ventisca y por la noche, no es nada a los ojos de Dios.

Porque la tierra es una mota de polvo en la inmensidad del universo, y Él además de inmanente, es omnipotente y omnipresente y omnisciente. En Él vivimos, nos movemos y existimos. Es capaz de detener las tempes tades y los vientos huracanados, como de dar vida a los muertos.

Y ahora entramos de lleno en el tema de nuestros amigos los escritores Ángel Las Navas y Rafael del Campo Cano que han iniciado ese “largo camino” y por quienes el oficiante y nosotros aplicamos esta eucaristía.

Ambos eran mis amigos, los conocía muy bien. Nos queríamos. Los dos, Angel y Rafael, trabajaban y daban lo mejor de sí mismos del mundo de las ideas, pero no eran unos soñadores, estaban en contacto con la realidad, con el dolor del mundo. Apostaban los dos por la belleza formal repleta de argumentos donde el bien y el mal aparecían claramente diferenciados.

No he conocido gente tan buena y tan sacrificada como estos dos escritores y colegas, unidos en el esfuerzo por hacer mejores a los demás haciendo mejor a España.

Trabajaban sin pedir nada a cambio, unas monedas, a veces. No eran de primera fila, del relumbrón de la Tele, eran de segunda, o sea de la verdadera, de la auténtica, de la buena, de la que no pasa nunca porque trabajaban por los demás, nunca para sí mismos; nunca les importó la gloria, sabían que eso no estaba en sus manos, que eso venía de Arriba.

Eran cordiales, cercanos, amigos de Emilio Romero, de Jaime Capmany, de Manolo Alcántara, de Octavio Uña Juárez….eran mis amigos.

Ese trabajo constante por dar al lector conocimiento, discernimiento, valores, es una prueba tangible de que como decía Sócrates el alma es inmortal, que el hombre no es una pasión inútil como decía Sartre; que mueren y no son felices, como afirmaba Camus; pero que sin embargo como prueba Jesús de Nazaret, el hijo de Dios, presente e invisible entre nosotros, la muerte no es la última palabra, no es el final, y él es testigo con su resurrección.

El mundo de lo invisible, tan poderoso, cercano e inmenso, formado por un ejército de Ángeles, Arcángeles, Dominaciones, Potestades, Querubines, ahora mano sobre mano y olvidados en parte por los hombres, esperan solo su requerimiento - en ese misterio que es la libertad humana - para borrar de un solo golpe de sus blancas alas, hasta el último coronavirus en un santiamén; mientras nosotros nos esforzamos en buscar una vacuna, en lugar interpelarles con el poder del espíritu.

Poco más que deciros. Ángel Las Navas y Rafael del Campo Cano han nacido a la nueva vida, la verdadera, no ese sueño del que habla Calderón; al nuevo Jardín eterno del Edén, cuando a la caída de la tarde nuestros primeros padres veían y escuchaban pasear a Dios casi a su lado.

Para terminar, deciros que la memoria, el recuerdo de las vidas de estos dos sacrificados artistas de la pluma, de estos dos escritores y amigos, no depende de nosotros, está inscrita para siempre en la Memoria de Dios.

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