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15 de julio de 2020, 6:50:39
Cultura


Mi amigo José Bergamín

Por Julia Sáez-Angulo

02JUN20 – MADRID.- .- El día que me robaron un libro dedicado por el autor, José Bergamín, en el despacho del periódico, eché sobre el ladrón toda clase de maldiciones gitanas y payas, pero el libro no apareció. Lo llevé al trabajo, porque tenía que hacer un Obituario sobre el escritor que acababa de fallecer un 28 de agosto de 1983 en Fuenterrabía, rodeado de los filo-terroristas, que le bailaban el agua a este hombre anciano, durante sus últimos años de vida enloquecida mentalmente. ¡Una pena!


Entrevisté por primera vez al escritor José Bergamín (Madrid, 1895) a mediados de los 70 en su ático frente al Palacio Real de Madrid. José Bergamín recibía allí a todo el que quería visitarle, porque le gustaba la pleitesía que le rendían los que se acercaban a verlo, sobre todo jóvenes, como viejo escritor de fecunda trayectoria y rico en experiencias. Durante el buen tiempo lo hacía junto a una mesa y unas sillas que tenía en la terraza de su azotea, y en invierno, en su pequeño salón donde había un hornillo que hervía agua con hojas de eucalipto para amortiguar sus dificultades respiratorias por el asma. Cuando salíamos a la terraza decía: No mires ese palacio, sino más allá, la naturaleza en el Campo del Moro. Yo he venido a vivir aquí, porque es la zona más sana que se pueda respirar en Madrid.

Me contó que cuando residía en París, uno de sus múltiples exilios por México, Venezuela, Uruguay y Francia, una funcionaria gala le preguntó: Y usted ¿de qué vive en este país? Y él le contestó: ¡de milagro! y la desarmó. Bergamín tenía gracia, humor, buena pluma y mucha cultura literaria. Me hablaba ampliamente de los escritores que había tratado en su vida, sobre todo de Juan Ramón Jiménez y de Miguel de Unamuno, con los que trabajó. Daba gusto escucharle. Yo tenía 24 años y acababa de empezar mi carrera en el periodismo y en la escritura literaria. Todavía era una “muchacha con el pecho de cristal”

Le caí bien al escritor y me invitaba periódicamente a cenar en El Alabardero, una taberna amplia e ilustrada, muy cerca de su casa, donde lo trataban bien, con veneración cuando él llegaba, por ser anciano y escritor célebre. Él era ya casi octogenario. Yo le iba a buscar a su casa y desde allí bajábamos a la cena, en la que él hablaba y hablaba, contando cosas y anécdotas de su vida literaria en sus colaboraciones con la revista Índice, de Juan Ramón, y la que él fundó, Cruz y Raya. Yo le escuchaba con atención, interesada en todo aquel mundo vivido y del que yo no tenía referencias de los nombres que citaba, pero no de sus actuaciones.

Me gustaba también cuando hablaba de los mitos griegos femeninos como grandes metáforas para plasmar la vida de los hombres: Antígona, Medea, Electra, Hécuba... También dominaba la Biblia con sus innumerables personajes del Antiguo Testamento, de los que echaba mano como referencias o ejemplos de su argumentación: Susana y los viejos; Judith y Holofernes; Noemí y Ruth, la moabita...; No hay nada como la mujer para un símbolo o una buena alegoría, decía, yo las he utilizado en mis obras dramáticas o en mis poemas, porque ellas cristalizan la conducta humana. Yo sostenía con él algunos debates y eso le gustaba; tienes preparación y cabeza para pensar y decir, me reconocía llenándome de satisfacción. Otras veces palpaba mi frente y decía: me gusta lo que hay ahí adentro.

Algunas veces llegaba a la casa la hija del escritor, una mujer silenciosa, delgada, de unos cuarenta años, para llevarle comida o medicinas. Su padre la invitaba a cenar con nosotros, pero ella declinaba siempre cortésmente, alegando distintos pretextos.

Cuando yo estaba en su casa y hablaba por teléfono, Bergamín se permitía decir al interlocutor, quizás para cortar la conversación: discúlpame, porque estoy aquí con una novia mía y me está esperando para ir a cenar. Aquella afirmación como novia suya me incomodaba, y, como lo repitió en varias ocasiones, me atreví a decírselo durante una cena:

-Oye, yo no soy tu novia.

-Pero lo serás dentro de poco, añadía con humor, porque llegaremos a ser como el rey David y Abisag, la sunamita.

Ante mi perplejidad, él me narró la historia del rey David, que en su ancianidad no entraba nunca en calor, cuando se acostaba en el lecho, por lo que le buscaron por todo el reino una doncella hermosa para atender, cuidar y dormir con el rey de Israel y alegrarle la vista durante los últimos años del monarca. Encontraron a la joven adecuada en Abisag, una muchacha sunamita que atendió, cuidó y durmió con el rey, proporcionándole el calor que necesitaba. Pero el rey no la conoció, cuenta la Biblia con expresión clara. No podía hacerlo.

-Demos tiempo al tiempo, añadió Bergamín, al ver mi expresión congelada, tomándome una mano y sacudiéndola suavemente sobre la mesa. Cuando regresé a casa leí de nuevo el pasaje neotestamentario que desconocía. Yo era todavía tan "adolescente" que lo tomaba todo en serio. Años más tarde supe que a Isabel Bonet Planes también la llamaba su novia.

Le irritaba mucho que le adscribieran como escritor a la denominaba Generación del 27. Esa es la Generación de la República, insistía. Una generación que ha tenido que sufrir una guerra civil y padecer un exilio, añadía. Cuando entraba en terrenos de la política, se exaltaba bastante y eso me resultaba desagradable. Se le encendían los ojos de ira, levantaba la voz y soltaba imprecaciones a diestro y siniestro. Arremetía con furor e insultos gruesos contra los políticos, los militares, los eclesiásticos, hasta contra el Papa... Su cristianismo, poco a poco, se me antojó sui generis. Llegué a dudar de que estuviera en sus cabales.

Dejamos de ir a cenar a El Alabardero, por decía que hacía publicidad a costa suya. Fuimos recorriendo los restaurantes en torno a su casa, pero ninguno le satisfacía.

Eran los años de plomo, cuando los terroristas del País Vasco, arropados por los nacionalistas recoge-nueves - asesinaban a diestro y siniestro en el país, haciéndolo peligroso e invivible. Nos amargaban la vida y la existencia.

Hablando de política, Bergamín se transformaba en un ser colérico y sus palabras me alarmaban como si fueran dardos diabólicos, a tono con su expresión infernal y su mirada furibunda. ¿Cómo podría dar tal vuelco, radical de actitud, al hablar de la literatura a la política? Sentí miedo y, la primera vez que lo vi así, regresé a casa compungida. Dormí mal, recordando la escena. Sentí deseos de no volver a ver al escritor.

Al día siguiente lo comenté con un compañero de trabajo algo mayor que yo, que tenía inquietudes literarias. Ten cuidado con él, me advirtió, a este hombre le gustaban mucho las pistolas y se paseaba con una por Madrid, como un matón, en tiempos de la guerra civil. Léete a Luca de Tena. No me gustó aquella respuesta, que interpreté sesgada. No veía yo a Bergamín como un matón, por muy desagradable y amenazador que se pusiera, al hablar de política. Con frecuencia uno se lamenta de haberse desahogado o de haber preguntado.

Volví a quedar con él cuando me llamó y volvió a suceder lo mismo que la vez anterior. El escritor estaba encantador hablando de literatura y se alborotaba rabioso como una culebra cuando hablaba de política, y lo más sorprendente cuando justificaba a los terroristas etarras que estaban causando mucho sufrimiento, sangre, muerte e inseguridad. Publicó algunos artículos a favor del tema. Era como si quisiera llamar la atención, ser revolucionario para sentirse joven, llevar la contraria a lo establecido para conseguir ser intelectual de primera página... Mis objeciones le parecían infantiles, ingenuas... Me llamaba naive. Mi cabeza ya no le parecía brillante para el debate... buscaba otro público aquiescente. ¡Me hartó! Dejé de acudir a sus invitaciones con diversos pretextos.

Los etarras y comparsa lo adoraban; lo invitaban a dar conferencias en su terreno. Se instaló en Fuenterrabía y, al poco, allí murió. Buena parte de los obituarios hablaban del pobre anciano que desbarraba al final de sus días.

Después de escribir el obituario, yo le ofrecí una oración y el homenaje callado de la lectura de sus versos y me quedé repitiendo aquellos que dicen:


Si los silencios no hablaran

nadie podría decir

lo que callan las palabras.

¿El libro robado de mi despacho? Bueno, al menos se trataba de un ladrón ilustrado.

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