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27 de febrero de 2020, 6:05:08
Opinión

Opinión:


Crónica de un desembarco

Por José Olivero Palomeque


19ENE20.- Una balsa de goma se acerca a las playas de Zahara de los Atunes. En la cálida arena, los bañistas disfrutan del sol y del agua de este Océano Atlántico; en la balsa, un grupo de inmigrantes, de negros africanos llenos de temor, aceleran las pulsaciones de su corazón al mismo ritmo que el motor que los impulsa hacia la orilla.


Sus ojos buscan con ansiedad un lugar donde abandonar esa frágil embarcación que se va desinflando con grandes riesgos de hundirse. Llegan, por fin, a la orilla, asustados, se mezclan con los bañistas y, con los resortes de la desesperación, salen corriendo, posiblemente desorientados, hacia lo desconocido. Curiosa imagen surrealista. Parece fundirse, por un instante, el goce de los placeres de los veraneantes con la angustia y la desesperación de los fugitivos que huyen de la violencia o del hambre en su lugar de origen.

No se dispersan, uno tras otro forman una hilera de hombres y mujeres que huyen espantados, pero felices de llegar a tierra firme, como esa tierra prometida que ahora los acoge, pero llena de incógnitas por lo incierto de su destino. ¿Y ahora qué, dónde ir? ¿Les espera alguien que anime sus expectativas? ¿O será el rechazo de quienes representan la autoridad, que a veces ejercen con violenta fuerza para destrozar su vida y sus esperanzas?¿O será la misma sociedad la que rechace una acogida humana hacia estas personas?

Este es el retrato de ese momento del desembarco, no de un trasatlántico, sino de una balsa de goma llena de inmigrantes o refugiados, en un rincón lúdico de Zahara, como de cualquier otro lugar costero. Y ha de decirse, no obstante, que este grupo ha logrado cubrir la travesía sin víctimas, hecho que no pueden afirmar otros grupos humanos que yacen en las profundidades de las aguas atlánticas o mediterráneas, cargadas de historias no siempre felices.

En este escenario, en tiempo real, somos espectadores de una secuencia del drama humano que se repite, una y otra vez, en nuestras costas. Pero, como ya he adelantado, este momento fijado en nuestra retina no se detiene aquí. Nuestra mirada se adentra ahora en esa otra realidad de acogida o de rechazo que, tanto las autoridades como la misma sociedad, puede dar como respuesta. Y se sabe que este flujo migratorio no se va a frenar por muchas medidas cautelares que se quieran implantar. Las respuestas políticas que se están dando, tanto en Europa como en los Estados Unidos, a esta desestructuración social y humana en los lugares de origen, provoca demasiada complejidad, incertidumbre y oscuridad en la búsqueda de soluciones reales; los desequilibrios sociales, económicos y políticos presentes en África y en otros lugares del mundo actual, no favorecen en absoluto la retención de esa masiva evasión humana, buscando refugio o sentido a sus vidas. Las desigualdades, terribles desigualdades que definen las condiciones de vida en demasiados países, llamados del tercer mundo, así como las guerras y el terrorismo que agitan tanta violencia, destrucción y muerte, son combustibles inevitables para provocar esa necesidad de emigrar. La incógnita ahora es: cerrar o abrir puertas, tender puentes o construir muros y alambradas; que haya conciencia de humanidad donde los derechos humanos se apliquen con veracidad o que predominen los intereses económicos y de otras razones inconfesables que provocan rechazos, incluso xenofobia.

Ahora, cada uno puede hacer su propia reflexión sobre este desembarco.

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