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5 de abril de 2020, 1:21:13
Opinión

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”


Navidad, depresión y pérdida del sentido de lo sagrado ( 2ª parte)

Por Germán Ubillos Orsolich

02ENE20 – MADRID.- Aquella bonanza económica, aquella curiosa paz de hombres laboriosos y mujeres esforzadas fue rescatando miembros de la clase obrera para traerlos a engrosar la clase media de la llamada sociedad del bienestar, y muchos de mis compañeros de estudios fueron a engrosar filas de los “padres de la patria” y a ocupar puestos político - técnicos de importancia.


A semejanza de Mariano Rajoy, hicieron generalmente bien o muy bien las cosas económicas pero a cambio de olvidar aspectos importantes de las cosas del espíritu, eso que tanto valoraban Gerald Brenán, Orson Welles, Charlton Heston o Luis Miguel Dominguín cuando venían a España, la España recia y austera – la reserva espiritual de Europa –; y de forma curiosa y a la par que se modernizaba y enriquecía, se materializaba, iba perdiendo algo muy genuino en ella: “el sentido de lo sagrado”.

El sentido de lo sagrado es algo muy importante, pues vertebra el alma de un pueblo y un pueblo sin alma es algo muy triste.

Yo mantengo que bajo la apariencia del bienestar, del confort, de la productividad , de la renta per cápita y del nivel de vida, haya otra realidad de fondo: la alegría de un pueblo, la ilusión y la esperanza; sobre todo la esperanza.

El sentido de lo sagrado es vital para un pueblo y es la integración absoluta entre lo que se celebra y nuestro sentir, nuestra vida interior. Aparece la depresión cuando hay una separación entre lo que hacemos y lo que sentimos, deseamos o pensamos: un mundo cuarteado.

Si la felicidad depende de las cosas que hacemos o del lugar más o menos cómodo que habitamos, pero vacío en su interior, estamos perdidos. Si celebramos algo en lo que no creemos estamos equivocados, celebramos nuestras exequias. La falta de cohesión de un mundo compacto como lo fue, acaba arruinando el Yo.

La depresión viene de festejar a bombo y platillo algo en lo que no se cree, una época del año, unos símbolos que han perdido el sentido que tenían, el sentido de lo sagrado. Al vaciarse del sentido profundo que tenía se festeja una pantomima.

“Los hombres mueren y no son felices” – dice Camus.

“El ser y la nada”, murmura Sartre. “El hombre en busca de sentido” – se debate heroicamente Viktor Frankl y su “logoterapia”.

Sí, fueron aquellos años de bonanza, cuando cayeron sobre mi propia generación del cambio, de la transición, de las autovías, del AVE y de la libertad, cuando sin darnos cuenta, medio enajenados, enfebrecidos, fue desapareciendo en buena parte del pueblo el sentido de lo sagrado, eso tan medieval, arcaico y simple, pero tan importante.

En pocas palabras, la fe ancestral no de construir caminos, autovías, aeropuertos, supermercados - que también -, sino catedrales donde había muchos o ermitas románicas donde eran muy pocos.

El resultado final arroja un balance curioso, un mundo infinitamente mejor y sin embargo un mundo infinitamente más triste. Un mundo que termina donde termina la materia.

Produce escalofrío solo pensarlo.

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