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8 de abril de 2020, 19:18:45
Opinión

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan...”


La sanidad vista por un noctámbulo - La sanidad privada

  • Son los mismos perros pero con distintos collares.

Por Germán Ubillos Orsolich

27NOV19 – MADRID.- La mayor parte de los médicos, sean o no cirujanos, trabajan por la mañana en la Pública y por la tarde en la Privada. Cierto es que en la Privada son más pijos por lo menos los pacientes. Por otro lado se da la circunstancia de que la Privada tiene con frecuencia menos medios técnicos y humanos que la Publica, es por eso que muchos ricachos si la intervención a realizar es compleja o arriesgada se van a la Pública, caso que acaba de ocurrirme personalmente con una familia encantadora de “las famosas” que coincidimos en la misma habitación de dos camas.


Eran ciertamente encantadores y llevaban su propio pequeño ejército de servidores propios para acercarles un té , el “Trinaranjus” con una pajita y bien frío, o el ABC, “uno para Germán”, “claro que es de los escritores de antes, de los de verdad”- decían.

Ese hombre famoso y yo leíamos el ABC en la misma habitación y nuestras charlas a través de una cortinilla que nos separaba eran desternillantes.

Una de las cosas que procuro en la vida es sacarle partido a todo, sea bueno, malo o regular.

Al salir del quirófano y entrar en una habitación “de dos”, y yo al fondo, le dije a mi mujer: “Vámonos, llévame a otro hospital de Privados”, pero cuando se disponía ella a hacerlo escuché el apellido y la comenté: “echa el freno, nos quedamos”.

Y vaya que si nos quedamos. La mujer de él era maravillosa y la mía se plantó el uniforme y la mascarilla y aquello era Jauja. ¡Como disfruté de mi posoperatorio!.

En otras ocasiones he paladeado el morbo de la hipocondría; hipocondría que también ejercitaban Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Como aquel día que aparecí ante un Jefazo de Departamento entre mi mujer y una doctora del mismo centro muy querida y admirada, y el Jefe del mismo me espetó: “¡Anda que estarás muy feliz entre esas dos mujeres!”. Yo no abrí el pico pues a veces prefiero callarme; a lo que él añadió: Vamos a ponerle el Electrochock.

¡Jamones – respondí – “tiene mala prensa”!

Mira – añadió – Te lo ponemos dormidito.

Como pueden imaginar a la altura de mis años sé un poco de medicina, al menos de mí mismo. No sé si se lo pondría él en los pies.

El que mejor sabe cómo está es el propio paciente. Es también el propio artista quien mejor y antes conoce si lo ha hecho bien, mal o regular. Después pueden venir los críticos con sus cuchillos largos.

Las noches, –a lo que vamos-, del paciente suelen ser más tranquilas. El acompañante dispone de una cómoda cama en lugar del consabido butacón torturante para desarticular los huesos y tendones del acompañante en la Pública, y hacer jurar en arameo cuando termina la noche eterna, ya que le duele todo.

Fue un hospital privado donde apareció Scheherezade, la princesa Scheherezade vestida de auxiliar de enfermería, (sería la una de la madrugada) y que dio título al artículo publicado en este mismo diario.

El ambiente nocturno en la Privada es más cálido, a tu lado puedes ver una reproducción litográfica de un Renoir o de un Utrillo, o un pequeño bouquet de flores. Puedes ver o palpar pequeños detalles que te hacen pensar que no estás tan lejos de tu casa y que quizá algún día no muy lejano puedas volver a ella.

De vez en cuando, durante la noche, miras el reloj desesperado pidiendo a Dios que salga el Sol cuanto antes pueda, quizá como lo anhelaban los hombres primitivos o el mismo Adán y Eva, pues de noche los proyectos, tu propia vida, no se ven de la misma manera que de día.

Yo mismo, por la mañana temprano me comería el mundo, por la noche indefectiblemente estoy hecho polvo.

A media noche puedes pulsar un timbre y te ponen un suero gota a gota con calmantes o antibióticos. Y puede que la generación que viene se los pongan en Marte en plan de Chute.

He de confesar lectores queridos que un servidor en los hospitales ha sentido siempre morbo, no sé por qué, la mezcla entre el amor y la muerte; el sexo y las curaciones. “Pabellón de reposo” y “La montaña Mágica”; “Cuerpos y almas”y “Los renglones torcidos de Dios”; “Largo Retorno” (de este propio autor) y de alguna manera “Love Story”.

La Sanidad Privada no tiene los controles, departamentos, requisitos y preguntas que se imponen en la Pública, pero sin embargo tiene un solo control invisible en la misma puerta que no tiene la Pública pero tan frío y determinante como el filo de una navaja toledana o el brillo siniestro de una guillotina antes de caer sobre el cuello del ajusticiado.

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