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15 de septiembre de 2019, 11:38:04
Opinión

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”


La envidia: sus orígenes

Por Germán Ubillos Orsolich

12JUL19 – MADRID.- Como Buda paseando por los jardines del palacio de su padre, así era mi vida, y así lo era porque en realidad así era mi padre, como el padre de Buda, poderoso, maravilloso empresario, amante de sus hijos a los que deseaba evitar cualquier tipo de sufrimiento.


Y así fui yo educado, de la forma más exquisita, con profesores particulares, con sirvientas que me pasaban el té de media tarde, con amigas maquilladas del barrio de Salamanca, que no lo necesitaban, amigos encantadores y dadivosos que te hacían la vida muy feliz.

Como pueden comprender de aquella forma desconocía no solo lo que era la envidia, sino todo lo demás, incluyendo la muerte.

Desde esa atalaya, desde ese jardín de cristal de cuento de hadas contemplaba el mundo, risueño, saludando desde los escenarios.

Pero a lo que vamos, según las Escrituras Caín mató a Abel porque le envidiaba, envidiaba su belleza, su talento, su encanto.

Yo pagué parte de la factura precipitándome desde el castillo de cristal que habitaba hasta el profundo foso umbrío, resbaladizo y peligroso, al que llaman La Vida, y fue ahí, en aquella caída que descubrí de paso que algún día tendría que morir.

Mi vida cambió radicalmente…Sin embargo aún no había aprendido casi nada, aún me quedaba mucho por conocer y sé que aún me puede quedar bastante…lo que disponga el destino.

Pueden imaginar la dificultad en comprender y compartir el sufrimiento de los demás. Pero la vida es maestra en todo y antes de irte al otro barrio te tiene preparada la coartada. Y aunque aprendiendo a trompicones ha sido necesario llegar hasta esta provecta edad para poder saborear y vivir lo que en realidad es la envidia.

Porque la envidia es como el cáncer, te hace sufrir mucho, y es amarga como la hiel. El maestro Gregorio Marañón dominador del lenguaje, de la medicina y de tantas otras cosas, gustaba analizar, definir y apodar a muchas de sus figuras y personajes como el resentimiento, la pasión de mandar, la eterna inmadurez en el amor o la obsesión por uno mismo vertida en un diario inacabable.

El tema de la envidia se da en los ángeles del cielo, y entre los hombres. Ahora que la he conocido puede ser demoledora. Destruye cualquier otra virtud, te hace daño y malo por dentro, te roe como un animal en las propias entrañas.

La envidia tiene su origen en la brutalidad de la vida. La vida aunque en sí misma es un don maravilloso, un regalo impagable, puede tornarse hostil.

Y es sobre todo cuando los demás se marchan, dejándote tan solo.

Es un rumor siniestro como de rinocerontes que huyen en manada, como si los seres humanos antes encantadores se hubiesen transformado en crueles animales sin ningún sentimiento. En “El hombre en busca de sentido”, libro inigualable del psiquiatra alemán Víktor Frankl, se describe esta situación hasta llegar al límite.

La persona comienza a envidiar cuando le van abandonando todos, es preciso que quedes absoluta mente solo e inerme. Hasta tus amigos y amigas más íntimos se transforman de pronto en rinocerontes o en monstruos marchando hacia el paraíso.

Vamos que se cuelan en los jardines del Palacio de tu padre y no te dicen ni adiós.

Es entonces cuando empiezas a saber de verdad lo que es la envidia.

Cuando sobre tu cama, sobre tu mesa, en los lugares sagrados, solo escuchas el rumiar, roncar o copular, de aquellos seres antes encantadores.

Y la envidia te zarandea y amenaza aniquilarte, ya que te sientes solo, abatido, traicionado, y experimentas entonces simultáneamente el sentido profundo de las cosas, la realidad de cuanto te rodea.

Es entonces desde la soledad, en la agonía, que empiezas a saber lo que es la envidia: el flagelo, el azote de querer ser el otro o como el otro.

Eso es la envidia… He tardado tanto en conocerla.

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