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15 de noviembre de 2019, 8:18:29
Opinión

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De gruñidos y rugidos en Oriente Medio: una fábula sin moraleja

Por Víctor Morales Lezcano


26MAY19 – MADRID.- En una breve síntesis de lo que he venido denominando La segunda cuestión de Oriente (Ed. Cátedra, 2016) recuperé la secuencia de la conflictividad latente ─y expresa─ de una región del mundo (Middle East) que, a partir de la Primera Guerra Mundial, no ha dejado de estar en el centro de atención prioritaria de las relaciones internacionales y de los analistas que en estas han volcado su atención.


Ya fuese porque los languidecientes imperios de Gran Bretaña y Francia ensayaron la prueba del “retencionismo” metropolitano a ultranza en la India y en Argelia respectivamente, o ya fuese porque el surgimiento del nacionalismo árabe y la fundación del Estado de Israel vinieron a solaparse antagónicamente a partir de la segunda mitad del siglo XX, la nueva cuestión de Oriente vino a imponerse como un capítulo oneroso de las relaciones internacionales.

Oneroso, incluso, para Estados Unidos desde que estalló la guerra del golfo (pérsico) contra Iraq y para los países que circunvalan la hoy maltrecha Mesopotamia y para el tráfico internacional del petróleo, cuyas reservas, todavía, siguen siendo altas… Arab Oil and Gas Directory dixit.

En lo concerniente a la actual elevación de temperatura que viene adquiriendo la conflictividad en la región de marras, procede no olvidar que, desde 1979, la consolidación de un régimen revolucionario en la República Islámica de Irán partió de un hostil distanciamiento entre la administración de Washington DC y Teherán que ha registrado altibajos en diferentes coyunturas, aunque ninguna haya sido tan inquietante como la que está en curso de desarrollo desde que la presidencia de los Estados Unidos tomó la decisión de romper unilateralmente con los términos del acuerdo que Rusia, China, Francia, Alemania, Gran Bretaña y, asimismo, Estados Unidos fijaron en 2015 con Irán, en torno a su “comedimiento” en la generación limitada de dispositivos nucleares de utilización no bélica por parte del Gobierno iraní.

Asistimos, sin embargo, desde hace cuatro meses, a un pulso complejo entre el “cuarteto” americano-israelí y árabe (tanto saudí como de los emiratos) y el frente musulmán de inspiración chií, que capitanea la república de Irán y respaldan formaciones combatientes de Hezbolá (o partido de Dios) y de Hamás (partido del celo vigilante), ambas enraizadas con firmeza en Siria, Líbano y entre no pocos ciudadanos de la Palestina “interior” y del Iraq profundo.

Sea debido a la obsesión bélica de John R. Bolton, asesor de seguridad de Donald Trump, o sea explicable por la fijación anti-iraní del presidente de Israel, Benjamin Netanyahu, el caso es que el conflicto energético, diplomático y político del que se viene tratando aquí está marcando el pulso entre todas las potencias implicadas en un clima internacional de creciente tensión, toda vez que, además, Rusia (con sus aspiraciones intervencionistas en esta segunda cuestión de Oriente) y China misma (receptora de considerables importaciones de petróleo procedentes de Irán) se encuentran también afectadas y envueltas por el “tornado” internacional del momento.

El hecho de que el Pentágono haya desplegado recientemente un portaviones provisto de bombas B-52, una batería de misiles Patriot y otros dispositivos bélicos en las aguas del golfo (pérsico) no debe considerarse, por lo pronto, sino como un lenguaje de carácter intimidatorio con respecto al régimen iraní; lenguaje, a propósito, al que recurre cansinamente Donald Trump contra sus adversarios, dentro y fuera de América, como si se tratara de una espada de Damocles con la que obtener el éxito de sus “campañas”.

La inquietud y un tanto de alarma, por parte del presidente Hasan Rohani y de la administración iraní en su conjunto, no se ha traducido sino en dar dúctiles, aunque no serviles, pasos de seguimiento diplomático de la crisis, que mantiene en sus manos el Ministerio de Asuntos Exteriores en Teherán, a través de Mohammad Yavad Zarif.

No en vano se ha pronunciado Amos Yadlin, director del Instituto de Estudios sobre Seguridad y excabeza del Servicio de Inteligencia israelí, con una precisión ready-made apropiada para la hora que está atravesando el conflicto: Nadie piensa en un cambio de régimen (en Irán), vía militar, pero debilitar el régimen, la economía, de Irán, y contribuir a que el pueblo iraní cambie de régimen sí es la finalidad que se persigue ─implicando, sin duda, al “cuarteto” americano-israelí y árabe (tanto saudí como por parte de los emiratos).

La contención de la presidencia y de varias fuerzas vivas (como la guardia revolucionaria de los pasdarán) en Irán no le ha impedido proclamar a Rohani que, desde estos momentos, su país no reduce los compromisos contraídos en 2015 con las potencias signatarias del Plan Integral de Acción Conjunta (PAIC; en inglés, JCPOA), si dichas potencias mantienen los términos del acuerdo. Según ha afirmado Hasan Rohani, Irán no abandonará la mesa de negociaciones, a pesar de la intimidatoria defección americana de los términos convenidos en el PAIC y estará, entonces, dispuesto a dialogar, siempre que todos los signatarios del Plan Integral se mantengan fieles a su observancia.

Nos encontramos, por tanto, ante otra crisis internacional muy a la vista, en plena era nuclear. Hay varias potencias implicadas en el conflicto, y una firme esperanza en alcanzar un ajuste de cuentas para que la guerra de Troya no tenga lugar una vez más. Habrá que ver en qué para este ensayo de intereses enfrentados entre dos coaliciones que vuelven a colisionar en un reñidero llamado la segunda cuestión de Oriente.

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