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15 de septiembre de 2019, 8:08:49
Opinión

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”


El teatro hoy

  • Para Juan Carlos Rodero

Por Germán Ubillos Orsolich

21MAY19 – MADRID.- Antonio Buero a quien yo visitaba en su casa de Hermanos Miralles, solía repetirme con cierta frecuencia mientras paladeaba el humo de sus recios cigarros de negra picadura, una época en la que el ciudadano medio parecía no temer a la muerte; “Mire, Ubillos, el teatro es un campo sembrado de cadáveres”.


Y ahora que yo tengo la edad que Buero tenía por aquel entonces, echo la mirada hacia atrás, y me estremezco al contemplar un campo yermo, un semidesierto en lo que en aquella época era un florido vergel.

Un vergel en el que florecían con vehemencia, casi empujándose los unos a los otros nuevos autores, todos ellos de enorme calidad, desde Alfonso Sastre a Alejandro Casona, desde Antonio Gala a Jaime Salóm, desde Alfonso Paso a Victor Ruiz Iriarte, desde Alonso Millán a Adolfo Masillach, desde Juan José de Arteche a Jaime Azpilicueta. Eso sin contar la pléyade que formábamos autores más contestatarios o críticos como Carlos Muñiz, Lauro Olmo, Martinez Mediero, Martinez Ballesteros, Ruibal. etc.

Y bien. Lectores queridos, quiero deciros -que no enjuiciaros- que está ocurriendo algo tremendo en su semejanza con ciertas pinturas de Goya, “el pueblo está devorando a sus propios hijos, los autores”. Y es que como decía Buero también hay que leer mucho teatro, porque escribir teatro es muy difícil, créanme, escribir teatro del bueno, del de verdad, es de las cosas más difíciles del mundo.

Conozco y sigo conociendo discretos, buenos y excelentes adaptadores, pero lo que es autores de verdad, creadores de argumentos originales desarrollados hasta el final con seguridad y maestría por ellos mismos, en soledad, ninguno.

De seguir así nuestros hijos y nietos vivirán de un viejo repertorio de autores desaparecidos.

Como en la llamada violencia de género lo difícil aquí no es diagnosticar las causas, sino encontrar los remedios.

Tienen que ser textos capaces de zaherir al poder, de interpelar la conciencia de los ciudadanos, de purificar una sociedad, de mejorar un país cauterizando sus viejas ideas, catarquizando a los espectadores y eliminando sus miserias, me refiero morales. El teatro como arte curativo.

Hay quien opina que la desaparición de los grandes autores coincide con la desaparición de las dictaduras que al imponerles unos límites infranqueables les obligaba a pensar más y a profundizar mejor.

Después de ver “Madre Coraje”, ”El tragaluz” o “El diario de Ana Frank” sales mejor; por lo menos más consciente de ti mismo y de tu entorno, de los errores, de los falsos señuelos.

Pero la sociedad ha asfixiado a sus autores, muchos de ellos nasciturus, antes de haber nacido.

Tenemos así una nutrida masa de ciudadanos inanes pendientes de unas pantallitas que sostienen en la mano cual si fueran mejillones, y en la ausencia de aquello tan hermoso que era un mundo más austero, más crítico y más creativo; caldo de cultivo favorable para la aparición de los citados autores.

Podría resumir que entonces el teatro como el poder estaba más centralizado, menos disperso que ahora, con más variadas ofertas pero de una enorme calidad.

Había más pasión y mucho más conocimiento; estaba la “claque”, los “revienta estrenos” y las largas colas; la “reventa”.

Tengo la sospecha que esta escasez nacional de grandes autores, de autores de la categoría de los clásicos o de los grandes del siglo XX y los Premios Nobel, algunos de los cuales yo mismo adapté para Televisión Española, es una epidemia que se está propagando por el mundo entero.

¿”Internet”?, ¿los viajes internacionales intensivos,?¿ la pérdida progresiva de lo autóctono de cada país?. ¿La pérdida de la fe?, ¿el “relativismo reinante”?.

No lo sé. Esto es solo el diagnóstico. Hace falta encontrar la medicina.

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