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18 de septiembre de 2019, 11:00:40
Opinión

Opinión: “Mi Pequeño Manhattan…”


El Gimnasio

Por Germán Ubillos Orsolich

11MAY19 – MADRID.- Para una persona que ha padecido siempre del sistema óseo, pero sin embargo con una salud orgánica envidiable, los gimnasios de conservación y sobre todo de rehabilitación han sido el pan nuestro de cada día.


Primero el “Mal de Pott” en los años cuarenta del siglo ya pasado, cuando solamente tenía penicilina Perico Chicote y te la jugabas con una tuberculosis ósea.

Después, el Parkinsonismo, con una creciente dificultad para caminar y para el equilibrio, si bien se maneja otra teoría la de la estenosis medular consecuencia de las dos enormes operaciones realizadas en la columna dorsal, con injertos de tibia y de iliaco, con cloroformo en 1947.

Más adelante – aunque no viene a cuento - una hermosa depresión endógena de 18 años de duración; y para finalizar, la rotura espontánea del hueso de la cadera izquierda por el solo hecho de levantarse del sofá del salón e ir a coger un libro de su propia librería.

Y a esa misma edad la hinchazón y endurecimiento de las piernas, consecuencia de una tromboflebitis con posibles coágulos en el sistema vascular profundo, consecuencia asimismo de la perdida de movilidad por rotura de la cadera.

Así dispondremos de un plano aproximado de ese submarino nuclear de la creatividad literaria que es un servidor.

Y todo para alabanza de esos y esas fisioterapeutas que se han dejado la vida en rehacer el chasis herrumbroso de este escritor que si echa cuentas pasa más días ingresado en hospitales que en su propia casa. Bien es verdad que parte de esa inspiración creativa viene del calamitoso estado de sus huesos.

Actualmente viene a su casa María, una joven fisioterapeuta abulense recomendada por José Luis Barreiros, mi ilustre compañero de peripecia quirúrgica en el Hospital Clínico de Madrid.

Pero simultáneamente me desplazo hasta “Zulaika”, el gimnasio donde Belén, mi otra fisio de tantos años intenta arreglarme los desaguisados consecuencia del hecho de andar todo el día deambulando con el “andador”.

Este segundo gimnasio es para mí el paraíso, la distracción de parte de la mañana… Escucho música, veo gente y recibo el tratamiento de Belén, la otra joven fisioterapeuta que es un verdadero crack, , un 10. Siento admiración y veneración por ella y una gran fidelidad, y ella me ha correspondido siempre con ciertos privilegios que han satisfecho mi ego, “mi enorme ego de artista”, al decir de otra doctora y amiga impagable.

El gimnasio, este último, “Zulaika”, es como un enorme dinosaurio muy querido, en sus interioridades paso protegido de los horrores y tedios del mundo externo parte de la mañana, tan feliz y escondido como Jonás en el vientre de la ballena.

Y así de esa forma tan extraña he ido sobreviviendo con esa “mala salud de hierro”, que dicen quienes me conocen, y el estupor y el sobresalto que mi sistema óseo me ha obsequiado a lo largo de una vida por lo demás considerablemente feliz.

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